Molesto, luego existo

Estaba apaciblemente sentado en la terraza del café en el que suelo concluir mis jornadas de trabajo, lectura y sesteo con el grupo de amigos marrakchís que frecuento cuando se aproximó a mi mesa un joven de aspecto agradable vestido a la moda del día: camiseta de marca, bermudas con cintillas, gorra de visera puesta al revés. Me dijo que era colombiano, pero vivía en Madrid. Preguntó si podía dedicarle unos minutos y asentí a su propuesta.

“Sabe usted que molesta” me dijo de entrada, tras tomar asiento entre mis compañeros.

“¿Molesto? ¿A quién? ¿Se refiere a los católicos de la FAES por mis artículos satíricos sobre la vista del Papa?”

“No solo a ellos, a muchísimos más. Sobre todo en el gremio”.

“¿Qué gremio?”.

“El de sus compañeros de pluma, periodistas, asiduos de tertulias”.

“Lo lamento”.

“Dicen que es usted… Bueno, raro”.

“¿En qué sentido de la palabra queer?”.

“No sé, quizá en el de los dos. Me contaron que es engreído, esquinado, que no mantiene trato con sus colegas de oficio”.

“Viviendo donde vivo sería difícil. No paso por Madrid más de dos o tres días al año”.

“También le reprochan no interesarse por los demás. Ser cicatero con ellos”.

“Por esos pagos resulta imposible estar al tanto de la vida literaria y de las novedades del mundo editorial. ¡Mil libros al año!”.

“Le entiendo, pero insisten en que solo se ocupa de un puñado de escritores y desdeña a los demás”.

“No desprecio a nadie. El tiempo de que dispongo a mi edad es breve y dejo de leer lo que al cabo de unas páginas (de unos versos en el campo de la poesía) no me interesa. Con la experiencia y los años he pasado de lector a relector”.

“He oído decir también que chismorrea de sus compañeros de pluma”.

“¿Cómo podría hacerlo si no sé lo que es Internet y los amigos que usted ve no hablan español y no tienen la menor idea de quienes son? Eso sería tan absurdo como prohibir lo que no existe”.

“De acuerdo. Pero ¿puedo preguntarle su opinión personal sobre…”.

“No soy un opiniómano. Hablo de los autores a quienes he leído y no de los que desconozco. La crítica de lo no leído o leído a vuelo de página se lo dejo a los tertulianos y reseñadores de oficio”.

“También le reprochan su burla de los premios, pese a que ha recibido algunos”.

“Será porque dije una vez que si me conceden un premio dudo de mí mismo y si me declaran persona non grata sé que tengo razón”.

“Pues yo le oí en la tele calificar de desgracia el Premio Nacional de las Letras Españolas que le otorgaron”.

“Mire, la palabra nacional me repele. No soy un bien nacional y estoy en contra de todos los nacionalismos sean del color que sean. Tan solo rechacé un premio muy bien dotado económicamente por razones personales”.

“¿Puedo preguntarle cuál?”.

“El de la Fundación Gadafi hace un par de años, aunque me lo ofrecían envuelto en flores y celofán”.

“Dicen que el dinero no tiene olor”.

“Para unos sí y para otros no”.

“¿Es un juicio moral?”.

“No juzgo a nadie. Es cuestión de olfato”.

“¿Es cierto que su relación con los fotógrafos es pésima?”.

“Con algunos de ellos, sí. No me gusta que me digan cómo debo posar. Con una mano en la mejilla como si tuviera dolor de muelas o sentado en un sillón de orejas ante una buena biblioteca como para mostrar la amplitud de mis lecturas. Pero soy un escritor, no un actor de cine”.

“Un amigo me refirió que…”.

“Mire, le contaré una anécdota. Cuando vivía en París recibí la visita de un joven rubio y esbelto como uno de esos ángeles o arcángeles pintados en el Renacimiento. Me dijo que conocía mi relación de amistad con Genet y me ofreció las fotos que le sacó en un jardín público de Rabat pocos días antes de su fallecimiento. El gesto me conmovió y le invité a tomar un café. Me habló entonces de su admiración por Roland Barthes y dejó caer de pasada que le había fotografiado también la víspera de la fecha en la que le atropelló un autobús. Una lucecita roja se encendió en mi cerebro y cuando agregó -me agradaría retratarle a usted-, la respuesta inmediatamente fue un no rotundo”.

“No se preocupe usted. No voy a sacarle ninguna foto”.

“Se lo agradezco”.

“Quisiera preguntarle en cambio qué libros ha leído o releído este verano. Simple curiosidad”.

“Un buen paquete. Franceses, rusos, Thomas Pynchon, un estudio sobre la ruta del Arcipreste de Hita de la Sierra Morena a Castilla, antologías de nuestra poesía de la época en la que esta brillaba por su ausencia, la Muqqadima o Introducción a la Historia Universal de Ibn Jaldún…”.

“A lo que iba. La gente le reprocha su interés por el mundo árabe. Es una anomalía”.

“En el universo informatizado de hoy hacen falta algunas anomalías. Yo creo que había que darle la vuelta a su frase y analizar las razones de nuestra lamentable falta de interés por él, un buen ejemplo de la discontinuidad cultural que todavía nos afecta. Mire a Borges. Leyó el Corán con mucha más aplicación que yo y es el mejor lector moderno de Las mil y una noches, del Libro de los Libros”.

“Pero él no se metió en líos como usted: las revoluciones de Túnez, Egipto, Libia, Siria… ¿No le asustan estos conflictos?”.

“La vida es movimiento perpetuo y lo que no cambia se anquilosa y perece”.

“¿Se refiere usted a este país?”.

“Hablo del Casino Global en el que vivimos. Del sometimiento de los partidos políticos y Gobiernos, cualquiera que sea su programa, a las leyes y caprichos del dios Mercado. ¿Quién ha elegido a los señores de las agencias de notación de riesgos para que jueguen al pimpón o al parchís con la vida del noventa y tantos por ciento de la humanidad? Esta situación es insostenible y, por consiguiente, tarde o temprano se vendrá abajo”.

“¡Se expresa usted como los indignados de la Puerta del Sol!”.

“Comparto sus sentimientos aunque soy poco mitinero. A mi edad la única arma defensiva de que dispongo es el humor. Cuanto más corrosivo mejor. Si me permite autocitarme le repetiré la pregunta que formulé hace unas semanas en estas mismas páginas. “¿Quién descubrirá el fármaco que calme el nerviosismo y ataques de histeria de los mercados?”. Habría que darle todos los Nóbeles habidos y por haber”.

“Bueno, gracias por su paciencia. No quiero molestar a mi vez a quien tanto molesta”.

El muchacho sonríe, se incorpora del asiento y me tiende la mano. Con cierta resignación, le digo muy bajito:

“¿Molesto? Luego, existo”.

Por Juan Goytisolo, escritor.

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