Modelos, alternativas y consecuencias de la participación directa de las bases en los partidos

Los partidos siguen bajo sospecha. Nunca dejaron de estarlo desde que se crearon en la estela del parlamentarismo contemporáneo. Pero en las circunstancias actuales, son un chivo expiatorio del malestar que sufren los ciudadanos ante la incertidumbre generada por la gran crisis económica y otros fenómenos paralelos de cambio general. Sin ir más lejos, los españoles los consideraban el tercer gran problema de España (25,7%) a finales de 2016, por detrás del paro (72,9%) y de la corrupción (36,1%) . Se trata de niveles de crítica a los partidos sin apenas precedentes desde el inicio del período democrático (ver gráficos 1 y 2). La situación no es muy distinta en otros países: en 2013 la confianza en los partidos políticos apenas alcanzaba el 20% de media general en los países de la OCDE, más de diez puntos por debajo de la que los ciudadanos tenían depositada en sus gobiernos (OECD 2013).

Este panorama coincide con cambios organizativos de calado en los partidos, encaminados a reforzar los instrumentos de participación y representación de los afiliados en las decisiones más importantes de la vida interna de las formaciones. Los propios partidos son los principales agentes de estas transformaciones, aunque muchas veces influidos por iniciativas surgidas desde la sociedad civil (como +Democracia, en España, o el National Democratic Institute, en EEUU). Los ensayos para profundizar la democracia interna se vienen extendiendo entre partidos de signo ideológico diverso, con una variedad notable en los instrumentos y en los resultados, aunque con una pauta común: favorecer el papel de las bases mediante medidas de carácter plebiscitario.

A pesar de los apoyos que estas medidas han encontrado entre un amplio público, su implementación también ha despertado desconfianza o rechazo entre los más acostumbrados al funcionamiento tradicional de los partidos. Al respecto afirmaba Felipe González que “las primarias son una impostación de la democracia directa por un fallo de la democracia representativa” que simbolizan los congresos de los partidos (González and Cebrián 2001). Sin embargo, es innegable que esta transformación cobra sentido en un contexto más amplio, en el que los ciudadanos demandan mayor voz en las principales decisiones de las instituciones políticas.

En las próximas páginas, vamos a tratar de ofrecer una visión sintética de cuáles son las principales dimensiones y modelos con los que se trata de profundizar la democracia interna en los partidos, contrastando las expectativas iniciales con las consecuencias más patentes que estas reformas están generando en las organizaciones y, más allá, entre los electores.

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Juan Rodríguez Teruel, doctor en ciencia política por la Universitat Autònoma de Barcelona y profesor Contratado Doctor en la Universitat de València.
Oscar Barberà, profesor Contratado Doctor en la Universitat de València (UV).

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