Mis ancianos predilectos

Por Enrique Arias Vega, periodista (EL PERIÓDICO, 27/01/06):

Recibo una llamada del prolífico escritor y teólogo Enrique Miret Magdalena, a punto de sacar otro libro más: La religión del siglo XXI. “Ya has cumplido los 90, ¿no?”, le pregunto. “Tengo 92”, me corrige, como si fuese lo más natural del mundo publicar libros a su edad. Pues no me extraña. Mientras otros han arrojado la toalla hace tiempo, Enrique conserva una perenne vivacidad intelectual. Hace dos años nos dio su receta en una lúcida y argumentada obra editada por Espasa Calpe: Cómo ser mayor sin hacerse viejo. Explicaba entonces que la fórmula consiste en mantener una cabeza permanentemente activa y no jubilar nuestras neuronas antes de tiempo. Ya ven: mientras algunos prolongan su actividad hasta el último momento, la mayoría de los españoles queremos retirarnos a los 57 años, según una encuesta reciente. Lo paradójico no es eso, sino que el argumento para hacerlo es el deseo de viajar y, en cambio, cuando el personal se jubila se dedica a ver la televisión o, como mucho, a sacar de paseo a los nietos. Yo diría de mi amigo Miret Magdalena que se trata de uno de mis ancianos predilectos. No puedo hacerlo, sin embargo, porque me cuesta considerarle viejo, a pesar de su DNI. Hay gentes cuya obra rezuma una lozanía y un humor que contrasta con la edad comprobada de sus arterias. Es lo que le sucede, por ejemplo, al sacerdote José María Díaz Alegría. El hombre, de 95 años, decía en una reciente entrevista: “El que yo siga aquí no es más que una humorada del Señor”. Más mundano que él, el ayuntamiento de su localidad natal, Gijón, ha decidido nombrarle hijo predilecto de la ciudad el próximo junio. Resignado, el padre Díaz Alegría ha respondido: “Si sigo como hasta ahora iré para la entrega el día de San Pedro”. Otro homenaje, más redondo, es el que tendrá Francisco Ayala, quien el 16 de marzo cumplirá 100 años. Lo bueno del asunto, es que el escritor granadino, con un ímpetu y una energía impropias de su dilatado calendario vital, ha colaborado en la preparación de algunos actos de su propio centenario.

ESTOS CASOS no son tan infrecuentes como parece. El arquitecto Oscar Niemeyer, de 98 años, creador en su día de la futurista ciudad de Brasilia, recibió hace sólo año y pico el Premium Imperiale, tras la inauguración de su estilizado Novo Museo de Curitiva. Lo bueno es que a nuestro hombre, cuando ya tenía 89 años cumplidos, le dio por escribir su primera novela: “Es que antes no me sentía suficientemente preparado para ello”, dijo por toda explicación. Podemos añadir muchos más nombres a esta lista de ancianos admirables: predilectos, los he llamado. Entre ellos estaría la cantante Chavela Vargas, en activo a sus 86 años; el cineasta portugués Manoel de Oliveira, de 97, que aún presentó hace dos años un filme suyo al Festival de Venecia; el escritor José Luis Sampedro, de 88, autor de un ácido libro sobre la guerra de Irak, Los mongoles en Bagdad, y muchos intelectuales más. A pesar de estos casos meritorios, nuestra pragmática sociedad materialista no está para dar muchas oportunidades a la gente mayor. Aquí, donde la jubilación legal es a los 65 años, la media de edad al retirarse resulta, en realidad, de 61,4 años, gracias al desmedido afán por las jubilaciones anticipadas. De ese pase a la reserva laboral no se libran ni gente tan aferrada al puesto como los políticos, con la rara excepción del incombustible Manuel Fraga: sólo el 5% de ellos tiene más de 64 años. No me negarán que se trata de una paradoja. Dejamos que gran parte del talento y la experiencia intelectual se adormezcan en mustias bibliotecas públicas, y que la veteranía y la capacidad empresarial se desaprovechen en cuidados campos de golf. La realidad, en cambio, es que a los 80 o 90 años aún se tiene hoy día mucho que decir y bastante por hacer.

DE POCO VALE el que muchos intelectuales mayores dicten conferencias en el Colegio de Eméritos que preside José Ángel Sánchez Asiain o aporten a otros sus conocimientos por medio de asociaciones de veteranos como SECOT. Absurdamente, en una sociedad en la que cada vez son más numerosos, se les margina hasta en el lenguaje, los gestos, la moda y las ideas. Vivimos en el culto a la perenne juventud, a una adolescencia artificial prolongada mediante liftings, botos, liposucciones, prótesis y demás reparaciones faciales y de otro tipo. Lo importante, al precio que sea, es aparentar menos de 40 años y, además, con una atrofiada mentalidad de 15, que todavía es peor. Lo siento, pues, pero en esta sociedad de falsa estética, falsa juventud y falsos valores que ya preludió el exquisito Oscar Wilde en su obra El retrato de Dorian Grey, yo prefiero quedarme al lado de mis ancianos predilectos y, si fuese posible, lo que de verdad me gustaría es acabar pareciéndome a ellos.