Muerte en el turno nocturno de la Manila de Duterte

Solo hubo cinco muertos. Fue una noche tranquila.

Los reporteros del turno nocturno cuentan que así son los viernes. Los asesinatos han tomado un ritmo predecible en esta densa metrópolis de casi 13 millones de personas. Entre semana hay más ajetreo, generalmente hay una docena de cadáveres antes del amanecer. Un reportero me comentó que el récord era de 27 en una noche. Los fines de semana hay más calma, ya que los que cubren estos reportajes van a los velorios y funerales de las víctimas o dan seguimiento a testigos y otras fuentes.

Durante los ocho meses que lleva Rodrigo Duterte en la presidencia, los reportajes sobre la guerra contra las drogas han consternado al mundo y a Filipinas, aunque los partidarios del presidente dicen que las noticias son tendenciosas y que los asesinatos son necesarios.

Alarmado por el número diario de muertes y por las historias de abuso sistémico, estuve una semana en la línea de fuego con algunos de los periodistas que siguen la pista de estas muertes en masa.

Los medios de comunicación apenas se dan abasto. “El turno de la noche era aburrido”, me platicó un reportero afuera de la sala de prensa de una comisaría. “Incendios, violencia doméstica y accidentes automovilísticos”, explicó. Ahora los artículos sobre muertes cotidianas, policías corruptos y los abusos de los poderosos ya no sorprenden.

Los filipinos fueron advertidos. Cuando fue candidato, Duterte prometió que en seis meses iba a eliminar las drogas y el crimen en el país. Como presidente, ha garantizado un indulto a cualquier oficial que, en el ejercicio de sus labores, mate a otras personas y afirmó que los drogadictos no tienen derechos humanos porque no son humanos. Para dar un buen ejemplo, Duterte presumió que él mismo había asesinado a sospechosos.

Su política y retórica han tenido resultados dramáticos. Más de 7000 personas han sido asesinadas, mientras que la policía señala que ha habido más de 43.000 arrestos y que se han entregado casi 80.000 narcomenudistas y cerca de 1,1 millones de consumidores. En total, crímenes como el robo, el asalto de automóviles y el cuatrerismo han disminuido 42 por ciento. Sin embargo, el asesinato se incrementó 51 por ciento, algo que Amnistía Internacional calificó en un reporte es consecuencia de una “economía de la muerte” resultante de la corrupción, el abuso policiaco y la presión para encontrar soluciones que solo han logrado victimizar a los más pobres de la sociedad.

Un grupo de periodistas locales e internacionales, documentalistas y fotógrafos hacen guardias durante las noches. Se llaman a sí mismos “rondadores nocturnos” y siguen a la policía, que cuenta con listas de supuestos consumidores de drogas y tienen órdenes de hacer visitas de puerta en puerta.

Estos rondadores nocturnos esperan a que haya alertas de noticias radiofónicas, mensajes de texto de funerarias, llamadas de colegas y a que sus fuentes dentro de la fuerza policiaca les pasen información (lo cual sucede cada vez menos desde que los medios de comunicación atrajeron la atención internacional a los asesinatos). Ahora las autoridades son más precavidas y con frecuencia el único aviso que reciben los periodistas es cuando los oficiales de las “escenas de crimen” salen de la comisaría. En cuanto parte una camioneta, hay un convoy de periodistas que la persigue, con las luces encendidas y las bocinas que resuenan, en una carrera trepidante por las calles de Manila. Al mismo tiempo, se realizan llamadas a las fuentes de la zona para dar con el lugar antes que los investigadores. Ha sido reportado que las escenas de crimen son alteradas, además de que las declaraciones oficiales a veces contradicen a los testigos y las familias de las víctimas han acusado a la policía de intimidación.
El escrutinio de los medios ha cambiado la manera en que se llevan a cabo tanto los asesinatos como las investigaciones. En los últimos meses, los homicidios han pasado de darse en las calles a en la privacidad del hogar. La cinta policiaca ahora se pone más lejos de la escena para guardar distancia con las cámaras de los fotoperiodistas. Los testigos temen represalias de las autoridades. Los oficiales de la policía llevan los cuerpos con premura a los hospitales, donde los periodistas no pueden entrar, y despejan las escenas de crimen antes de que las puedan documentar.

El sábado en la noche, llegué temprano al sitio y me encontré con un hombre de 22 años tirado en el suelo porque una bala le había atravesado la cabeza. Los testigos dicen que poco antes la policía lo había detenido en un lugar cercano.

No obstante, las autoridades sostienen que lo abatieron justicieros después de haber realizado el robo. En su bolsillo la policía encontró dos piedras pequeñas, una cantidad que ha de haber valido cuatro dólares de “shabu”, el tipo de metanfetamina que impulsa esta guerra contra las drogas. Los oficiales no tardaron más de 15 minutos en investigar, documentar y llevarse el cuerpo.

Mientras yo examinaba el charco de sangre que quedó después de que se marchara la policía, un adolescente que iba en una patineta se acercó para echar un vistazo. Le pregunté si conocía a la víctima. Me respondió: “Era mi primo”; le di el pésame. Encogió los hombros y añadió: “Era de esperarse”.

Las encuestas afirman que la guerra contra el narcotráfico sigue siendo inmensamente popular, pero la otra mitad dice estar en contra de tantos asesinatos. Los críticos del método de Duterte aseguran que es una guerra contra los pobres porque no han arrestado a ningún narcotraficante de alto nivel ni a los políticos que supuestamente los protegen. Después de meses de reportajes sobres filipinos pobres que habían sido brutalizados, la situación cambió hace poco gracias a una muerte de alto perfil.

El 30 de enero, las autoridades anunciaron una suspensión temporal de la guerra después de que saliera a la luz que oficiales antinarcóticos habían secuestrado a un hombre de negocios de Corea del Sur que vivía en Manila. Lo estrangularon en el cuartel nacional de la policía, incineraron el cuerpo en una funeraria y echaron las cenizas por el retrete, todo mientras extorsionaban a su esposa por un rescate de 100 mil dólares. Presionado por Corea del Sur, Duterte dijo que el caso era una “vergüenza” y centró su retórica en “limpiar” las fuerzas policiales, aunque juró seguir luchando contra las drogas hasta el fin de su presidencia.

No obstante, continúan los asesinatos. El gobierno de Duterte es responsable de autorizarlos, condonarlos o de no haber podido evitarlos, además de que ha fracasado en llevar a los perpetradores ante la justicia. Lo que alguna vez fuera una controversia en torno a los hechos que provocaron estas muertes se ha convertido en aceptación por parte del público. Ahora es una pregunta moral, para la cual no hay una respuesta, solo opiniones y conjeturas.

Un sospechoso de narcotráfico asesinado en octubre en el barrio de San Francisco del Monte en Ciudad Quezón, Filipinas Credit Daniel Berehulak para The New York Times

“Es la nueva normalidad. Matarlos es más fácil y más rápido. Solo podemos documentar lo que pasa, para cuando los filipinos recobren la cordura”, me comentó un fotoperiodista.

Cada vez más personas se han pronunciado al respecto. Una manifestación que hubo el 18 de febrero para protestar en contra de los asesinatos, liderada por la Iglesia católica, reunió al menos a 10.000 personas, y los abogados se han ofrecido a presentar denuncias por parte de las familias de cuatro hombres que supuestamente fueron asesinados por la policía. Esta semana, un oficial de alto rango vinculó a Duterte con varios crímenes. Estas voces de protesta hacen eco de lo que los periodistas llevan diciendo durante meses.

El trabajo ya ha cobrado factura en los rondadores nocturnos. Algunos de los periodistas sufren de problemas de salud o tics nerviosos debido a las horas de trabajo y a las cosas que ven. Muchos cubren las historias en su tiempo libre y sus publicaciones ya no son sobre los asesinatos, los cuales se han vuelto un lugar común.

Por su trabajo, los seguidores de Duterte llaman “mediatrices” a los medios de comunicación; algunos reciben amenazas de violación, violencia y muerte. Pregunté a algunos periodistas qué era lo que los motivaba a seguir. Uno contestó: “Culpa”; otro dijo: “Rabia”. “Las viudas, cuyo dolor conozco bien”, indicó un tercero. El cuarto comentó: “Las familias de todas las víctimas”.

Al romper el alba de aquel sábado por la mañana, casi todos dejamos la sala de prensa, decorada con trofeos de torneos de bádminton y el panteón de reporteros fallecidos que habían reporteado leyes marciales, la revolución y los golpes de Estado.

Mañana, los rondadores nocturnos regresarán a hacer lo que siempre han hecho y lo que siempre harán. Mucho después de que Duterte se haya ido y sus seguidores más vehementes se hayan convertido en una vaga referencia para la historia, escribiremos sobre esta terrible era de avaricia, injusticia y muerte.

Miguel Syjuco contribuye con artículos de opinión, es autor de la novela Ilustrado y profesor de la Universidad de Nueva York campus Abu Dhabi.

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