Mis hijos no utilizarán cubrebocas este año escolar. Estas son las razones

Estudiantes hacen fila para la clase en el jardín de infantes en la Academia Tradicional Lyles-Crouch de Alexandria el 19 de agosto. El COVID-19 ha obligado a muchas niñas y niños a usar cubrebocas, incluso en el regreso a clases a finales de 2022. (Craig Hudson/The Washington Post)
Estudiantes hacen fila para la clase en el jardín de infantes en la Academia Tradicional Lyles-Crouch de Alexandria el 19 de agosto. El COVID-19 ha obligado a muchas niñas y niños a usar cubrebocas, incluso en el regreso a clases a finales de 2022. (Craig Hudson/The Washington Post)

Durante el primer año de la pandemia de COVID-19, mi familia y yo fuimos extremadamente cuidadosos. Di a luz en abril de 2o20, poco después de la llegada del COVID-19. Para proteger al bebé, mi esposo y yo sacamos a nuestro hijo, en aquel momento de dos años, del preescolar. Solo socializábamos al aire libre, a una distancia segura de los demás. Limité las actividades en espacios cerrados al trabajo y las compras del mercado, y siempre tenía mi cubrebocas N95 puesto.

Cuando las vacunas contra el coronavirus comenzaron a estar disponibles para los adultos, escribí que las personas vacunadas podían flexibilizar sus precauciones según su nivel de tolerancia al riesgo. Mi tolerancia se mantuvo baja debido a que mis hijos no estaban vacunados. Seguí evitando los restaurantes en espacios cerrados y continué utilizando cubrebocas en reuniones en espacios cerrados a menos que el evento exigiera tanto certificado de vacunación como una prueba negativa reciente. Nuestro hijo regresó al preescolar, pero nos aseguramos de que siempre utilizara cubrebocas. Los encuentros para jugar eran solo estrictamente al aire libre.

Todo cambió el invierno pasado, con la llegada de la ómicron. Esta variante es tan contagiosa —y sus cepas derivadas como la BA.5 lo son aun más— que prevenir el COVID-19 se volvió casi imposible. Antes de la ómicron, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos estimaron que un tercio de los estadounidenses habían sido infectados con el coronavirus. Para finales de febrero, tras la primera oleada de ómicron, esa proporción aumentó a casi 60%, incluidos tres de cada cuatro niños.

Eso me dejó claro que el objetivo que esperaba —la contención del COVID-19— no era alcanzable. Este coronavirus llegó para quedarse.

Con este nuevo marco de tiempo indefinido, el cálculo riesgo-beneficio de las medidas de mitigación cambió de manera drástica. Estuve dispuesta a limitar las actividades de mis hijos durante uno o dos años, pero no durante toda su infancia.

Dado cuán cuidadosos habíamos sido, no fue fácil cambiar mi mentalidad para aceptar el COVID-19 como un riesgo recurrente. Pero la alta transmisibilidad de las nuevas variantes significaba que íbamos a tener que pagar un precio cada vez más alto si nuestro objetivo era seguir evitando el virus. Comencé a intentar considerar al coronavirus como lo hago con otros riesgos cotidianos como caídas, accidentes automovilísticos o ahogamientos. Por supuesto que busco proteger a mis hijos de posibles lesiones, y tomo precauciones como utilizar asientos especiales para el automóvil y enseñarles a nadar. Usando la misma lógica, los vacuné contra el coronavirus. Sin embargo, me niego a poner su infancia en pausa en aras de eliminar todo riesgo posible.

También ayudó el hecho de que la ómicron es más leve que las variantes anteriores. La probabilidad de desarrollar casos graves, incluido el temido síndrome inflamatorio multisistémico en niñas y niños, es mucho menor ahora que durante las oleadas de las variantes delta o alfa. Las probabilidades de desarrollar COVID-19 persistente también son menores con la ómicron en comparación con las cepas previas. Las vacunas, aunque menos protectoras contra la enfermedad sintomática generada por la ómicron, siguen brindando una excelente protección contra el desarrollo de enfermedades graves.

En los últimos meses, mi familia y yo hemos disminuido nuestras precauciones. Nos encontramos con otras familias en espacios cerrados, sin cubrebocas ni pruebas, y hemos reanudado los viajes y la asistencia a eventos. Nuestro hijo, que cumple cinco años esta semana, comenzó a jugar fútbol sala y a visitar y a recibir amigos dentro de las casas. Nuestro bebé pandémico, ahora con dos años, asistió a un día de campamento este verano. Ambos comienzan clases la próxima semana. Ahora que están completamente vacunados, no tenemos planeado limitar sus actividades, y, al igual que la mayoría de los padres en su escuela, no les pediremos que utilicen cubrebocas en el salón de clases.

Acepto el riesgo de que mis hijos probablemente contraigan COVID-19 este año escolar, del mismo modo que podrían contraer gripe, el virus sincitial respiratorio y otras enfermedades contagiosas. Al igual que con la mayoría de los estadounidenses, es casi seguro que el COVID-19 en nuestra familia será leve; y, al igual que la mayoría de los estadounidenses, hemos concluido que seguir las precauciones de un modo lo suficientemente estricto como para prevenir la variante altamente contagiosa BA.5 es bastante difícil. El uso del cubrebocas ha perjudicado el desarrollo del lenguaje de nuestro hijo, y limitar las actividades extracurriculares y las interacciones sociales de ambos niños afectaría de forma negativa su infancia y dificultaría mi capacidad laboral y la de mi esposo.

Otras familias verán estas concesiones de manera diferente. Algunas mantendrán precauciones estrictas para proteger a algún familiar severamente inmunocomprometido. Algunas podría decidir algo intermedio; por ejemplo, los niños podrían reanudar sus actividades previas a la pandemia, pero la familia podría seguir utilizando cubrebocas en los aeropuertos y evitar eventos masivos. Otras podrían decidir que sus hijos usen cubrebocas en la escuela (así sean los únicos en usarlos) porque, para ellas, el beneficio de reducir la infección supera los inconvenientes percibidos de los cubrebocas. Todas estas decisiones deben ser respetadas; no hay respuestas fáciles ni aplicables para todo mundo.

Aclaro: la decisión de mi familia de que nuestros hijos no utilicen cubrebocas no debe calificarse erróneamente como una postura anticubrebocas. Nunca estigmatizaríamos a otros padres y cuidadores por las difíciles decisiones que deben tomar. También estamos lejos de ser una familia que le resta importancia al COVID-19; he escrito largo y tendido sobre los peligros del coronavirus para las niñas y niños y sé muy bien que todavía tenemos muchas incógnitas sobre el long covid. Más bien, mi enfoque este año escolar refleja la evolución de la pandemia y el reconocimiento de que evitar el COVID-19 no puede ser el único indicador de la salud y el bienestar general de la población.

Leana S. Wen, a Washington Post contributing columnist who writes the newsletter The Checkup with Dr. Wen, is a professor at George Washington University's Milken Institute School of Public Health and author of the book "Lifelines: A Doctor's Journey in the Fight for Public Health". Previously, she served as Baltimore’s health commissioner.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *