Mitos y realidades del ‘lobby’ israelí

Por Shlomo Ben-Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 09/11/07):

En una ocasión, Kissinger caracterizó Israel, injustamente, como un país que no posee política exterior, sino sólo preocupaciones nacionales. Parece mentira que dijera eso: su estudio sobre dos grandes estadistas europeos, Metternich y Castlereagh, muestra que el primero fracasó porque estaba excesivamente condicionado por sus limitaciones internas y el segundo porque las ignoró. Toda política exterior debe tener en cuenta las preocupaciones nacionales. Sin embargo, John Mearsheimer y Stephen Walt, los autores del célebre y polémico El lobby israelí (Taurus, 2007), han creado un paradigma nuevo. Si tienen razón -y no la tienen-, un país pequeño se ha apoderado, mediante sus grupos de presión en los centros del poder del imperio, de la política exterior de una superpotencia a la que ha obligado a actuar contra sus intereses nacionales.

Al querer defender lo que es una tesis absurda y obcecada, los autores de este libro demuestran una vergonzosa ignorancia de las complejas realidades de Oriente Próximo. Es verdad que “el Gobierno de Nixon reabasteció a Israel durante la guerra de octubre”, pero no lo hizo en contra de sus intereses nacionales. Precisamente la relación especial con Israel fue lo que permitió a Estados Unidos conseguir una de sus victorias estratégicas más sonadas, al desmantelar la hegemonía soviética en el Oriente Próximo árabe.

Mearsheimer y Walt creen que EE UU no ha hecho nada para cumplir su parte del acuerdo implícito con el mundo árabe: obligar a Israel a retirarse de los territorios árabes ocupados y ofrecer a los palestinos “un Estado viable”. EE UU, dicen, “ha respaldado en todo momento la postura israelí sobre las negociaciones”. Es ridículo. En Camp David I no hubo ningún “lobby judío” que impidiera a Begin retroceder a la frontera con Egipto de antes de 1967 y declararse dispuesto a abordar “los derechos legítimos de los palestinos en todos sus aspectos”. Los autores prefieren, pues, obsesionarse con la oferta de Camp David II, supuestamente mala, y se olvidan del acuerdo que se propuso mediante los parámetros de paz de Clinton seis meses después, unos parámetros que Israel aceptó y que Arafat, en lo que el embajador saudí en Washington calificó de “crimen contra el pueblo palestino y la nación árabe”, rechazó. ¿Acaso fue “respaldar la postura israelí sobre las negociaciones” la oferta de una soberanía palestina plena e incondicional sobre el Monte del Templo, la división de Jerusalén y la retirada en la práctica de todos los territorios? ¿Impidió el “lobby judío” que Clinton hiciera aquellas propuestas sin precedentes?

Es evidente que Mearsheimer y Walt otorgan demasiada influencia a los judíos. Tal vez el presidente George Bush, padre, tenía razón al hablar de que en torno al Congreso había “mil lobbistas” -se supone que sobre todo judíos- que hacían labor de presión en contra de su política sobre Oriente Próximo. ¿Impidió eso que le apretara las tuercas a Shamir, le arrastrara contra su voluntad a la Conferencia de Paz de Madrid y le negara las garantías de préstamo para la absorción de los judíos rusos? ¿Impidió el lobby que Reagan lanzase una iniciativa de paz para Palestina con el objetivo exclusivo de evitar que Israel se beneficiara estratégicamente de la aventura libanesa de Sharon? ¿Le impidió iniciar un giro en la política exterior estadounidense cuando reconoció a la OLP? Es evidente que la estrecha relación con Israel no contribuye a proteger a EE UU del terrorismo árabe. Pero decir que la negativa de EE UU a obligar a Israel a firmar la paz con los árabes es lo que explica “en buena parte” el problema del terrorismo en ese país, es ridículo. El primer atentado contra las Torres Gemelas se realizó en 1993, cuando Clinton y Rabin estaban en medio de unas conversaciones de paz muy prometedoras con los sirios e Israel estaba negociando la paz con los palestinos en Oslo. Y Osama Bin Laden envió a sus hombres a Florida, a entrenarse como pilotos suicidas, precisamente el verano en el que negociábamos la paz con los palestinos en Camp David.

El odio a Estados Unidos se remonta a mucho antes de 1967. El golpe de Estado que instaló al Sha en Irán en 1953, la invasión de Líbano en 1958 y el apoyo estadounidense a los autócratas de la región contribuyeron a esa crisis de confianza entre EE UU y los árabes. Pero sobre todo se le odia por lo que es: una nación convencida de que tiene una misión, una potencia intervencionista y amiga de los autócratas, y con unos intereses y una cultura popular a cuya penetración se resisten las sociedades islámicas.

Mearsheimer y Walt saben muy poco sobre las prioridades de Israel si creen que “la expansión de la democracia en la región”, que “ha indignado a la opinión árabe e islámica”, es un “esfuerzo relacionado con el apoyo de EE UU a Israel”. Si Israel y los autócratas árabes de la región están de acuerdo en algo, es en su rechazo de la receta democrática norteamericana para el Oriente Próximo árabe. A diferencia de los ingenuos estadounidenses, ellos saben que cualquier democracia árabe que surja hoy tiene que ser islámica, anti-occidental y contraria al “proceso de paz”.

Al abordar la guerra de Irak, los autores incurren en contradicciones significativas. ¿Cómo encaja la tesis de que la guerra se lanzó “para promover los intereses de Israel” con la afirmación del entonces ministro israelí de Defensa de que el verdadero problema para Israel era Irán, y no Irak? La guerra de Irak, al final, supuso un triunfo estratégico para los iraníes. ¿Y cómo puede conciliarse la supuesta obsesión del lobby por la guerra de Irak con el hecho de que los judíos estadounidenses se oponían mayoritariamente a la invasión? La verdad es mucho más simple: Estados Unidos habría iniciado la guerra con Irak incluso aunque no hubiera existido un lobby israelí. El presidente Bush es perfectamente capaz de cometer barbaridades en su politica exterior sin la ayuda de ningún lobby particular.

Un argumento sorprendente que utilizan es que EE UU “no estaría tan preocupado por Irán, el Irak baazista ni Siria si no estuviera tan estrechamente vinculado a Israel”. Es decir, ¿la conclusión es que la mayor coalición internacional creada por Estados Unidos desde la II Guerra Mundial, la que se formó en 1991 para expulsar a Irak de Kuwait y garantizar el suministro de petróleo, fue un asunto “estrechamente vinculado a Israel”? ¿El conflicto entre EE UU e Irán, que comenzó después de que Carter lograra negociar un acuerdo de paz entre egipcios e israelíes, también estuvo “estrechamente vinculado a Israel”? Decir que EE UU no debería preocuparse por un Irán nuclear es ignorar no sólo su interés como potencia hegemónica en la región en impedir la proliferación nuclear, sino el gran impacto que esta amenaza de la bomba iraní tiene para otros aliados de EE UU en todo el mundo árabe. Si Mearsheimer y Walt hubieran seguido el discurso público en países como Egipto, Arabia Saudí y Jordania habrían descubierto que es tal la inquietud que, por primera vez, los llamamientos a la desnuclearización de Irán son independientes de la tradicional exigencia de que Israel abandone su programa nuclear. Irán es tan enemigo de los países árabes suníes aliados de EE UU como de Israel.

Es cierto que la causa israelí resuena con fuerza en EE UU. Ahora bien, en su deseo de explicar los fallos de la política norteamericana en Oriente Próximo por los grupos de presión israelíes, los autores, de manera grotesca e irresponsable, presentan a una clase política estadounidense -incluidos los presidentes- que es o demasiado incompetente para comprender sus intereses nacionales, o, algo más grave, está dispuesta a vender sus intereses nacionales a un grupo de presión a cambio de su supervivencia política.

Soy de los que piensan que EE UU puede y debe hacer mucho más para acabar con la humillación de los palestinos y convertir en realidad la visión de los dos Estados. También he sostenido siempre que los mejores presidentes estadounidenses para Israel son los que estaban dispuestos a presionarle en favor de la causa de la paz. Carter y el primer Bush fueron ese tipo de presidentes. Clinton, pese a emplear maneras más suaves, consiguió diseñar el que algún día sería el acuerdo de paz definitivo entre Israel y Palestina.

Por desgracia, desde el 11-S, la visión paranoica del mundo que tiene EE UU ha perjudicado gravemente su capacidad no sólo de ofrecer liderazgo moral al mundo, sino de proponer soluciones a conflictos regionales. Cuando Estados Unidos tenga un presidente que proponga una visión concreta y la lleve a la práctica con decisión, ningún grupo de presión, por fuerte que sea, podrá impedirle el paso.