Morir matando

Por Kepa Aulestia (LA VANGUARDIA, 25/06/03):

Uno de los aspectos más escalofriantes que acompaña a los actos de terrorismo suicida en territorio israelí es la imagen del portavoz –de Al Rantisi o de otro cualquiera– anunciando nuevas respuestas a los asesinatos selectivos e incursiones de las fuerzas de Sharon en las localidades palestinas. Es la desesperación sectarizada y convertida en poder político que, con voz propia, lo mismo anuncia la autoinmolación de sus partidarios que sugiere la posibilidad de un inmediato alto el fuego. El terrorismo suicida va ligado a creencias y vínculos colectivos de fe que hacen del asesinato de los infieles no sólo la causa de la muerte propia, sino la garantía del paso a una vida mejor. Pero es su reivindicación política la que confiere a esta forma de terrorismo una dimensión sin precedentes respecto a casos anteriores a los de la segunda intifada.

Una de las características de la violencia palestina más extrema es que sus efectos han sido siempre administrados, directa o indirectamente, por la autoridad de Arafat. Independientemente de que los distintos grupos –integrantes o no de la OLP– contasen con el apoyo de otros tantos países árabes, llegando incluso a actuar al servicio de éstos. Es éste un fenómeno habitual cuando el terrorismo surge en el seno de una amplia corriente de afirmación nacional más o menos estructurada. Su propia existencia se convierte de inmediato en la expresión más palpable de esa corriente y en el argumento central de la existencia de un movimiento más amplio, aunque no todo él se muestre partidario de los métodos violentos. Se da además la circunstancia de que todos los grupos relevantes del movimiento palestino han empleado las armas. La llamada “carta nacional palestina” fue modificada en 1968 para introducir, entre otras, la siguiente cláusula: “La lucha armada es la única forma de liberar Palestina”. El proceso de paz iniciado en Oslo supuso la revisión de dicho precepto. Pero no hasta el punto de que el recurso a la violencia desapareciera del ánimo de los palestinos; o de que sus dirigentes vieran en él desde entonces un lastre inconveniente.

La historia no nos ha mostrado una faz de Oriente Próximo distinta a la que conocemos. Ni nos ha mostrado otras formas de encauzar el conflicto entre palestinos e israelíes que las de la falta de reconocimiento mutuo, las de la tensión permanente, las de la injusticia extrema y el terrorismo, a los que de vez en cuando acompañan fugaces momentos de distensión y esperanza. Casi todo acontece como si una fuerza diabólica se encargara de componer secuencias en las que a cada acción le sucede una reacción que, lejos de disuadir al adversario-enemigo, contribuye a enfervorizarlo. Es difícil imaginar las cuatro últimas décadas de la historia palestina fuera de la espiral. El expansionismo regional israelí, el éxodo palestino; el terrorismo y la inseguridad que provoca entre los habitantes de Israel; la población palestina diseminada por países en apariencia amigos de su causa pero en los que ocupan el último lugar de la escala social y de la consideración general; la atomización de las voluntades políticas en el Estado de Israel que hallan en la supervivencia de éste un punto de encuentro que a menudo ahoga los matices.

Una de las causas que hacen que un determinado movimiento renuncie a la violencia es que sus actores lleguen a la conclusión de que su persistencia los perjudica. Parece indudable que el terrorismo palestino alimenta la respuesta israelí y atenaza el futuro de dicho pueblo. Pero es probable que en este caso la espiral haya llegado a un punto de desesperación que hace inservible el argumento de los perjuicios que el terrorismo comporta para los propios palestinos. Más bien resulta imprescindible que los palestinos se percaten de las ventajas que la desaparición de la violencia podría reportarles. De tal suerte que a la consigna de “paz por territorios” pudiera sucederle algún día el lema de “paz por paz”.

Pero para que esas ventajas resulten visibles y eficaces tendrían que darse dos circunstancias hoy por hoy lejanas. La primera, que Israel establezca su consenso interior sobre la necesidad de un Estado en el que el pueblo palestino pueda disfrutar de mucho más que de su dignidad identitaria, y cuya existencia pueda concebirse no como amenaza sino como garantía de la seguridad propia. La segunda, que esas ventajas sean percibidas por los palestinos como un horizonte incuestionablemente mejor que la trama de complicidades solidarias en las que el terrorismo suicida hunde sus raíces. El mismo hecho de que la conducta de quienes se autoinmolan difícilmente puede ser objeto de un reproche moral por parte de aquellos que viven en sus mismas circunstancias contribuye a complicar la ruta trazada para la paz. Porque es la muerte propia la que acaba justificando el asesinato de los infieles.

El acto de morir matando constituye el corazón mismo de la espiral. Lo que ha llevado a que el terrorismo suicida sea reivindicado y administrado con la clara intencionalidad de convertirse en poder determinante en el seno de la sociedad palestina.