Misterios del imperio de EE.UU.

Por Fred Halliday, profesor visitante del Institut Barcelona d´Estudis Internacionals y profesor de la London School of Economics. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 20/12/07):

Un seminario impartido en la London School of Economics (LSE) un frío pero soleado día del pasado noviembre me brinda la oportunidad de analizar una de las principales cuestiones a que se enfrenta el mundo de hoy; el futuro de la potencia estadounidense o, a decir de quienes así propagan esa denominación alegremente en Washington – tal vez demasiado alegremente-, el futuro del “imperio estadounidense”. El debate sobre la potencia estadounidense remite a un dilatado y antiguo linaje. Fue De Tocqueville quien a principios del siglo XIX previó un futuro dominado por los dos estados continentales, Rusia y Estados Unidos; el fundador y director de la revista Time,Henry Luce, predijo en 1941 el “siglo estadounidense” en vísperas de la decisiva entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Desde entonces no han faltado quienes han sostenido que el predominio de Estados Unidos está menguando. Pero al ponente del seminario de la LSE, el profesor Robert Singh, no le convencen tales argumentos. En primer lugar, debe atenderse a la perspectiva histórica. A finales de los ochenta y aún a principios de los noventa, ya fuera en el capítulo del gasto militar, la influencia internacional, la cultura popular o la tecnología de la información, Estados Unidos aventajaba notablemente a todos sus rivales. En segundo lugar, cuenta el poder económico-militar. Estados Unidos ocupa el primer lugar en presupuesto y capacidad militar y sigue siendo la economía más fuerte y dinámica del mundo; aún hoy representa el 20% de la producción mundial. Tiene un ingreso per cápita de unos 40.000 dólares que contrasta con los 2.300 dólares de China. En tercer lugar, debe consignarse su influencia internacional: Estados Unidos tiene tratados y acuerdos firmados con un mínimo de 84 países y del total de 200 países mundiales tan sólo cinco de ellos pueden considerarse enemigos declarados: Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba y Venezuela. Además, en cuarto lugar y aunque indudablemente la influencia estadounidense se ha visto recientemente un tanto menoscabada – ya sea en Oriente Medio, Europa o Latinoamérica- sigue siendo una influencia porfiada y tenaz, capaz de recuperar el terreno perdido como apuntan las actitudes y propuestas de Angela Merkel y Nicolas Sarkozy. En quinto lugar, los principales rivales a que se enfrenta Estados Unidos son mucho más débiles de lo que parecen: se ha exagerado el poderío militar de Rusia y el tejido económico y social de China, por no hablar de su sistema político, se ve sometido a crecientes tensiones. En sexto lugar, pese a toda la hostilidad contra Estados Unidos por las cuestiones de Iraq o Guantánamo, hay gente en todo el mundo que sigue admirando y aspirando a determinados aspectos del estilo de vida estadounidense. Por último – tal vez la cuestión de mayor importancia- no hay deseo evidente alguno, ni en la elite política de Washington ni en las filas del Partido Demócrata ni en el país en su conjunto de abandonar la primacía y lugar preeminente de Estados Unidos en el mundo. Ni tampoco en el caso de Hillary Clinton ni Barack Obama.Irremediablemente hay que hablar aquí de un factor subjetivo que nunca cabe descartar. Y que puede incluir desde una ilusión hasta un análisis sesgado de las cosas. En primer lugar, figura la cuestión del impacto de las campañas militares de Estados Unidos en Iraq y Afganistán sobre la economía estadounidense y la economía mundial en general. En un mundo en el que se afirma que la política y la economía funcionan íntimamente entrelazadas, es realmente curioso que se aprecie hasta ahora un escaso grado de interconexión. Es evidente que las dos guerras están tragando ingentes cantidades de dinero y seguirán haciéndolo – influyendo así negativamente en la credibilidad económica estadounidense-; de todos modos, el impacto económico hasta la fecha parece ser limitado: la crisis de confianza en el sistema financiero estadounidense resulta de las cifras relativas a las hipotecas y a la balanza comercial, no de Iraq. El avance de la inflación y sobre todo el aumento del precio del petróleo obedecen a la situación del mercado; conviene subrayar al respecto la demanda china y una insuficiente capacidad de refino en lugar de aludir a la reducción de las exportaciones de petróleo de Iraq o a los costes militares y civiles.

En segundo lugar, ¿por qué Estados Unidos ha tardado tanto en reconocer la crisis abierta en Iraq? En tercer lugar, consta el extraordinario fenómeno de una potencia de primer orden que ha ido a la guerra en dos países de Oriente Medio, Iraq y Afganistán, y que considera actualmente la posibilidad de una tercera contra Irán pero que al propio tiempo carece casi por completo de gente experta y experimentada en y sobre estos países. Por último, hay otra cuestión que se dirige al corazón no sólo de la reciente política exterior estadounidense y que es la siguiente: ¿por qué George W. Bush decidió en un principio y preferentemente invadir Iraq? Sin embargo, y por lo que se refiere a los restantes misterios del imperio de EE. UU. y al declive estadounidense, probablemente no tendremos una respuesta concluyente o próxima a corto plazo. El imperio estadounidense, junto a todos los que lo aman o lo odian – o que, simplemente, desean analizarlo-, habrá de aguardar el veredicto de la historia.