¿Monolingüismo o multilingüismo?

Por Albert Branchadell, profesor de la Facultat de Traducció i Interpretació de la UAB (EL PERIÓDICO, 08/11/07):

El pasado 30 de septiembre publiqué un artículo en este periódico («¿Adónde va la política lingüística?«) en el que sostenía que el nombramiento de Bernat Joan como secretario de Política Lingüística respondía al deseo de ERC de tensar la cuerda de la lengua desde el Govern, y acto seguido minimizaba esta tesis diciendo que en realidad la política lingüística de la Generalitat no la dirige el secretario de Política Lingüística. Aquel artículo mereció sendas réplicas de Ernest Maragall (Autonomía, inmersión y trilingüismo, 12/10/2007) y del propio Bernat Joan (Ni halcones ni palomas: sentido práctico, 30/10/2007), que desearía comentar seguidamente.
Para empezar, ninguno de mis dos antagonistas rebate mi segunda afirmación. Maragall dice que la política lingüística de la Generalitat «la dirige, naturalmente, la Secretaria de Política Lingüística», pero lo cierto es que si damos un repaso a las controversias lingüísticas más importantes del pasado año (la tercera hora de castellano, la obligatoriedad o no de conocer el catalán por los nuevos inmigrantes y el despido de Catalunya Ràdio de Cristina Peri Rossi), resulta que en ninguno de estos casos las decisiones que se han tomado las ha tomado el secretario de Política Lingüística. Pregunta: ¿cómo puede dirigirse la política lingüística de un Govern sin tomar las decisiones que configuran de verdad la política lingüística de este Govern?

PASEMOS,pues, a la primera afirmación. Miquel Pueyo fue nombrado secretario de Política Lingüística el 30 de noviembre del 2006; nueve meses después fue destituido y sustituido por Bernat Joan. Supongamos que fuese por mala gestión. Si Pueyo es tan mal gestor, ¿cómo es posible que lo hayan nombrado delegado del Govern en la provincia de Lleida? Si no fue la mala gestión, supongamos que fuese por las quejas de los afectados. ¿Quién había presentado quejas contra Pueyo? (La comparación entre Miquel Pueyo y Blanca Palmada es muy pertinente en este punto: el Govern cambió a un secretario de Política Lingüística contra el que no había ninguna queja, y, en cambio, mantiene en su cargo a una comisionada de Universitats que, sea dicho con el máximo afecto personal, se ha atravesado a la mayoría de universidades). Mi hipótesis es que los que se habían quejado de Pueyo no eran otros que algunos dirigentes de su partido. En otro artículo mío aparecido en este periódico (Guerra o paz, 6 de agosto del 2007) glosé la invocación a la «guerra lingüística» que había hecho el secretario general de ERC, Joan Puigcercós, y me preguntaba si a los ojos de Puigcercós no había llegado el momento de cambiar a Pueyo «por alguien con un espíritu algo más combativo». Volviendo de las vacaciones, no me sorprendió en absoluto descubrir que sí, que el momento había llegado.
Pero, bien, hagamos lo que sugiere Bernat Joan y olvidemos las etiquetas (halcones y palomas, duros y blandos, etcétera) para centrarnos en las ideas, y fijémonos concretamente en la concepción de normalidad lingüística que tiene Bernat Joan: «La normalidad implica que la lengua que va a vertebrar a nuestra sociedad, la que servirá para intercomunicarse entre ellos a los hablantes de las diferentes lenguas que se usan en nuestro país (…) será la lengua catalana». En otras palabras, la lengua catalana será «la lengua de la plaza pública», «la lengua pública habitual, normal, común de nuestra sociedad». La idea del catalán como (única) lengua de la plaza pública sugiere poderosamente un escenario de monolingüismo oficial, pero en cambio no parece que este sea el horizonte de Ernest Maragall. El conseller de Educació postula «un dominio completo y real del castellano» por parte de nuestros alumnos, en el marco de un «multilingüismo activo y real con el catalán como lengua propia y el dominio también absoluto del castellano».

PREGUNTA:¿para qué se necesita un dominio absoluto del castellano (Maragall) si la única lengua de la plaza pública tiene que ser el catalán (Joan)? He ahí, pues, el dilema: se trata de saber si optamos por el poliglotismo monolingüe de Joan (una sociedad «con personas capacitadas para comunicarse en diversas lenguas» que en la plaza pública solo se comunicarán en catalán) o por el multilingüismo «activo y real» de Maragall (una sociedad en la que se supone que el poliglotismo individual se proyectará en el espacio público). Fijémonos en que el dilema se plantea tanto ahora como en un posible Estado catalán soberano, y ya tenemos a unos cuantos independentistas ilustres que han tomado partido. En la presentación del Cercle d’Estudis Sobiranistes, Alfons López Tena aseguró que defendería la oficialidad del castellano en una eventual Catalunya independiente, una posición que ya había adoptado Hèctor López Bofill en su libro La independència i la realitat: «No estamos hablando solo de permitir el castellano (…); estamos incluso defendiendo, a efectos de sostenimiento del pluralismo, que el castellano cuente con el apoyo del aparato público de Catalunya: que se siga enseñando en las escuelas, que los ciudadanos puedan relacionarse con la Administración en esta lengua y que se promueva la cultura hecha en lengua castellana en Catalunya». Si Maragall y Joan quieren seguir el debate, les sugiero un artículo a cuatro manos, en el que expliquen a los ciudadanos de este país cuál es el verdadero horizonte lingüístico del Govern de Catalunya.