Mucha Europa y poco Bush

Por Xavier Bru de Sala (LA VANGUARDIA, 26/02/05):

Al revés te lo digo para que me entiendas. Imaginemos por un momento que uno de los cincuenta y dos miembros de Estados Unidos acaba de celebrar un referéndum, con resultado positivo pero con muy escasa participación. Un paso histórico, se dice por allí, en el camino imparable pero lento de la integración política (proceso que no deja de ser un tratado internacional, por más que se denomine, con excesiva pompa, constitución). Por otra parte, la Unión Europea dispone de un presidente, surgido de unas elecciones generales, un único ministro de Exteriores, no veinticinco, y un cuerpo diplomático que establece los intereses comunes y vela por ellos más allá de las preferencias particulares de uno u otro país miembro. Veríamos entonces una foto muy distinta.

Como la delegación norteamericana, compuesta por más de cincuenta presidentes y jefes de Gobierno, sus ministros y sus respectivos séquitos, se reúnen con el presidente de la Unión Europea, que asiste como invitado y que además mantiene entrevistas por separado con los presidentes que escoge según su conveniencia, supongamos Florida, Nueva York y California, mientras se limita a saludar a los demás. Desde el otro lado del Atlántico, el tratado constitucional consagra sin duda el enanismo político de los europeos.

Veámoslo ahora desde abajo. De todos es conocido que un día en la agenda de un ministro, incluso de un conseller de la Generalitat, equivale a una semana, o hasta cuatro, del común de los mortales, de tantas como son las obligaciones que atender en razón de su cargo. Pues bien, los ministros de los Veinticinco, por si no tuvieran bastante, se sobrecargan, ahora más que antes de la ampliación, con otra agenda, la de los contactos permanentes con sus homólogos, a fin de tomar decisiones comunes a partir de convergencias asimétricas y formación de alianzas tan variables como confusas. Caro, lento, farragoso. Con lo fácil que sería crear un gobierno digno de tal nombre en Bruselas. ¿Fácil? En teoría. En la práctica, como se observa, la cosa es muy distinta.

Que el mecanismo europeo de toma de decisiones sea tan rocambolesco y se consagre comot al en esta Constitución se debe a dos factores principales. Por un lado, la mecánica del poder, que sigue leyes gravitatorias incluso en tiempos de relatividad. Si en Europa avanzara el federalismo, Schröder, Chirac, Berlusconi, Blair o Zapatero, por nombrar sólo a cinco de los Veinticinco, no saldrían en la foto, no serían personajes de proyección universal y tendrían una consideración e influencia más parecida a la de Pujol antes o Maragall ahora que a la de los jefes de Estado y Gobierno europeos en la historia y en la actualidad. Recuerden la impagable definición de un ex presidente italiano: “Tienes poder cuando puedes prescindir de leer la prensa”. Bueno, pues si Europa tuviera un presidente y un gobierno que sólo lo fueran de Europa, si fuera federal, todos los demás se enterarían del meollo de los asuntos por la prensa, y como el conocimiento de lo que se cuece va mucho más allá de su dimensiones y versiones públicas, la verdad es que no se enterarían mucho más que el resto de los mortales. De ahí el vértigo, compartido, a ceder el podio del poder a uno solo mientras puedan sostenerse veinticinco, apretujados en él.

La pregunta implícita es: ¿hasta cuándo? Mientras el podio aguante, los cuerpos aguantarán. Mientras no se produzcan vaivenes o desequilibrios algo rápidos, mientras la historia no tome una curva cerrada o se precipiten los acontecimientos, las perspectivas de duración de la Europa antifederal, la del tratado constitucional, pueden establecerse en una decena de años por lo menos, tal vez dos sin grandes retoques. Para avanzar en la construcción europea, el camino es el opuesto al de ahora. La filigrana rocambolesca en la que el tratado resuelve la tomad e decisiones comunes sólo puede considerarse positiva por parte de aquellos que, como los redactores y todos los gobernantes más lo que aspiran a serlo, desean que se aleje lo más posible el día en que se convoquen unas elecciones a partir de las cuales, y sólo partir de ellas, se nombre un presidente. ¿Cuántos son los que desean este retraso, la paralización de todo proceso federal? Por desgracia para los federalistas europeos, la inmensa mayoría. Éste es el segundo factor clave. La inmensa mayoría de los ciudadanos de cada país miembro confía más en su país que en el conjunto, y sólo desea más Europa en la medida en que no signifique menos Francia, menos Polonia o menos cada cual. Los que se oponen al tratado constitucional fuera de España lo hacen por considerar que la construcción de la casa común ha ido demasiado lejos. Los que lo apoyan, que pueden ser mayoría en todos menos en el Reino Unido, ven con agrado que la parte alícuota del poder común siga en manos de sus gobernantes. Mientras no colapse, víctima de su excesiva complejidad, el tratado es, por antifederal, satisfactorio para casi todos.