Moringa para Manuela

Parece que Fidel por fin halló la fórmula mágica para erradicar el hambre de Cuba y del Universo entero: moringa y morera como forrajes infalibles con los que criar rebaños inmensos de bovinos productores de montañas de carne y ríos de leche. Sólo falta la miel, que podrá brotar a raudales gracias a la importación de algunas abejas de raza vasca, que no son como las otras. Tesonero, el porfiado anciano ha dado con la solución. Tras el fiasco de convertir en los setenta la Ciénaga de Zapata en los mayores arrozales del mundo (desestimó olímpicamente las advertencias de los técnicos sobre la salinidad de las aguas), no se conformó y volvió a la carga con la Zafra de los Diez Millones de toneladas de azúcar, en el setenta, que no alcanzó ni los ocho y medio y arruinó las cosechas de varios años consecutivos. Después vendrían otros hallazgos: la vaca Ubres Blancas que llegó a producir ciento tres litros diarios, modelo para inundar de leche y carne la isla, al cruzar toda la cabaña de vaca criolla con Holstein, pero la Ubres Blancas murió pronto y mal (sabe Dios qué le darían) y los hatos infinitos se extinguieron en la realidad antes que en la fantasía por la inadaptación del cruce: los cubanos siguieron sin carne ni leche. Pero aun en el Período Especial –aquellos pavorosos noventa– el Comandante aleccionaba sobre cómo aprovechar los tiestos y jardincicos de las casas con unas maticas de frijol o tomate. Eran los tiempos del desayuno con Caldo de Gallo: una cucharada de azúcar disuelta en agua y a correr, el que pudiera, hasta la hora de la suculenta pitanza en las empresas estatales, donde aguardaban con alborozo que por allá cayeran visitantes extranjeros. Marcelino Camacho –que era una persona honrada– me hablaba, ante mi estupor, de la gran dignidad y abundancia del almuerzo en las empresas cubanas, que había compartido: al arroz y cuatro frijolitos la inolvidable efeméride agregaba un trozo de pollo, del de verdad. Y vinieron los hidropónicos en los barrios: Santos Suárez, Lawton, La Víbora se llenaron de minúsculos espacios y receptáculos pequeños para cultivar unos tomatitos o boniatos: el pueblo respondiendo al imperialismo, aunque tomates, boniatos, y no digamos carne y leche, siguieran desaparecidos. Hasta alcanzar este glorioso 2015, que bien puede rebautizarse como Año de la Moringa.

NIETO
NIETO

Quienes intentan imitar en España, por ahora sólo desde los ayuntamientos, tan sabias medidas, han descubierto el modo de eliminar el hambre de los miles y miles de niños hambrientos previamente inventados. Si para algo sirve ser alcalde es para hacer alcaldadas, y así el separatista catalán que Snchz ha investido de alcalde de Valencia planea colonizar los arriates de los parques para plantar hortalizas y la señá Manuela ya echó el ojo al Club de Campo para emular al supuesto valenciano, mientras por doquier proliferan ideícas similares y al grito de «¡La moringa por el pueblo! ¡Moringa pa´ lo que sea, Comandanta, ordene!», las huestes podemitas disponen los aperos para que sachen y caven otros. Pero hasta entre los más puros ideales medran las contradicciones: en Madrid puede verse pintada la silueta de una vaca con la justiciera leyenda «El consumo de leche esconde explotación, sufrimiento y muerte»; y unos metros más allá, en las formas de una gallina, no nos instruyen menos: «El consumo de huevos esconde explotación, sufrimiento y muerte». La zozobra anida en nuestros desnortados corazones: ¿a quién creer, a quién seguir? ¿Al Comandante de toda la vida o a los vistosos animalistas, veganos, saltimbanquis varios? Tradición o innovación: he ahí, otra vez, el problema. El viejo «Qué hacer» de Lenin nos desgarra las entrañas. Y hay más preguntas: los antitaurinos, que hace días daban la tabarra en Triacastela (Lugo) a los aficionados, ¿comerán chuletones o, al menos, pulpo y marisco? ¿Cómo podrían tener tan mal corazón? ¿Se les presentará un mal día en el bar Lolita (se sigue llamando así, con diminutivo castellano, qué le vamos a hacer) una panda de compadres de broncas para afearles su conducta con muy feas palabras por asesinar ostras en vivo y a puro diente? ¿Recapacitarán y marcharán por la senda de la buena y nueva fe? Cruel dilema para Manuela: convertirse o ser réproba y contumaz en el bistec.

Pero hablemos en serio. La inoperancia absoluta de la derecha política en los últimos tres años, en los planos político, jurídico, social y cultural, ha permitido el crecimiento y dado alas a quienes sólo eran grupúsculos de visionarios o chalados folclóricos, incluidos los protopodemos, y los ha animado a llevar a cabo sus sueños: convertir España en una Disneylandia con chekas. Con ellos de comisarios, claro. Prohibiendo cuanto se les antoje, persiguiendo muy a las malas a los renuentes a obedecer, con sus prohibiciones e intolerancias cruzadas, la Policía escondida y determinados jueces más atentos a hacer carrera que a hacer justicia y en el Círculo de Bellas Artes con García Atadell tomándose venganzas por agravios imaginarios o delirantes y difusos: la penúltima sandez, trágica, acusar a «la derecha» del doble crimen de las chicas de Cuenca, como del «genocidio» (sic) de García Lorca. Todo vale para inflar el odio. Y vemos a los animalistas, que suelen coincidir al milímetro con los separatistas y otros istas salvajes de las distintas aldeas, histéricos y desencajados, pretendiendo, con saña y furia enloquecidas, impedir que sacaran de casa al perro «Excalibur» para ser sacrificado como medida preventiva, por lamentable que fuese; recolectando decenas de miles de firmas para mantener con vida al animal… Es ocioso preguntarse cuántos hicieron caer una lágrima o pronunciaron un comentario piadoso por los dos misioneros fallecidos víctimas del ébola y de su compasión y solidaridad con gentes desconocidas y lejanas. Y más baldío, por previsible, averiguar cuántos de ellos se contaban entre la progresía opuesta a la repatriación de los misioneros, al parecer sin derechos como españoles, ni merecimientos de apoyo y caridad como seres humanos. Lo que exigen para los inmigrantes se lo niegan a los nuestros, por católicos.

Siempre hubo vegetarianos, por lo general gente discreta y tranquila que a nadie molestaba con su decisión de no ingerir proteínas animales, e igualmente se tomó a los animales como motivo en la narrativa o la paremiología, pero ficción y realidad estaban perfectamente deslindadas. El aspecto nuevo es la pretensión agresiva de que los animales «son iguales que nosotros», de veras. Lo que los niños de otros tiempos sabían diferenciar sin titubeos esta gente lo confunde adrede. Esopo, Calila e Dimna, Pérrault, los Grimm son antecedentes señeros en la antropomorfización de los animales, la adjudicación de alma y facultades humanas a los seres vivos, en especial a los mamíferos; pero el verdadero culpable –involuntario, él sólo era un creador– de todo este dislate fue Walt Disney, que dispuso de un instrumento inexistente para sus antecesores: el cine. Y mientras Iglesias Turrión continúa con sus plúmbeas peroratas de Pato Donald, a la señá Manuela se le va poniendo cara de Rata Micky y nosotros seguimos sin saber si los trabajadores de su marido cobraron o no; y en qué quedó todo aquel lío del presunto alzamiento de bienes.

Serafín Fanjul, de la Real Academia de la Historia.

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