Monarquía renovada

Vista desde la perspectiva de unas cuantas semanas, la Monarquía «renovada» ofrece una imagen impecable. En las ceremonias de abdicación y proclamación, todo salió bien. «Bastante bien», a juicio del protagonista principal. Dignidad institucional. Rigor jurídico. Emociones contenidas. España es una Nación y un Estado de verdad. Todos, casitodos, hemos sabido hacer honor a nuestros deberes. En fecha ya lejana (27 de diciembre de 2000), tengo escrito en esta Tercera que el honor, en el sentido clásico de Montesquieu, es el principio constitutivo de la Monarquía. Más aún, constituye el fundamento histórico-político de la Transición democrática. El encaje de la institución monárquica, marcada en origen por la magia y la sacralidad, en un Estado constitucional de perfiles positivistas es un genuino milagro jurídico-político. El historiador de las ideas lo aprecia en todo su significado. Porque el honor actúa como justo título que legitima al Rey en un sistema que –como es lógico– solo admite a la soberanía nacional como fuente del poder. Símbolo de integración; pero también, precisa Herrero de Miñón, la actuación eficaz es propia del verdadero símbolo. O, desde otra perspectiva, el Rey es el primer servidor del Estado, al modo de las viejas teorías ilustradas. Un milagro institucional, insisto, al servicio de una causa que merece la pena: el futuro de la España constitucional.

Es sabido que Don Felipe ha incorporado a su despacho un retrato de Carlos III, obra de Antón Rafael Mengs. Teoría de las formas simbólicas: como escribe sabiamente Gonzalo Anes, «la formación de un Rey Ilustrado» tenía el máximo interés político en pleno Siglo de las Luces. La exposición «Carlos III y la Ilustración», cuya comisaria fue Carmen Iglesias, explica muchas cosas. Tenemos hoy un Rey Ilustrado para una democracia a la altura del siglo XXI. Con sus grandezas y servidumbres, cómo no, porque el malestar es un fenómeno patente y sería un suicidio cerrar los ojos ante los síntomas (a veces alarmantes) de desafección. El discurso de proclamación ante los diputados y senadores estaba inspirado por el espíritu de la Ilustración. Confianza en la razón, matizada por la prudencia. Reformismo razonable y posibilista. Apertura hacia el futuro desde las señas de identidad del pasado. Sapere aude, atreverse a saber; uso público de la ciudadanía; salir de la minoría de edad culpable que carece de justificación a estas alturas. En suma, ser fieles al imperativo kantiano que nos exige practicar una conducta que pueda servir de regla a la moral universal y concebir al ser humano como un fin en sí mismo, nunca como instrumento al servicio de identidades excluyentes, ya sean ideológicas o territoriales. Por eso, la democracia es el sistema político propio de una sociedad madura. A partir de ese principio irrefutable, las sutilezas propias de la Monarquía parlamentaria exigen un nivel de civilización que refleja las cualidades (también, las limitaciones) de una nación.

Un Rey Ilustrado actúa como primer servidor del Estado. Esta regla sirve para su promotor, Federico el Grande, lo mismo que para nuestro Carlos III y otros monarcas del XVIII, impulsores de las artes y las ciencias, del comercio y la industria, en fin, de la «felicidad» de sus (todavía) súbditos. Sirve también a día de hoy para explicar el compromiso de Felipe VI ante las Cortes Generales. Al margen de cualesquiera derechos o privilegios, la idea del deber estuvo presente una y otra vez en el acto de proclamación. Léase con la lupa del análisis político: «responsabilidad», «servicio», «fidelidad»; «hacer honor al juramento que acabo de pronunciar»; «mi trabajo y esfuerzo de cada día…». Escribe Werner Na ef que la clave se sitúa en un «concepto ético del deber» que todo hombre tiene que cumplir, pero que se presenta al príncipe en forma «más elevada y grave» que a ningún otro. Ese deber es mon Dieu suprême, escribió Federico a Voltaire. Ahora, por supuesto, se reviste de una profunda convicción democrática, signo de los tiempos. El Rey absoluto, es-cribe otro clásico, Norbert Elias, era «ídolo y prisionero» al mismo tiempo de la sociedad cortesana. El Rey Ilustrado, hoy Constitucional, está sometido a la lógica implacable del cumplimiento de sus obligaciones, muy lejos de los privilegios que le atribuyen algunos, unos por simple ignorancia, otros por malevolencia.

Hemos vivido una proclamación solemne en su sencillez, acorde con los rasgos distintivos de la Corona española. El maestro Díez del Corral escribió páginas luminosas sobre Velázquez y la Monarquía en aquella corte singular, mezcla de la gravedad de los Habsburgo con nuestra tradición popular. A diferencia del aspecto engolado de los Reyes de Francia, Felipe IV aparece humanizado y sensible, pero siempre digno y majestuoso en los múltiples retratos que le hizo su pintor de cámara. La vida doméstica en el Alcázar madrileño, reflejada en «Las Meninas», tiene mucho que ver con una forma de concebir la suprema tarea de dirigir un Reino, todavía poderoso y temido. Nunca fueron ostentosos nuestros Reyes, ni dejaron huella por desmesuras festivas. Por eso a mucha gente le gustó la secuencia de los actos programados con moderación y buen sentido: sanción real de la ley de abdicación; juramento ante los representantes de todo el pueblo español; cercanía hacia los ciudadanos y recepción a los «estamentos», en sentido puramente figurado y sociológico. De inmediato, sensibilidad muy oportuna hacia otros grupos sociales, antes menos visibles. Todo en su punto, acaso más contenido que excesivo. Ya que hablamos de «Las Meninas», allí el centro de referencia es la Infanta con la pareja real atrapada en la metáfora del espejo. Una sencilla analogía nos conduce a la nueva Princesa de Asturias y a su hermana durante el acto solemne del Congreso. También ellas fueron centro de las miradas, ya muy conscientes de sus deberes presentes y futuros.

Don Felipe y Doña Letizia han ofrecido el mejor ejemplo a lo largo de estas jornadas intensas y siguen trabajando, por cierto, sin una sola concesión al descanso legítimo. La visita a diferentes lugares de España y del extranjero ofrece un saldo muy positivo. Continuidad y renovación son características de la Monarquía como «forma política del Estado», según esa peculiar fórmula constitucional que rompe los esquemas doctrinales que los profesores procuramos enseñar a los alumnos. Hoy día, la Monarquía no es (no lo fue nunca) forma política y ha dejado de ser forma de Estado, porque la opción se sitúa entre democracia y dictadura. Es ahora «forma de gobierno». La más apropiada, sin duda, para una España situada en el lugar que le corresponde. Felipe VI empieza su reinado con los mejores augurios.

Benigno Pendás, director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.

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