Mitos sobre el fracaso escolar

El denominado fracaso escolar es un constructo teórico mal delimitado y, en consecuencia, mal conceptualizado. Desde un punto de vista estrictamente semántico, podría ser sinónimo de fracaso de la escuela, o de las políticas educacionales. Sin embargo, suele ser común entenderlo como un mero fenómeno estadístico, referido al número de alumnos que no alcanzan las calificaciones consideradas mínimamente óptimas en las evaluaciones efectuadas por el profesorado, o por agencias externas. Es obvio que si no se dispone de un marco conceptual riguroso para analizarlo y diagnosticarlo, la solución del mismo resulta imposible. Quizás es esa carencia lo que explica los múltiples mitos empleados para explicarlo y justificarlo.

El primer mito es la asunción de que los alumnos que fracasan escolarmente no poseen las capacidades suficientes para lograr los aprendizajes mínimos de un determinado nivel, bien sea en todas las materias o solo en algunas. Esta creencia se explica por el hecho de que en las evaluaciones escolares, tanto internas como externas, se usa como único criterio de capacitación la inteligencia analítica. En cambio, tal y como ha demostrado Armstrong, cuando en la evaluación se usa el criterio de las inteligencias múltiples de Gardner, se comprueba que no existen diferencias significativas entre los alumnos con bajas y altas calificaciones.

El segundo mito consiste en creer que las elevadas cifras de fracaso escolar son debidas a que los gobiernos, año tras año, dedican menos presupuesto a la educación, lo que conlleva que las escuelas no dispongan de los recursos necesarios para atender a esos alumnos que fracasan. Esta extendida creencia se echa por tierra cuando se comprueba que las cifras de fracaso escolar de algunos países cuyo presupuesto dedicado a la educación supera la media internacional son superiores a las de otros países con presupuestos mucho más bajos. No hay más que analizar los datos contenidos en los Informes Pisa para comprobar la inexactitud de este mito. Por supuesto, siempre que el presupuesto dedicado a educación no esté por debajo de ciertos límites.

Otro mito muy extendido es aceptar que el fracaso escolar es debido al alto número de alumnos en las clases. Sin embargo, hay investigaciones que demuestran que, dentro de ciertos límites (entre 25 y 40 alumnos por clase), el que haya más o menos alumnos no influye en las tasas de fracaso escolar. Es más, hay alguna investigación que ha demostrado que, dentro de los umbrales citados anteriormente, la ratio más favorable es la que se acerca al umbral máximo (Cherkaoui, 1979).

El mito más aceptado por los responsables de las políticas educativas es creer que las tasas de fracaso escolar descenderán significativamente imponiendo distintos currículos para los buenos y malos alumnos. Esta solución se ha demostrado absolutamente ineficaz, dado que en la práctica totalidad de los países se ha impuesto esta medida en el contexto pedagógico de las adaptaciones curriculares y, sin embargo, las cifras de fracaso escolar se mantienen constantes a lo largo de los años. Son muchos los expertos que han investigado las causas de que esos currículos empobrecidos no sean favorables para los alumnos con bajo rendimiento académico (en nuestro país, uno de los autores que mejor ha analizado esos efectos selectivos del curriculum escolar es el profesor Gimeno Sacristán).

Otra solución mítica que ha sido impuesta en todos los países con sistemas escolares avanzados, ha consistido en dotar a los colegios de expertos en psicopedagogía, dedicados fundamentalmente a diagnosticar el problema y a prescribir apoyos individualizados a los alumnos que fracasan escolarmente. Sin embargo, las estadísticas han demostrado ampliamente que el fracaso escolar no desciende de manera significativa en aquellos países donde más abundan los diagnósticos psicopedagógicos de dichos niños. Incluso, Ward y Center demostraron que un número excesivo de estos diagnósticos, paradójicamente, puede producir un aumento de las tasas de fracaso escolar, debido a que las profecías contenidas en los informes emitidos por esos expertos se transforman en realidad (esa consecuencia, conocida como Efecto Pygmalion, fue demostrada empíricamente por Rosenthal y Jacobson).

Esos mitos tienen en común interpretar el fracaso escolar como algo inherente a la superestructura psicopedagógica y política, y a las capacidades de los alumnos. En cambio, los investigadores más rigurosos del tema, como Perrenoud o Kovacs, coinciden en asegurar que la génesis del fracaso escolar tiene sus raíces en variables sociológicas y políticas muy concretas, propias de las sociedades de capitalismo neoliberal. Por ello, si no se cuestionan los fundamentos de dichas sociedades y tampoco se analiza la construcción del fracaso escolar en el contexto de la sociología crítica, cualquier solución que se ponga en práctica está condenada a resultar inoperante.

Santiago Molina, Catedrático de Pedagogía jubilado de la Universidad de Zaragoza

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