Modernidad y nuevos públicos

Por Miguel Muñiz de las Cuevas, director general del Teatro Real (EL PAÍS, 18/02/07):

Sin duda, la música clásica en general y la ópera en particular son artes de minorías; ensanchar esa minoría, convertirla en una “inmensa minoría”, es un propósito y una obligación civilizadora, humanista y democrática.

La ópera no es sólo un problema de minoría, sino que, en muchas ocasiones, se trata de un colectivo cerrado y exclusivo. Abrirlo y ensancharlo sólo es posible si se rompe su dimensión elitista y si conecta con la modernidad, si se hace contemporánea y apuesta por el futuro.

La dimensión elitista y de prestigio social de la ópera desvirtúa la percepción del espectáculo mismo y desplaza una parte importante de posibles aficionados y de jóvenes. Esa dimensión ha existido siempre y cumple una función en la medida en que las elites se comprometen en el sostenimiento de este arte caro y subvencionado, pero se convierte en un factor muy negativo cuando sublima los teatros de ópera como templos, cuando anula, excluye y cierra la ópera a nuevos públicos de forma que éstos ni siquiera se plantean el acceso. Por cierto, no siempre la indumentaria de los espectadores tiene que ver con el elitismo. Recuerdo el comentario de Dionisio Ridruejo, en 1974, después de asistir al congreso de uno de los partidos en la reciente Revolución de los Claveles de Portugal. Le preguntamos si había muchos obreros y respondió: “Pues sí, creo que sí porque era domingo y había mucha gente con corbata”.

La visión moderna e innovadora de la ópera no se refiere sólo a obras contemporáneas, sino también -y quizás sobre todo- a obras tradicionales, donde música y libreto no cambian, pero el drama admite enfoques modernos e incluso revolucionarios. Es lo que Pániker llama “retroprogresismo”.

Respetar los valores universales que libreto y música encierran es compatible con reinterpretar las grandes obras sin desvirtuar su esencia; labor sin duda arriesgada, pero imprescindible y, en todo caso, inherente a toda creación artística. Tampoco se traiciona la esencia del canto por el hecho de que el “cantante-estatua”, tanto a la antigua usanza como en la actual ópera en concierto, se convierta en “cantante-actor” e integre su voz en la acción del drama, en la letra y en la música. En las artes plásticas se ha aceptado la renovación, actualización, e incluso revolución porque ha tratado los temas tradicionales, sean religiosos, civiles o psicológicos, con absoluta libertad innovadora y, sea o no elitista, ha permitido una apertura a un público muy amplio. Las vírgenes que pintaban los renacentistas nada tienen que ver con las de Murillo y ninguna de ellas con cómo era de verdad la Virgen, pero todas partían de la misma tradición. El mismo concepto de la “escenografía” de la Adoración de los Magos de Rubens no tiene nada que ver con lo que fue o pudo ser. Igual podemos decir de Las Meninas de Picasso. Pero todos estos ejemplos parten de una raigambre y de un pasado que en ninguno de los casos se desvirtúan.

Si se considera a la ópera como el espectáculo total por antonomasia, y quiere acompasarse a los tiempos actuales, no puede cerrar los ojos a los lenguajes nuevos que además hacen posible superar las limitaciones físicas del “templo”. La introducción de la fotografía, el cine, el vídeo, la televisión, las nuevas tecnologías, Internet, abren una frontera inmensa a través de la cual pueden acceder a ella esos nuevos públicos.

Estos nuevos lenguajes ya están siendo utilizados con una aceptación importante: el Liceo de Barcelona, en colaboración con el Teatro Real de Madrid, transmite óperas en directo vía Internet a más de 40 universidades en un programa que precisamente se llama “Ópera oberta”.

Un arte que se financia en gran parte con fondos públicos tiene la obligación de desarrollar un proyecto cultural basado en la libertad de creación y de expresión, que trascienda gustos o disgustos de la “audiencia” y que facilite el acceso, el conocimiento y la información de los ciudadanos, sean entendidos o neófitos, conservadores o vanguardistas. Les guste o no la ópera, todos merecen igual respeto, de forma que aquélla llegue a convertirse en patrimonio global. Son muchos los españoles que no han leído El Quijote y muchos los que no han visitado el Museo del Prado, pero ambos son considerados como patrimonio de todos. Quizás esto ocurre en Italia con la ópera, no en España… todavía, pero en ello estamos. El renacimiento de la ópera en nuestro país es explosivo y, en cierto modo, vivimos una época de entusiasmo: el Teatro Real de Madrid reabrió tan sólo hace 10 años; el Liceo de Barcelona -después del incendio- en 1999; Bilbao inicia temporadas estables de ópera en 1990 y Sevilla en 1994; Oviedo también en fechas cercanas; Perelada, Santander y San Sebastián incorporan programas de ópera en sus tradicionales festivales de música a principios de los 90; se suma Jerez en 1996, y nuevos teatros de ópera se inauguran en Valencia, Tenerife o Sabadell, e incluso hay planes en Granada para un nuevo auditorio de ópera… No existe crisis presupuestaria como ocurre en Alemania o Italia. Bienvenida sea esta “edad de oro” a la que sin duda ha contribuido la fascinación que ejercen sobre el público grandes voces españolas como las de Victoria de los Ángeles, Plácido Domingo, Montserrat Caballé, Teresa Berganza, Pilar Lorengar, Alfredo Kraus, José Carreras y tantos otros, pero hay un aspecto fundamental de cara a su sostenimiento y futuro que pasa por las condiciones de popularidad y modernidad descritas, y por un intenso programa pedagógico y de educación musical, tantas veces reclamado.

Sirva la conmemoración de los 400 años transcurridos desde el estreno de la primera obra maestra de la ópera, el Orfeo de Monteverdi, que celebramos ahora, para abrir este debate, al que se suma el Teatro Real de Madrid en su modesto pero esperanzador 10º aniversario.