‘Mit brenneder sorge’ y los nibelungos

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 21/03/07):

El 21 de marzo de 1937, hace 70 años, se leyó en los púlpitos de los más de 11.000 templos católicos alemanes la Encíclica ‘Mit brenneder sorge’ (Con viva preocupación), publicada 7 días antes, con la que Pío XI (Papa desde el 6 de febrero de 1922) condenaba la política antirreligiosa del Tercer Reich que violaba claramente el Concordato de 20 de julio de 1933. En ella se rechazaban la concepción panteísta del mundo y su mito de la sangre y de la raza, el intento de disociar la moral de la religión sobre una base utilitaria y colectivista y el desprecio de la dignidad y la libertad humanas. El Papa que consiguió el reconocimiento del Estado independiente y soberano de la Ciudad del Vaticano después de firmar con Benito Mussolini y el rey Víctor Manuel III el Tratado de Letrán (febrero de 1929), que suscribió el antes citado Concordato con la Alemania nazi y que fortaleció la Iglesia católica como institución y referente religioso y político a nivel mundial, denunció, dos días antes, el comunismo y su carácter ateo en la Encíclica ‘Divini Redemtoris’.

El Reich reaccionó publicando, un día más tarde, en el órgano oficial nazi, ‘Völkischer Beobachter’, la primera y última réplica a la Encíclica, calificándola como panfleto y escrito tendencioso contra Alemania. Joseph Goebbels, a la sazón ministro alemán de Propaganda, actuó de forma inteligente ante la fuerza que había tenido la misma y optó por ignorarla completamente. Este comportamiento enlazaba con la utilización propagandística que el nazismo había hecho de un Concordato que nunca tuvo intención de respetar; es más, a partir de dicho acuerdo atacaría con más fiereza que el fascismo todas y cada una de las instituciones de origen religioso.

El maremoto nacionalsocialista que tantas ingenuidades, confianzas y deseos se llevó deseaba también destruir, ideológica y físicamente, la Iglesia católica, la protestante, la judía y cualquier atisbo de religión y religiosidad que frenara su proyecto neopagano. Por ello, no debemos olvidar que para el III Reich su enfrentamiento con la Iglesia católica no era una simple lucha por el poder, no era una simple cuestión ideológica, sino que se trataba de un choque entre una anti-religión o concepción pagana y mítica del mundo y una religión ya con Estado propio.

La cosmovisión inversa del nazismo abarcaba mucho más que el problema institucional, y en aras de la raza aria se desarrolló una auténtica cultura de la muerte, cuyo origen se inspiró en Nietzsche, en las páginas de ‘Mein Kampf’ de Hitler y en el ‘Mito del siglo XX’ de Alfred Rosemberg. A ellos se sumaron el Fichte de los ‘Discursos a la nación alemana’ y la mitología militarista prusiana, dando lugar a la bomba de relojería del nacionalsocialismo alemán.

Para imbuir a la ‘nueva nación alemana’ de estos ‘principios’, nacidos todos del monstruo del nacionalismo, el régimen nazi utilizó la radio, la prensa, el cine y el teatro, totalmente controlados y dependientes del Ministerio de Propaganda, y que hostigaron cada vez más a la Iglesia católica, tal y como reflejan los artículos de sus medios escritos (‘Der Stuermer’ -El soldado de Asalto-; ‘Der Durchbruch’ -La brecha-; ‘Der Blitz’ -El rayo- y ‘Die Stimme’ -La voz-).

Las ideas en ellos vertidas aportaban los argumentos escritos de una campaña anti-religiosa sorda y sostenida. La persecución se ejerció utilizando, simultánea y constantemente, la disuasión (incluso el paradójico Carl Schmitt fue acusado en los círculos intelectuales por ser ‘demasiado católico’), la obstrucción (control eclesial, confiscaciones, restricciones a las comunicaciones y ley sobre testamentos y pactos sucesorios), la desacreditación (violación a la ley de divisas, escándalo sexual, carteles, canciones y teatro), la supresión de instituciones (escuelas católicas, asociaciones juveniles, organizaciones profesionales y sociales y asociaciones confesionales obreras o gremiales) y, finalmente, la eliminación física de seres humanos (miles de católicos fueron encarcelados en Dachau y en sus barracones ‘para los curas’ -26, 28 y 30- fueron internados unos 2.763 sacerdotes de 23 naciones, especialmente polacos, de los que murieron 1.072). Toda esta barbarie provenía de las bases ideológicas del nazismo que generarían una cultura de la muerte asentada en un nuevo paganismo y en la divinización del Reich, es decir, de la nación alemana.

La Encíclica y las presiones de Pío XI, muerto en 1939 poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, y de su sucesor Pío XII, al que se acusó de excesiva tolerancia del régimen nacionalsocialista, no evitaron los millones de muertos del conflicto bélico y la represión demencial del considerado diferente e inferior. En aquellos momentos fue imposible parar una maquinaria de exterminio engrasada con el odio racial y el genocidio; con la violación, el rechazo y la negación de los derechos humanos; con la construcción de una insana ideología de desprecio recíproco y odio a los seres humanos; con el enfrentamiento mortal del hombre contra el hombre.

Cuando la Iglesia católica teme y se manifiesta aterrorizada al denunciar la laicidad de la vida pública contemporánea y la rechaza como un ataque frontal hacia ella y su propia cosmovisión, quizá debiera recordar lo que sí fue un intento real de exterminarla desde la raíz, el nazismo, que dio lugar a la Encíclica citada. Contra la fanática concepción del nacionalsocialismo era igual la actitud que adoptara, contra el laicismo tiene alternativas que convenzan a los ciudadanos de la vigencia del mensaje religioso. El nazismo la habría exterminado. El laicismo nunca pretendió, ni pretende, hacerlo.