Mucha alegría, mucho temor

Por Antonio Franco, director de EL PERIÓDICO DE CATALUNYA (EL PERIODICO, 01/10/05):

Han llamado la atención las sonrisas compartidas, los aplausos mutuos, los abrazos efusivos y el tono de euforia conjunta que han exhibido los políticos catalanes después del pacto final del Estatut. Tras meses de intercambiar acusaciones envenenadas, desprecios y ninguneos; después de mantener tensa a la opinión pública catalana con diatribas que señalaban que los de enfrente eran traidores a la patria, o radicales peligrosos, o irresponsables rencorosos por haber perdido el poder, o esclavos sumisos de Madrid, el despliegue de tantas muestras de cariño transversal recordaba el final de algunos partidos de fútbol legendarios. Aquellos encuentros en que los espectadores, tras partirse la cara a puñetazos por el simple hecho de apoyar colores distintos, veían que después del pitido final ellos seguían considerándose enemigos de sus vecinos de grada mientras los futbolistas de los dos equipos empezaban en el mismísimo césped a dar muestras de ser grandes amigos y de prepararse para ir a cenar y reír juntos. Este símil de los futbolistas retrata cierto desconcierto popular ante los efectos de la gesticulación excesiva. La clase política catalana ha estado azuzando mucho los sentimientos partidistas o ideológicos de sus seguidores durante la elaboración del Estatut. Por esa vía ha abierto un poco más las distancias que ya existían entre los que son nacionalistas y los que no, entre los que se sienten de derechas o de izquierdas. La gente se ha calentado con su, quizá, teatralidad. Y luego, esos seguidores que en el fondo no consiguen entender que se pueda cambiar el cromo de la renuncia a una laicidad estricta en las escuelas públicas por el cromo de enmascarar con un sinónimo ambiguo el alcance de una transferencia tributaria, oyen, cuando aún están dolidos por no conseguir todo lo que ideológicamente desean sobre esos temas, cómo sus representantes políticos al final les dicen sonrientes que el pacto es perfecto y muy positivo para ellos, sus conciencias y sus bolsillos, todo al mismo tiempo.

LA GESTICULACIÓN excesiva ha existido. El calentamiento, también. Ha sido una irresponsabilidad que no tiene nada que ver con la transparencia democrática eso de ir retransmitiendo en directo las idas y venidas de cada forcejeo técnico. O lo de ir explicando en público los engaños a los demás. O los chantajes a todo o nada sobre cuestiones secundarias. O lo de pretender ganar un gramo de simpatía de los electores con cada uno de los puntos del articulado y no divulgando el enfoque general defendido sobre los grandes temas y explicarlo bien cada vez que hiciese falta. No hemos asistido a un ejercicio de transparencia democrática, sino a una maniobra de sobreinformación con efectos desinformadores. Buena prueba de ello es que, ahora, tras la votación, después de centenares de ruedas de prensa, el gran secreto del Estatut es algo tan elemental como lo de quién ha cedido realmente en la negociación sobre el escollo fundamental de la financiación. Resulta imposible saberlo. Después de tanta palabrería mientras se debatían los preliminares, ahora, con la financiación ya pactada, hay una especie de pacto de silencio para que nadie quede como derrotado ante sus electores. ¿Tendremos más o menos un cupo que no se llamará cupo, pero que en esencia reportará los beneficios de un cupo, o tendremos una financiación diferente a la del modelo del cupo? Y pido perdón por el trabalenguas. Sólo lo sabremos más adelante. Quizá cuando examine ese punto el Tribunal Constitucional.

PERO DEBAJO DE las grandes alegrías que expresan los políticos hay también grandes temores. Está bastante claro que la mayoría de los catalanes inició este viaje deseando que la Generalitat tuviese más medios legales y más recursos para administrar lo que también la mayoría creemos que es esta nación. Pero esos mismos políticos ahora no saben muy bien qué piensan de verdad los catalanes sobre las espirales que han ido desenroscándose en la redacción del texto estatutario. O lo que piensan sobre los recelos que ya han empezado a desatar tanto la caverna de Madrid como otros españoles de mejor talante, pero que no entienden demasiado lo que estamos haciendo. Y la preocupación no existe sólo fuera de Catalunya. También dentro de ella hay dudas sobre si lo que ha conseguido Pasqual Maragall y lo que quiere hacer con eso, tiene mucho que ver con los proyectos de Artur Mas o con los deseos de Carod-Rovira. Asimismo, hay dudas sobre el alcance del recorrido que puedan hacer juntas esas tres personas. Pero de forma especial hay temor a que la infinita capacidad de bronca chillona que generan los españoles que no quieren un Estado más descentralizado y moderno pueda quebrar el espinazo de nuestros aliados, los españoles progresistas dispuestos a conseguirlo. Temor a que la munición que han proporcionado a la derecha y a los sectores más recelosos del PSOE la excesiva algarabía — no el planteamiento maragallista de fondo– con que hemos elaborado el Estatut, acabe acribillando al proyecto de Rodríguez Zapatero. El último temor, en fin, es que la segunda parte de esta película, la que se rodará en el Congreso, se envuelva de un ambiente irrespirable por excesos de los de allí o por falta de realismo de los de aquí. Porque Catalunya es muy mediterránea y toca el violín mientras disimula los enconos que lleva dentro, pero en la dura meseta ya desde antes de José María Aznar los choques son más frontales, de modo que los diputados de colores distintos sonríen menos y se abrazan poco cuando las situaciones tienen horizontes poco claros.