Miradas divergentes

Hasta hace unos pocos años el campo y la ciudad encarnaban dos realidades sociales, culturales y funcionales muy diferentes. Sin embargo, la situación es hoy radicalmente distinta: los espacios rurales han ampliado sus funciones tradicionales, las nuevas vías de comunicación permiten acceder desde la ciudad y en un breve espacio de tiempo a cualquier rincón del país y, por añadidura, todos los ciudadanos, vivan donde vivan, comparten un mismo ámbito mediático. Por otra parte, los esquemas clásicos de interpretación de las dinámicas territoriales propias de las zonas rurales, vigentes durante décadas, están hoy en cuarentena, porque resulta que el éxodo campo-ciudad pasó a mejor vida, estamos asistiendo algo estupefactos a procesos de repoblación de áreas despobladas inimaginables hace unos años y las rentas de muchas comarcas rurales han mejorado ostensiblemente. En definitiva, el país se nos ha encogido y la frontera entre el campo y la ciudad se ha hecho mucho más porosa y menos nítida que antaño.

Y, a pesar de todo lo dicho – o quizá precisamente por ello-,asistimos a conflictos de convivencia entre los que viven del y en el campo y aquellos que residen en él solamente unos días a la semana, unos meses al año. Es cierto que lo que a veces se esconde detrás de dichos conflictos es ni más ni menos que un choque de intereses por el control de la propiedad del suelo, con los consiguientes beneficios que de ello se derivan. A imagen y semejanza de lo que ha sucedido en otras zonas del país, aunque a menor escala, también en el campo se han producido procesos de especulación urbanística que han dado al traste con algunos de los mejores (y escasos) suelos agrícolas, sobre todo en el fondo de los valles de montaña. Bien es verdad que muchas de estas operaciones, impulsadas en su mayoría por promotores externos, han contado con la complicidad de diversos agentes locales. También es cierto que los paisajes agrícolas cercanos a los principales núcleos urbanos se han visto salpicados de equipamientos e infraestructuras al servicio de la ciudad central y no del territorio en el que se asientan, con los consiguientes procesos de fragmentación territorial y de degradación paisajística que conllevan. Existen, por tanto, diversas dinámicas territoriales que no favorecen para nada la actividad agraria y el mantenimiento de una población activa cada vez más testimonial.

Ahora bien, mi impresión es que, en general y en relación con el tema que aquí nos ocupa, a lo que estamos asistiendo es a una especie de colisión entre miradas divergentes, entre percepciones enfrentadas ante un mismo paisaje por parte de colectivos que ni ven ni buscan lo mismo en él. Lo que traslucen algunas quejas de propietarios de segundas – y primeras-residencias recogidas en el manifiesto No al mobbing rural es, sobre todo, la dificultad de comprensión de otras miradas, de otras percepciones, motivadas por otras formas de relación con el entorno. Algunas de estas quejas están sin duda fuera de lugar, rozan el ridículo y muestran de manera palmaria la vigencia de estereotipos pastoriles que creíamos superados. Sería bueno recordar de vez en cuando que la mayoría de los paisajes que valoramos y apreciamos tienen un elevado componente agrario y que, en nuestras latitudes, las sociedades agrarias han sido históricamente las principales productoras de paisajes culturales, con los que aún hoy nos identificamos. La población que vive de la agricultura se ha reducido drásticamente y, si queremos que pueda seguir viviendo de ella y que, a la vez, nos gestione buena parte de nuestro territorio, sería deseable no complicarle más la vida.

Ello no es óbice, sin embargo, para reconocer que ciertas prácticas agrarias son a todas luces abusivas e inadmisibles, no por las molestias que puedan causar a los que han decidido vivir temporalmente en estos territorios, sino por su manifiesta insalubridad y por su impacto ambiental y paisajístico objetivamente negativo. Por su propia dignidad e interés, hay que exigir al sector agrario los mismos estándares de calidad y de respeto por el medio ambiente y el paisaje que exigimos a otros sectores económicos y sociales. Es una gran equivocación, por ejemplo, considerar el paisaje un elemento de puro goce estético reservado exclusivamente a la mirada urbana. Este discurso está superado. El Convenio Europeo del Paisaje lo deja muy claro cuando afirma: “El paisaje es un elemento importante de la calidad de vida de las poblaciones, tanto en los medios urbanos como en los rurales, tanto en los territorios degradados como en los de gran calidad, tanto en los espacios singulares como en los cotidianos”.

En definitiva, estamos destinados a compartir un mismo territorio. No tenemos más remedio que pactar las reglas del juego e intentar que las miradas converjan y las percepciones se complementen.

Joan Nogué, catedrático de Geografía Humana de la UdG y director del Observatori del Paisatge de Catalunya.