Moctezuma, España y la modernidad

No era una tarea sencilla. Durante los tres siglos coloniales, la monarquía hispánica había prohibido la llegada a las Indias de romances, fábulas, materias profanas e historias mentirosas que desviaran la atención de los indios hacia Dios y, por eso, cuando se precipitó el proceso independentista y resultó evidente que América se fracturaba en pequeños territorios, no había novelistas que emprendieran la compleja labor de imaginar nuevas nacionalidades. Sin ficciones americanas que sirvieran como referente, que brindaran algún símbolo o experiencia común, un muestrario de tipos humanos, de virtudes y vicios, había que inventar sobre la marcha, mientras se peleaba, un hecho diferencial que justificara separar el destino de las dos Españas, la peninsular y la americana.

El enfrentamiento con el Ejército realista fue forjando un patriotismo criollo que mezcló las exhortaciones nacionalistas de los jesuitas expulsados por Carlos III, y fantasiosos vínculos entre los novohispanos y los aztecas. De pronto se reivindicaba en himnos y poemas a Moctezuma y a los incas, a los Zipas muiscas y a la 'Anáhuac feliz', al Teocalli de Cholula y a los 'indios puros' que tomaban mate. A falta de referentes criollos, se exhumó el pasado indígena que había dominado el continente antes de la llegada de Colón y entonces, de la manera más asombrosa posible, quienes hasta sólo unos meses antes habían sido españoles, defensores de Fernando VII, empezaron a verse como algo distinto: herederos del pasado arcaico, criollos americanos sin vínculos, más allá de un cúmulo de agravios, con la península ibérica.

Moctezuma, España y la modernidad
NIETO

Los «tres siglos infelices/ de amarga expiación» que lamentaba el madrileño Manuel José Quintana en sus 'Poesías patrióticas' no se entendieron en América como una crítica al despotismo monárquico, sino como un argumento más en contra de la opresión colonial. La modernidad americana, por la que se luchaba en ese momento, tenía que ser entonces antihispana. En su 'Alocución a la poesía', Andrés Bello pedía en 1823 a las musas que dejarán la culta Europa para instalarse en la gran escena americana. Era el momento de nombrar el Nuevo Mundo, inventarlo con la palabra, dejar atrás la servidumbre a España y unir, en un caprichoso juego temporal, el pasado premoderno con el presente moderno.

Las vanguardias del siglo XX hicieron esto con mucha más claridad. «América, América mía: del alarido del salvaje/ a la antena de radiotelegrafía», escribía el mexicano Carlos Pellicer en 1924. Se unían lo más viejo y lo más nuevo, el tiempo mítico y la actualidad tecnológica, para borrar cualquier referencia al período hispánico. Rufino Tamayo se propuso pintar como un indio temas atemporales, y David Alfaro Siqueiros y Joaquín Torres García encontraron en la geometría indígena las fuentes para el arte abstracto moderno. La plástica más vanguardista vibraba gracias a los tejidos nazca, a la orfebrería muisca, a los murales de Monte Albán; se inspiraba en los muros de Cuzco, en la pirámides de Tenochtitlan, en la Piedra del Sol azteca. Para buena parte de la vanguardia, América sería un pueblo ancestral o un pueblo nuevo, un continente atado a un pasado remoto o a un presente moderno, pero no un lugar ligado a España por una línea temporal continua.

Eso no quiere decir que la tradición hispánica hubiera desaparecido del suelo americano, en absoluto. Como en España, también allá se enfrentaron los proyectos constitucionalista e ilustrado con el modelo del antiguo régimen. Los liberales defendieron una nueva soberanía popular y los conservadores, la tradición corporativa y católica, y el choque entre unos y otros convirtió el siglo XIX en el escenario de interminables guerras civiles. Al final parecieron ganar los liberales, pero fue sólo un espejismo.

El modelo conservador, que concebía la sociedad como un organismo con una cabeza encargada de velar por la salud y pureza del cuerpo social, bien se tratara de un monarca, un sacerdote, un caudillo o un conductor de la patria, acabó infiltrando al modelo liberal. Esa fue la gran paradoja de finales del siglo XIX y principios del XX. Dictaduras positivistas como las de Porfirio Díaz en México, Manuel Estrada Cabrera en Guatemala o Juan Vicente Gómez en Venezuela, que fueron protagonizadas por liberales que creían en el progreso y la ciencia, replicaron esta visión organicista de la sociedad.

Como explicaba el mexicano Justo Sierra, la misión de Porfirio Díaz era velar por la evolución y fortaleza adaptativa de un organismo llamado México, y por eso mismo estaba autorizado a extirpar las células nocivas que pusieran en peligro la salud del cuerpo. El lenguaje era darwiniano y moderno, pero la lógica replicaba el autoritarismo corporativo del antiguo régimen.

Algo similar ocurrió con el peronismo, que también desarrolló un modelo de sociedad corporativa fundado en un fenómeno muy moderno, las masas obreras que empezaban a inundar las ciudades. Conducidos por Perón, los trabajadores se convertían en la reserva moral de la nación, en una defensa contra los vicios del liberalismo y del capitalismo y de las ideas extranjerizantes. Su promesa no era sólo la armonía social, el fin de la lucha de clases y el progreso, sino verdades que indicaban a hombres y mujeres cómo pensar para ser buenos argentinos.

Estas fueron dos versiones de la modernidad americana. Una borraba a España de la historia y despachaba la colonia como un periodo oscuro, opresivo o somnoliento, sin continuidad en la historia ni influencia en la vida moderna del continente; la otra rescataba la España del antiguo régimen, con su sistema organicista, católico y antiliberal, adaptándola a los procesos de modernización americanos. Ninguna de las dos tomaba en cuenta a la España ilustrada, que daba en la península la batalla por la modernidad.

Y esa es, justamente, la tarea pendiente: reivindicar el indudable parentesco entre españoles y americanos sin exaltar el nacionalismo católico, y recordar con Quintana que en las dos orillas del Atlántico hemos padecido y soñado lo mismo. Que aquí y allá habrá despotismos y populismos que redimen espiritualmente al pueblo mientras empobrecen materialmente al individuo. Y que aquí como allá habrá sectores que defienden la libertad individual y una modernidad que contemple el panorama entero: el genio artístico de las civilizaciones prehispánicas, el humanismo de la colonia, la ilustración decimonónica. Esa España y esa América son compatibles. Pueden estrechar lazos y caminar juntas por las inciertas avenidas del siglo XXI.

Carlos Granés es escritor.

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