Moción bumerán

La moción de censura es un mecanismo de exigencia de responsabilidad política del Gobierno típico de los sistemas parlamentarios. La Constitución española lo regula en su artículo 113 y establece dos requisitos formales y uno temporal para su tramitación: que sea firmada por una décima parte de los diputados (35 de los 350 que tiene el Congreso), que incluya un candidato alternativo a la presidencia del Gobierno y que pasen un mínimo de cinco días entre el registro de la moción y su votación. Para que prospere deberá gozar de la mayoría absoluta de los diputados.

Esta regulación no es fruto de la casualidad: en plena Transición, el constituyente tuvo especial interés en introducir mecanismos que contribuyeran a garantizar la estabilidad política de nuestras instituciones y a afianzarlas democráticamente después de más de 40 años de dictadura. Por eso optaron por tomar prestado del constitucionalismo alemán la llamada moción de censura «constructiva». La principal diferencia respecto la moción de censura «común» consiste en que la constructiva no está pensada simplemente para derrocar a un Gobierno, sino que obliga a demostrar que se puede articular una mayoría parlamentaria distinta y más sólida en torno a un candidato alternativo.

De ahí que cuando se vota una moción, en realidad la votación no se produce en contra de la gestión del presidente del Gobierno actual, sino a favor de la investidura del nuevo candidato propuesto (que es realmente quien lleva el peso del debate parlamentario al exponer, sin límite de tiempo, su plan de gobierno alternativo), de forma que si la moción prospera implica la caída del Gobierno y la investidura automática del candidato alternativo. Todo en el mismo acto y sin necesidad de ninguna votación adicional.

Podemos tiene ambas cosas: los 35 diputados y, a priori, un candidato alternativo a Rajoy. Sin embargo, no ha formalizado ni una cosa ni la otra. Ni tampoco ha puesto fecha; se ha limitado a anunciar que abre conversaciones con el resto de grupos parlamentarios para decidir si la registra. Y eso es lo que quita toda la credibilidad a su propuesta.

No se puede hacer un anuncio de esa envergadura y luego llamar al diálogo para ver si tiene alguna posibilidad de prosperar. El procedimiento es justamente al revés: primero se registra la moción y se identifica a un candidato y después empieza a correr un plazo de cinco días para negociar con el resto de grupos la posibilidad de forjar una mayoría. Es evidente que si la voluntad de Podemos hubiese sido sincera, habrían trabajado con más discreción para poder anunciar un acuerdo cerrado. La precipitación y las formas delatan que el objetivo es otro. Hay aún otro elemento que debe ser aclarado y que ha sido deliberadamente llevado a confusión: una moción de censura no se presenta únicamente para ganarla. Uno de sus objetivos puede ser, simplemente, el de exponer ante toda la sociedad un programa político alternativo y contraponerlo al del Gobierno actual (de hecho, todas las mociones de censura de nuestra reciente historia han ido en esa dirección). El Congreso es un magnífico escaparate que permite situar, por unos días, al aspirante al mismo nivel institucional que el presidente del Gobierno. Por eso la moción de censura es un instrumento tan poderoso, porque puede convertirse en primer acto de campaña electoral. Se puede perder una moción, pero se pueden sentar las bases para ganar las siguientes elecciones. Pero aquí Podemos no persigue presentar una alternativa, sino solo pillar al PSOE a contrapié.

Es tan legítimo un planteamiento como el otro: presentar una moción únicamente cuando se sabe que se gana o aun sabiendo que se va a perder. Pero amagar con registrarla para luego intentar trasladar la responsabilidad de su fracaso al resto de grupos demuestra que solo había un mero afán de notoriedad para intentar capitalizar en términos mediáticos y electorales la lucha contra la corrupción del PP.

El movimiento es tan oportunista como precipitado porque ni siquiera se han calculado sus consecuencias. Por eso Podemos se quedará solo: no porque no haya motivos sobrados para desbancar al Gobierno de Rajoy, sino porque ha intentado jugar partidistamente con las instituciones. Y a las instituciones hay que respetarlas y no instrumentalizarlas a conveniencia. Una moción de censura no se anuncia, se registra. Todo lo demás son ocurrencias que se le pueden volver a uno en contra, como un bumerán.

Francesc Vallès, profesor de Derecho Constitucional.

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