Mitterrand o el arte de engordar al populismo

Corría el año 1992 cuando Jean-Marie Le Pen tildó al Gobierno de Édith Cresson de «pandilla de ladrones y extorsionadores». La primera ministra de François Mitterrand replicó con una querella por injurias. El desenlace judicial era lo de menos: lo que importaba a ambas partes era mantener el protagonismo mediático durante días. «Caminan juntos. Si el Gobierno está en horas bajas, Le Pen le insulta y consigue espabilarles; lo mismo ocurre cuando Le Pen está en la cuneta: el Gobierno le ataca para engordarle. Todo parece muy sincronizado, ¿no?», señalaba Jacques Chirac en 1991. Diagnóstico atinado. El problema estriba en que la derecha clásica nunca ha logrado, hasta la fecha, eludir ese cerco. Hubo intentos, por ejemplo el del gaullista Charles Pasqua, que, a la desesperada, habló de «valores comunes» con el (entonces) Frente Nacional. Otros, como el exalcalde de Lyon Michel Noir, también gaullista, preferían «perder las elecciones antes que perder el alma». Dos criterios antagónicos que plasman la impotencia de la derecha ante el fenómeno lepenista desde la época de Chirac hasta la actual. Dicho cerco es en realidad la culminación de una maquinaria sutilmente diseñada por Mitterrand y Le Pen.

El primer engranaje tiene que ver con la peculiar naturaleza de las relaciones personales entre el socialista y el populista. Ambos se observaron sin frecuentarse durante la IV República (1946-1958), régimen en el que el primero llegó a ser un ministro destacado y el segundo, su diputado más joven. Todo cambió con la vuelta al poder del general Charles de Gaulle, al que aborrecían: fue el primer nexo entre ambos. Por eso, cuando declararon a favor del general Raoul Salan -Mitterrand era la única personalidad «progresista» entre los testigos del militar-, Le Pen pudo decir que «los antigaullistas de izquierdas y de derechas nos entendíamos muy bien». Una frase que cobraría su significado político décadas más tarde; entretanto, la consolidación de la V República «castigó» a Mitterrand con casi un cuarto de siglo en la oposición y a Le Pen con la irrelevancia. Hasta que Mitterrand, ya como presidente, pensó que convenía rescatarle del olvido.

El momento oportuno llegó en la primavera de 1982 y la iniciativa correspondió al jefe de un FN, cuyo promedio electoral se situaba alrededor del 0,1 por ciento, que achacaba al ostracismo mediático. De ahí que recurriese a un viejo conocido, Guy Penne, asesor presidencial para África y masón notorio, que transmitió la queja al jefe del Estado. Mitterrand, con rapidez inusitada, garantizó por carta a Le Pen un trato más equitativo por parte de los medios públicos. Así fue: nueve fueron las veces en las que el líder frentista apareció en los citados medios en apenas cuatro meses.

El cerco estaba en marcha, aunque precisaba un perfeccionamiento para comprobar su eficacia. Y la izquierda, para paliar su fracaso económico, necesitaba un rearme ideológico. Llegó la hora de activar el segundo engranaje, que consistió en avivar la brasa «antirracista» en un país cuyo debate público empezaba a emponzoñarse por el tema de la inmigración masiva. El corolario de la jugada sería el trasvase hacia el FN de numerosos votantes de la derecha y la herramienta para ejecutarla, la asociación «SOS-Racisme», la cual, a partir de 1983, recibió apoyo político y económico con el objetivo de polarizar a la opinión pública entre «fascistas» y «antirracistas», obligando a los partidos, de modo especial a los de la derecha, a posicionarse sin matices de un lado o de otro; la izquierda, como es bien sabido, no se para en barras cuando le da por la «superioridad moral». Bien explica Éric Zemmour en «Le suicide français» la inmensa responsabilidad del movimiento «antirracista» en el deterioro de la convivencia social en Francia. Pero su éxito político a corto plazo fue innegable.

La doble maniobra -hinchar al FN mientras se fomenta una oposición social- trajo sus réditos: en 1984, el FN consiguió diez eurodiputados. La vuelta de tuerca se completó con la aprobación, por imposición del Elíseo, de un sistema electoral proporcional que dejó 35 diputados frentistas en la Asamblea Nacional en 1986. Dos años más tarde, Le Pen obtuvo el 14.3 por ciento de los votos en la elección presidencial, que Mitterrand ganó con holgura. Jugada rematada.

La maquinaria y sus engranajes no impidieron, ya sin Mitterrand, que la derecha ganase tres elecciones presidenciales consecutivas; pero tampoco la presencia en la segunda vuelta de Le Pen en 2002 ni la de su hija Marine quince años más tarde frente a Emmanuel Macron. Quien está sacando provecho de los errores de este último no es la derecha, incapaz de articular un discurso solvente, sino Marine Le Pen, que podría hacer realidad el viejo sueño de su padre y de Mitterrand: la voladura de la derecha. Con el riesgo de que el modelo se exporte a otras zonas de Europa.

José María Ballester Esquivias es periodista.

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