Momento crítico en la Historia de Europa

¿Podrá la próxima Comisión Europea hacernos pensar como europeos en un momento de crisis económica nacional? Los europeos acaban de elegir un nuevo Parlamento Europeo. En breves semanas, sus gobiernos van a nombrar al presidente de la Comisión. El actual mandato del Parlamento y de la Comisión Europea definirá cinco años críticos en la historia económica de Europa. Su tarea será poco agradecida pero no por eso menos necesaria: consolidar un pensamiento europeo, incluso en plena crisis económica nacional.

Durante los próximos cinco años, tendremos que reconstruir la confianza en los mercados financieros y volver a crear los millones de puestos de trabajo destruidos por la recesión. La demanda para impulsar la actividad tendrá que ser eficiente en emisiones de carbono y basarse en la sostenibilidad de la balanza de exportaciones y del gasto interno. La amortización de grandes cantidades de deuda pública y privada no facilitará el esfuerzo.

Es imprescindible reconocer que el problema es tanto europeo como nacional. No tenemos que plantearlo como cuestión de solidaridad, sino en términos prácticos. Europa es un mercado único. Todos dependemos del tamaño y fortaleza de dicho mercado único. Si los gobiernos europeos adoptan medidas de crisis que desmantelen ese mercado, a través de subsidios para industrias o puestos de trabajo locales, estarán desmantelando el propio motor que pueda conducir a Europa por la senda de retorno al crecimiento.

Desde luego, en una recesión, con la perspectiva de reestructuración corporativa o industrial a gran escala, los resultados económicos pueden parecer un juego de suma cero. Pero si nos referimos a la organización y regulación del mercado único, a la apertura de la economía europea hacia el mundo, y al papel que desempeñan los gobiernos en la economía, tenemos que adoptar un abordaje a largo plazo y pensar en europeo.

En este sentido, la próxima Comisión Europea en concreto, tiene que actuar como nuestra conciencia económica europea. Tiene que plantearse dos grandes tareas para los cinco años de su mandato.

La primera es ser la Comisión defensora del mercado único. La Comisión actual actuó correctamente al relajar la normativa sobre ayuda estatal, posibilitando medidas excepcionales por parte de los gobiernos para rescatar el sistema bancario y evitar que empresas viables fallaran por falta de liquidez en una crisis crediticia que no tenía nada que ver con su negocio. Pero la próxima Comisión tendrá que ser dura y marcar un límite temporal a los privilegios en el 2010.

En vez de anunciar su vaga intención de «completar el mercado único», la próxima Comisión debe proponer un conjunto de objetivos claros para conseguir la liberalización del mercado único de bienes y servicios. Servicios comerciales y empresariales; bienes y servicios bajos en carbono; servicios de red, tales como las comunicaciones digitales y la banda ancha van a ser clave para consolidar las ventajas competitivas de Europa en los años venideros.

Asimismo, la Comisión debe adoptar una actitud más estricta con los estados europeos para asegurar el cumplimiento de dichas leyes. A corto plazo, no siempre les va a caer bien a los gobiernos, pero no importa. Los gobiernos que critiquen el firme apoyo de la Comisión a los intereses económicos europeos a largo plazo, se la juegan.

La segunda tarea de esta Comisión debe ser la de liderar el debate acerca de cómo reconstruir la fortaleza económica de Europa de forma sostenible y una política industrial del siglo XXI. Es natural que los gobiernos, cuando se enfrenten con economías en crisis, quieran actuar como sea, y también que dicho instinto a menudo desemboque en el intervencionismo y el dirigismo. Necesitamos canalizar el activismo hacia políticas que inviertan en personas más que en puestos concretos, y en capacidades más que en empresas individuales.

Es necesario y adecuado que un gobierno en una economía globalizada desempeñe un papel activista. Las bases de la competitividad de Europa no son algo que los mercados faciliten por sí mismos sin más. Incluyen la educación, la formación, la investigación y el desarrollo, la infraestructura, e incluso sistemas de seguridad social que faciliten la movilidad de los trabajadores de un puesto a otro y la adaptación al rápido cambio económico.

La presunción básica en Europa durante la última década ha sido que la liberalización de la economía era el reto principal. Y sigue aún manteniendo su validez. No obstante, en una economía global, necesitamos invertir también en nuestras capacidades básicas. La política industrial no puede consistir en la entrega de cheques a la entrada de la fábrica. Tiene que ver, por ejemplo, con las políticas de capacitación, las prácticas en empresas, la investigación y el desarrollo, los mercados de capital riesgo, la infraestructura digital y un sistema de propiedad intelectual que fomente la comercialización de nuevas tecnologías.

La próxima Comisión no solo debe estimular un debate acerca de cómo optimizar dichas políticas a nivel nacional en la UE, sino también proponer maneras innovadoras de reforzarlas a nivel europeo.

Presentamos algunas ideas al respecto: establecer un nuevo objetivo europeo para las prácticas en empresas; conseguir un nuevo enfoque en el presupuesto europeo para invertir en investigación e innovación ecológica; canalizar el gasto del Fondo Social Europeo hacia la formación en capacidades del futuro; crear un sistema de patentes de vía rápida para las tecnologías verdes; redactar un plan de acción europeo para garantizar que todas las familias y todas las empresas en la UE tengan acceso a la banda ancha en los próximos años. El riesgo político real en Europa durante los próximos cinco años del mandato de esta Comisión, es que la crisis crediticia y la recesión creen actitudes miopes e insulares entre los gobiernos. El futuro económico de Europa depende de un mercado único que sea abierto, y que se abra hacia el mundo entero.

Peter Mandelson, ministro británico de Empresa y ex comisario europeo de Comercio.