Mishal, tras los pasos de Arafat

El líder de Hamas, Jaled Mishal, subió al estrado en la ciudad de Gaza el 8 de diciembre para dirigirse a la multitud en un acto organizado para conmemorar el 25.º aniversario de la fundación del movimiento y habló sin miedo a ser asesinado por Israel. Al mostrar tal proceder, parecía reivindicar las declaraciones de victoria de su organización en el enfrentamiento con los israelíes que había terminado tan sólo diecisiete días antes. El discurso de Mishal reflejó esta confianza y causó la impresión de aspirar al liderazgo de una nación, no sólo de Hamas o de Gaza.

Hamas considera que se halla en auge mientras que Fatah, el movimiento nacionalista que ha dominado la Organización de Liberación Palestina (OLP) desde 1969 y la Autoridad Palestina, rival en Cisjordania desde 1994, se encuentra en un declive irreversible. Pero, a pesar de su triunfante estado de ánimo, Hamas hace frente a los mismos retos y opciones estratégicas a que hizo frente la OLP bajo el mando de Yasir Arafat desde los años setenta. Y, pese al tono maximalista de Mishal durante buena parte de su discurso, adujo pruebas de que Hamas está respondiendo a estos desafíos al seguir el camino recorrido anteriormente por la OLP.

A primera vista, las diferencias parecen mayores que las similitudes. Cuando Arafat se trasladó a Gaza hace dieciocho años, el 4 de julio de 1994, haciendo literalmente la misma ruta que Mishal, lo hizo después de intercambiar cartas de reconocimiento y de concluir el acuerdo de GazaJericó con Israel. Arafat se refirió a la tarea pendiente como una necesidad de “completar la total retirada de Israel de todos los territorios ocupados, a cuya cabeza se sitúa la ciudad santa de Jerusalén, la capital de nuestro Estado independiente”, lo que se lograría mediante la negociación con Israel.

Mishal, por el contrario, hizo un llamamiento a la “liberación en primer lugar y, a continuación, el Estado; un Estado auténtico es el fruto de la liberación y no de negociaciones”. Hizo hincapié en que los principios nacionales deberían alcanzarse “sin reconocer a Israel”.

Hamas puede afirmar de modo verosímil que ha aplicado este enfoque en Gaza. Sin embargo, como resultó en caso de Arafat y la OLP en 1994, obtener una autonomía significativa en Cisjordania y Jerusalén este –para no hablar de una verdadera independencia– plantea un desafío mucho mayor. La capacidad militar de Hamas le da cierta ventaja, suficiente para disuadir a Israel de invadir Gaza en el pasado mes de noviembre e inducirle a desistir de echar abajo el statu quo allí vigente. Pero Hamas se ha demostrado totalmente incapaz de obligar a Israel a detener los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén este, mucho menos de hacerle dar marcha atrás y, en última instancia, de retirarse totalmente de los territorios ocupados.

Israel tampoco permitiría que Hamas alcanzara tal nivel de capacidad militar coactiva. La OLP pasó por una experiencia similar en los años setenta, cuando Israel trató de impedir que los palestinos concentraran cierta capacidad militar en el sur de Líbano. En julio de 1981, Israel lanzó ataques aéreos a gran escala contra la sede de la OLP en Beirut que dejaron un rastro de unos 500 muertos, la mayoría civiles, pero aceptó un alto el fuego desfavorable tras un continuo fuego de artillería de la OLP contra las localidades del norte del país. Menos de un año después, invadió Líbano y expulsó a la OLP.

Sin embargo, el Gobierno derechista del primer ministro israelí Menahem Begin no estaba respondiendo a la amenaza militar planteada por la OLP. Era, más bien, una respuesta a una OLP tendente a la adopción de una solución negociada, una solución del conflicto basada en la existencia de dos estados y reflejada en un mayor compromiso de Europa occidental con la organización y el inicio de un diálogo informal con el Gobierno de Estados Unidos. La OLP no podía usar su capacidad militar en Líbano para obligar a Israel a ceder territorio, pero podía jugar la baza en cuestión para obtener beneficios en el terreno diplomático. Mishal parece haber llegado a una conclusión similar. Cuando juzgó que “todas las formas de lucha política y diplomática (…) son inútiles sin resistencia armada” en su discurso de Gaza, se pronunció de hecho en mayor medida por incorporar la diplomacia al lenguaje de Hamas y por dotarla de legitimidad que por restarle importancia y minimizarla. Y al destacar que “quien quiera participar en la política debe comenzar con cohetes”, Mishal apuntó hacia una intención de impulsar tal compromiso.

Las observaciones finales de Mishal, además, fueron un eco de la intervención de Arafat ante la Asamblea General de la ONU en noviembre de 1974. Arafat dijo entonces: “He venido con una rama de olivo y un arma de combate por la libertad. No dejen que la rama de olivo caiga de mi mano”. En el 2012, menos memorablemente, Mishal ha dicho que “hemos sondeado y tanteado el terreno durante 64 años y no habéis hecho nada, así que no nos acusen de recurrir a la resistencia; si hubiéramos encontrado una senda que no fuera la guerra la habríamos tomado”.

Hamas cree que la primavera árabe ha brindado una oportunidad estratégica para poner fin a su aislamiento y obtener reconocimiento externo. Pero un reconocimiento a nivel de la región –incluso un tipo de reconocimiento moldeado en gran medida por sus compañeros políticos de partidos “centristas” islamistas en Egipto y en otros lugares– implica que Hamas actúe de acuerdo con las normas e intereses del sistema.

Sobre este particular, también, Hamas sigue un camino adoptado por la OLP. Cuando la Liga Árabe reconoció a la OLP como “único representante legítimo” del pueblo palestino y le ayudó a obtener el estatus de observador en la ONU en la década de 1970, se esperó que correspondiera prometiendo la no injerencia en los asuntos internos de los estados árabes –una postura expresada asimismo por Mishal en su discurso de Gaza–, así como adoptando una estrategia diplomática que ellos pudieran promover a nivel internacional.

A Hamas le queda un largo camino por recorrer antes de alcanzar algún tipo de compromiso directamente con Israel, como hizo la OLP en último término. Más bien se conforma, al igual que Israel, con mantener una tregua a largo plazo basada en el mutuo entendimiento y garantías en materia de seguridad, sin dejar de mantener y ampliar las actuales disposiciones relativas a la actividad económica, las infraestructuras y los servicios públicos. Hamas busca estabilidad y consolidación y considera claramente que el crecimiento económico y la generación de puestos de trabajo son factores clave para extender su control político sobre Gaza de forma indefinida, se logre o no la reconciliación nacional con Fatah y la reintegración con la Autoridad Palestina de Cisjordania.

Después de haber sobrevivido a los últimos siete años de vacas flacas, Hamas se dispone a disfrutar ahora de los proverbiales siete años gordos. Esto será cierto sólo en Gaza, donde Hamas ha cambiado las reglas de relación con Israel. Cisjordania, sin embargo, es un asunto completamente diferente. Puede ser que allí Hamas haya de seguir los pasos de Arafat en la concepción de una estrategia diplomática que le permita reproducir exactamente la práctica independencia de que goza en Gaza.

Yezid Sayigh, investigador asociado en el Centro Carnegie sobre Oriente Medio, Beirut Traducción: José Mª Puig de la Bellacasa.

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