Moisés ante Hermes

Los fieles que accedían por su pórtico central al Duomo de Siena quedaban maravillados por el mosaico que pisaban. Es de rigor entrar en una catedral con la mirada alzada a los altos vitrales que anticipan el paraíso: cinabrios ácidos de la Chapelle Royale, azul translúcido de Chartres. Pero, en la Catedral de Siena, debe el fiel penetrar mirando al suelo. Y, borrada la ebriedad de la luz, preguntarse en lo oscuro: ¿qué estoy viendo?

El mosaico que pisa el fiel fue artesanado por Giovanni di Stefano hacia 1488, sobre un dibujo previo, tal vez, del Pinturicchio. Puede que el que lo está pisando no tenga la menor idea de lo que ante él se abre: que es epítome del alma renacentista, esto es, del despertar de Europa. Pero da igual. Lo sepa o no, está allí el mensaje. Llegará a su destino.

Lo recompongo tal como quedó grabado en mi memoria, hace casi medio siglo. Porque hay siempre mayor verdad en el tenue recuerdo que en la depurada fotografía. Rompecabezas de mármoles blanco y ocre rosado, recortando figuras sobre un fondo de láminas oscuras, a modo de escénico telón verdinegro, el eje de la escena lo ocupa un hombre de imponente talla y prestancia majestuosa. Apoya su mano izquierda, sobre una lápida en la cual se evoca la creación del mundo por el Verbo. De su mano derecha, alguien recibe, en actitud reverencial, un libro sobre cuya página abierta se invoca la excelencia de «escritura y leyes» en el antiguo Egipto. Pero el fiel debe leer la clave, al pie del jeroglífico que le es propuesto como guía para adentrarse en el lugar sagrado. Es una contraseña para descifrar las claves del espíritu que inicia su camino de este mundo al otro: Hermis Mercurius Trismegistus, contemporaneus Moysi, «Hermes Mercurio Trismegisto, contemporáneo de Moisés».

Así que ahora sabemos quién es el personaje reverente a nuestra izquierda: Moisés, el profeta -esto es, el «sabio»- que recibe de Yahveh las tablas de la ley y, con ellas, el don de la escritura con que narrar el contrato inextinguible entre Dios y su pueblo. Y sabemos que el otro, en torno al cual se construye la escena, se llama Hermes -o Mercurio- Trismegisto -esto es, «el tres veces grande»- y que una tradición incuestionada en el Renacimiento, hace de él el transmisor de la escritura y las leyes -que son, tal vez, la misma cosa-, desde el legendario Egipto al Platón del Fedro. Sabemos también cómo Cosme de Medici ha hecho, en 1460, que Marsilio Ficino paralice su traducción de Plotino para emprender la de sus escritos -el Corpus Hermeticum-, que acaba de adquirir: él es ya un hombre viejo y no está bien que afronte el paso al otro mundo sin esa guía imprescindible para vadear el Aqueronte.

Dos hombres que un libro une: el que a Moisés transmite el Trismegisto, por cuya página abierta sabemos que sólo la escritura y la ley salvan. Y «la escritura» y «la Escritura», en ellos, se espejean y se funden en lo mismo. En lo mismo, religión y filosofía. Porque -tal es la lección del mosaico de Siena- toda escritura es, dígalo o no, sagrada; porque en toda escritura libra el hombre su batalla con el tiempo: contra muerte, contra olvido.

Dos escrituras sagradas -dos escrituras- se cruzan al pie de la Catedral. Y claro está que el erudito sabe que eso que el mosaico narra es leyenda: que los renacentistas llamaron Corpus Hermeticum a un amasijo de tratados de entre nuestro segundo y tercer siglo. Pero eso es irrelevante. El encuentro de Moisés con Hermes no sucede en la historia. Sucede en el deseo. Y es el encuentro de Jerusalén -del Moisés que la profetiza- con Atenas -con su legendario maestro egipcio, el Trismegisto-. Es el encuentro de Europa con su deseo más definitorio: el de una sabiduría sagrada.

Y no es verdad que ese encuentro puede gestarse al abrigo de cualquier indistinta creencia. Ni es verdad que recorra el tópico de las llamadas «tres religiones del libro»: no hay tal cosa. El libro -en rigor, los libros- de judíos y cristianos es obra humana: «inspirada» por Dios, pero obra de mortales. Y ello le da una escritura común a la de filósofos y literatos: es legible, lo que es lo mismo, descifrable, interpretable. Puede, por ello, ser interrogada. No siempre nos damos cuenta de la inmensa fortuna que eso ha sido. Para creyentes como para no creyentes. La Escritura Santa de judíos y cristianos contamina de santidad toda escritura.

El culto a la Escritura: el culto a la escritura. Eso común salvó al saber en los tiempos más oscuros. Stephen Greenblatt narra esta historia en su bello libro El giro. 1417: el bibliotecario papal Poggio Bracciolini recorre claustros recónditos de Centroeuropa en busca de obras con que enriquecer los fondos vaticanos. Llega a un aislado monasterio: tal vez, la abadía de Fulda. Y allí, de pronto, sucede el milagro: rastreando entre los libros de los monjes, da con un volumen que quizá nadie ha abierto en siglos. Lee el inicio: elegantes hexámetros latinos que invocan a la madre Venus. Y entiende, de inmediato, que tiene entre sus manos el último ejemplar del mayor alegato -y el más bello- que haya sido escrito jamás contra las religiones. Y puede que el bibliotecario del Papa haya dudado: es demasiado sabio para no prever el coste que el retorno de Epicuro tendrá para el mundo cristiano. Podría destruir ese ejemplar. No existe otro en el mundo. Nadie sabría nada. Y entonces, hasta su nombre, De rerum natura, naufragaría en el olvido.

Poggio se sienta ante el escritorio. Dedicará pacientes semanas a copiar los 7.400 hexámetros que cinceló Tito Lucrecio Caro. La copia llegará al Vaticano. Y, con ella, la peste de un pensar sin dioses. Y el Vaticano la preservará con celo. Porque la Roma papal sabe que ella es el cruce del camino que va de Jerusalén a Atenas: de religión a filosofía, de sagrado a sagrado, de Moisés a Hermes. De nosotros a nosotros.

Gabriel Albiac es filósofo y escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *