Momentos decisivos

Por Félix de Azúa, escritor (EL PAIS, 14/12/03):

Cuando desde las mazmorras del nacionalcatolicismo mirábamos la lejana luz de las democracias occidentales, envidiábamos por encima de todo su condición de sistema político rotundamente aburrido. Entre los radicales había unanimidad: un demócrata era un individuo bastante bobo e insignificante; sin embargo, queríamos ser como ellos para poder aburrirnos de la política y dedicarnos a la vida verdadera, o sea, a la vida. Pues bien, de la democracia española se podrá decir de todo, menos que es aburrida. En algunas regiones es trágica, como en el País Vasco, en donde se libra la última batalla contra el fascismo y la pena de muerte. En las grandes ciudades es dramática: el poder compra almas, las mafias compran cuerpos y los ciudadanos compran en El Corte Inglés. Y en Cataluña puede llegar a ser cómica, y lo digo con la mayor ilusión: tenemos el Gobierno más vanguardista al oeste de los Urales.

He aquí que hemos parido un Gobierno tan diseñado como aquellos barrios de Barcelona que no son una pura cochambre. Este Gobierno mezcla en dosis de laboratorio lo mejor del posmodernismo americano y del constructivismo ruso con el románico catalán. La mezcla es audaz, pero benditos aquellos que asistan al experimento y puedan contarlo a sus nietos. Vivir en estado experimental otorga cierta euforia y furor de vivir, así como una agradable regresión a la adolescencia.

Lo más interesante del experimento es, claro está, el independentismo. A todos aquellos que no sólo no somos nacionalistas, sino que además temblamos de miedo ante cualquier nacionalismo visto lo que el nacionalismo ha aportado a la historia europea, este experimento nos hechiza, porque, según el credo de Carod, ser independentista no es ser nacionalista. Es arduo de entender, pero debemos hacer un esfuerzo de comprensión. Yo me he leído todo lo que han escrito las dos cabezas independentistas del entorno de Maragall, Xavier Rubert de Ventós y Oriol Bohigas, y todavía no me aclaro, pero no abandono la esperanza ante la tarea que se les viene encima. Por sus actos los conoceréis.

La cuestión (y lo digo llevado por la euforia de haberme convertido en un ciudadano experimental) es que a lo mejor es verdad y el independentismo nos libera de los nacionalistas, los cuales, y así lo han demostrado una y mil veces, sólo pueden ser de derechas como Pujol, o de ultraderecha como Ibarretxe. ¿Y si es verdad que los independentistas son de izquierdas?

De momento me llamó mucho la atención la pataleta de La Vanguardia, diario que viene a ser como el Abc de Cataluña. Un titular del pasado día 9 rezaba: “Esquerra da el portazo a CiU”, y otro, algo más adelante: “Indignación en las bases por lo que consideran ‘traición’ de Esquerra”. La familia Godó, propietaria del diario, tiene muy buena información sobre las bases, sean éstas lo que sean. Aún no se había formado el nuevo Gobierno cuando la tropa ya estaba echando fuego por los colmillos. Baltasar Porcel escribía en su inefable castellano una columna que parecía salida de El Alcázar; en ella acusaba al pobre Carod de vender la Patria a los españoles (“ERC dará la presidencia de la Generalitat al PSOE”, escribía; “ERC quizás sucursalizará la Generalitat por su interés particular”). Esto lo afirmaba alguien que jamás se ha movido por un interés particular.

Desde el lado vencedor, Bohigas tocaba a rebato en un artículo ilustrado por un dibujo en el que figuraban los tres vencedores cabalgando como san Jorge: “Para liberarse de los anticatalanistas españoles hay que infiltrarse, aunque sea provisionalmente, en su estructura estatal” (EL PAÍS, 10 de diciembre). ¡Qué cosquilleo voluptuoso recorre nuestra silla de ruedas! Vuelve el lenguaje de los años sesenta, cuando el partido ordenaba infiltrarse en el Estado de Franco. ¡Qué incombustibles caudillos da Cataluña!

Pero ¿y si los independentistas van en serio y se dedican a “mejorar la vida civil”, según decía Carod? ¿Y si se disponen a plantar cara a la Banca, la Telefónica, la Renfe, la Iberia, las Inmobiliarias, las Fecsas y Endesas, los Obispados, en fin, contra los sátrapas que nos chupan la sangre a cambio de una factura colosal? Si así fuera, hasta yo mismo, ya me perdonarán, gritaría por la ventana eso de “Visca Catalunya lliure” hasta quedarme ronco. Porque la famosa “libertad de los pueblos” no consiste en que los hijos de Ibarretxe puedan ser embajadores de Euskadi en el Vaticano, o que los hijos de Pujol hagan unos negocios suculentos, sino en que los partidos nos defiendan del auténtico enemigo de la vida, las sanguijuelas que viven en la impunidad del que pone y quita ministros. ¿Y si se contagian los del partido socialista?

He visto muchas veces a los muchachos de Carod buscando fachas por todas partes como sabuesos: entre los Mossos d’Esquadra, entre los profesores de universidad, entre los jueces, entre los conferenciantes que les caen gordos, entre escritores que usan la lengua que les da la gana, entre forasteros que se dejan la piel en el tajo, pero nunca en los despachos. En los despachos catalanes, parece ser, sólo hay patriotas. ¿Cambiarán las cosas? Hoy por hoy, quienes vivimos en Cataluña somos los primeros ciudadanos experimentales de Europa sin que a nadie le hayan roto la cara. Tenemos ante nosotros un futuro cargado de instancias primaverales. Y eso, en pleno invierno, ayuda mucho.