Monstruo contra monstruo

Hemos asistido recientemente a una auténtica demostración del poder de las redes sociales. En internet se ha levantado una colosal ola provocada por una organización hasta ahora desconocida, Invisible Children, que tiene como objetivo combatir a los hasta ahora también desconocidos Ejército de Resistencia del Señor y su jefe, Joseph Kony. Este es un lunático sanguinario que habla con Dios y se dedica a secuestrar niños y niñas africanos para convertirlos a ellos en soldados -en máquinas de matar- y a ellas en esclavas sexuales. Los niños que se resisten son asesinados u horriblemente mutilados.

Combatir a Kony es sin duda una causa justa. Pero el problema de muchas causas justas es que, a menudo, son ignoradas. Hoy cualquier ciudadano de un país más o menos desarrollado recibe un alud monumental y constante de información, entre la que debemos incluir mensajes publicitarios y ofertas de entretenimiento y ocio de toda clase. Una información que ha crecido exponencialmente gracias a los cambios tecnológicos.

PODEMOS DECIR que el ancho de banda se ha agrandado de forma espectacular e insospechada. Por su parte, la información (de cualquier tipo) necesita para cumplir su función que haya receptores que presten atención. Sin embargo, mientras la información en circulación no deja de multiplicarse, nuestra atención, vinculada a las capacidades humanas y al tiempo disponible, se encuentra limitada.

Justamente hacer visible el problema -los niños soldados, las violaciones, las muertes, el horror, Kony-, es decir, conseguir que mucha gente prestara atención y, en consecuencia, los políticos se ocuparan del asunto, era el objetivo de Invisible Children. Un objetivo que la organización ha alcanzado sobre todo gracias a un vídeo de una media hora de duración difundido a través de las redes sociales. En él se explica el problema utilizando unos esquemas simples y un tono eminentemente emotivo que pretende, más allá de la denuncia, conmover al ciudadano que contempla las imágenes y escucha las voces y los sonidos. El éxito alcanzado ha hecho que los medios de comunicación se hayan interesado por el asunto y hayan hablado de él, a veces por primera vez, lo que, a su vez, ha situado el problema en la agenda política con mucha más rotundidad que hasta ahora.

La infinita mayoría de causas justas que requerirían la atención de los ciudadanos y los políticos quedan ignoradas. No todos tienen la suerte de hacerse un hueco en un contexto de hipertrofia informativa y que el problema pase de repente a ser compartido por millones y millones de personas. Esto nos pone ante una de las cuestiones que deberíamos plantearnos, que no es otra que, digamos, la aleatoriedad digital. O, expresado de otra forma: el hecho de que la visibilidad de un problema depende poco de rasgos objetivables como su gravedad o el número de personas a quienes afecta, sino de unas dinámicas, las que imperan en las redes sociales, en internet, los mecanismos de las cuales son en gran parte desconocidos. ¿Por qué este vídeo se convierte en un fenómeno masivo y no otro sobre otra cuestión tanto o más importante?

Podemos observarlo también desde una perspectiva un poco diferente: en cierto modo, no es lo que ocurre lo que en realidad convierte un problema desconocido en un problema a resolver, sino la forma que el problema, grande o pequeño, adopte. Es la forma más que una jerarquización racional sobre la prioridad del asunto lo que lo hace visible y, por tanto, lo convierte en preocupación ciudadana y política. Si el vídeo sobre la tragedia de los niños soldados y la maldad de Kony hubiera sido otro, el problema seguiría exactamente allí donde ha estado todos estos años.

TRATEMOS DE IR, sin embargo, un poco más allá. Me parece que no podemos dejar de interrogarnos sobre la naturaleza del poder de las redes sociales, que posibilitan episodios como el que hoy comentamos. Las redes dan la posibilidad de acumular un enorme capital de atención, por decirlo a la manera de Michael Goldhaber. Este capital otorga poder simbólico, una gran influencia, que lleva a movilizar a la sociedad y los gobernantes. Esto es así.

Y lo que es inquietante es que nada impide que esta fuerza, además de poder actuar en beneficio de causas que se pueden considerar justas, favorezcan otros movimientos, asuntos, actividades, tendencias o modas que no lo son en absoluto, y que van desde de las páginas web que incitan a la anorexia hasta la propaganda de ideologías como el islamismo radical o la difusión de una sexualidad compulsiva y primaria.

Las redes sociales constituyen un ámbito capaz de engendrar dinámicas muy poderosas y a la vez imposibles de prever, prevenir y, menos aún, controlar. Monstruosas. Los mecanismos digitales que conectan, interpelan y movilizan a millones y millones de personas pueden ponerse al servicio de causas justas. Pero no necesariamente, nada lo garantiza. Resulta inquietante.

Marçal Sintes, periodista.

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