Muertes de perro. El poeta (1)

Le cortó el cuello un marroquí a las 6,20 de la mañana –como se hace con los corderos, pero sin mirar a La Meca–, cuando trataba de recuperar una bicicleta que le habían robado. Sucedió en Barcelona, a la puerta del número 12 de la calle Palma de Sant Just, a unos pasos de la plaza Sant Jaume, centro político de Catalunya y de la ciudad. Empezaba el último jueves de septiembre y se acababa un poeta de 33 años, tres libros y probablemente tres vidas. Es posible que haya tantos poetas en Catalunya que por eso no llame la atención, y en el mejor de los casos la gente dirá que al fin y al cabo es como el joyero anónimo asesinado, o la vieja pensionista tironeada, o al parado atracado; otra víctima del destino aciago de vivir en ciudades donde mucha gente se gana la vida a costa de la vida de los otros. Todos son iguales, es cierto, pero el poeta es un además.

Salvador Iborra había nacido en Valencia, escribía poesía en catalán, publicaba donde podía y escribía donde le dejaban. La vida de un poeta es un milagro, porque si hay algo que está fuera de toda convención en el mundo que sufrimos es la de ser poeta. Desarrolla una especie de doble vida, vista desde un ángulo más oscuro que cualquier perversión sexual, y es que sin estar ilegalizada, aparece como una contravención a las reglas más obvias de una economía de mercado. Siempre he tenido cierta reticencia hacia la poesía de Muñoz Rojas, no sólo porque me parece un poeta menor sino porque su categoría de hombre con gran fortuna, le convierte en una referencia. Como si le gente dijera, “fíjate, es rico y poeta”. Una paradoja que obliga a preguntarse si lo importante es lo primero o lo segundo.

¿Y qué decir de Wallace Stevens? ¡Cómo es posible ser directivo de una casa de seguros y al mismo tiempo poeta mágico, sensible hasta la minucia! Un agente de seguros tierno es como un boxeador con puños de cristal. Casi un oxímoron, que decimos los pedantes. Verdaderamente el mundo de los poetas es diferente al nuestro. Viven con nosotros pero emiten en otra onda. ¿De qué vive un poeta? Es la única profesión que jamás ha podido comer de lo que produce; nunca, ninguno. Podría ilustrarlo con dos casos hispanos muy dispares y jugosos en lo cotidiano, Juan Ramón y Alberti. ¿Cómo sobrevivieron sin hacer otra cosa que lo suyo? Juan Ramón, gracias a la paciente e industriosa Zenobia. Alberti, literalmente, del sablazo.

Han matado a un poeta y no sabemos nada. Ni de su vida ni de su muerte. Que estudió Filología Catalana, que buscaba trabajo como todos, que iba a entrar de interino de una escuela de Cerdanyola del Vallès, que había conseguido un par de premios, uno dotado por el Ayuntamiento de Arenys de Munt y otro en Badalona, gracias a los cuales logró publicar sin empeñar la dentadura. He buscado sus tres libros y me han asegurado que sólo quedan tres ejemplares; uno en Mataró, otro en Tarragona y el último en Alicante. ¿Qué habrán editado, cien ejemplares? ¿Doscientos? Probablemente lo reeditarán, porque los poetas tienen el fúnebre privilegio de que triunfan, algunos, cuando mueren; otra diferencia con el resto de los mortales.

Y de su muerte, qué sabemos. He caminado por la Palma de Sant Just, una de esas callejas del hoy llamado Barrio Gótico de Barcelona, hermosa, mucho; imagino que más de día que de noche. Empieza en una plaza recoleta, la de Sant Just, y se adentra en quiebra apenas dos manzanas y media, terminando en una pared. Sospecho que no lo es mismo pasearla que vivir en ella. El número 12, donde vivía y se desangró, no guarda recuerdo alguno, ni una pintada, ni una flor, nada. Volví una y otra vez, pensando que mi vista cansada ya no distingue los ecos de las voces. ¡Pero no hay alguien que plante ahí un grito tras el crimen! Pensaba en esas velas y flores que retrataron; los servicios municipales son implacables con los recuerdos y benévolos con la basura. Es sabido.

¿Y qué sucedió? Que estuvo con un amigo que venía en bicicleta, que la dejó a la puerta sobre la una de la mañana, que cuando salieron se la habían volado, que la estuvieron buscando sin éxito, y que ya de retirada volvió a su casa, pasadas las seis, y descubrió que la había robado su vecino, el del entresuelo primera, un marroquí instalado de extranjis, y la reclamó y entre el marroquí y su amigo debieron llamarse a andanas y por un quítame allá esa bicicleta, uno de ellos le abrió el cuello. Barcelona no es una ciudad para noctámbulos sin limusina

Y aquí llega la nota de color, el detalle posmoderno. Los dos delincuentes, con más antecedentes por robo con violencia que un sicario colombiano, a diferencia de Colombia y hasta de México, aparecen nominados para el óscar del anonimato. El muerto se llamaba Salvador Iborra, pero ellos, para preservar su honor y los honorarios de sus abogados, se llaman Saodi M. y Zakari X. M.. Al primero lo pillaron horas después, imagino que a partir de los testimonios de los vecinos que debieron de oír, a su pesar, los gritos y hasta el espanto de un hombre cuando le cortan la yugular y nada tiene ya arreglo. Al otro lo buscaron en Mollet del Vallès. Ni una foto, ni siquiera del poeta muerto, fuera de una en las páginas locales de El País de Cataluña, donde se le puede contemplar de perfil, fumando, en un escorzo que trasluce una cierta timidez arrogante.

Hay dos cosas en las que estamos a la cabeza del mundo; somos los mayores consumidores de cocaína del planeta y el único país donde los delincuentes tienen el derecho a ser anónimos. Recientemente el Tribunal Supremo ha librado de un buen puro a un diario gallego porque reprodujo el nombre y la foto de un maltratador, juzgado y condenado, que consideraba afectada su honra al aparecer nominado en el periódico. En Asturias un tipo le metió su buena docena de puñaladas a su mujer porque no estaba de acuerdo en ver el programa de televisión que él quería. Y sigue tan pancho, llamándose Manolo R. P. ¡Vaya anuncio que se ha perdido la cadena elegida! Imagínense un spot que dijera “por ver este programa un marido metió 12 cuchilladas a su esposa”.

Un poeta ha muerto en Barcelona por una bicicleta que ni siquiera era suya. Y mucha gente dirá que eso debe traducirse en que no debes meterte en líos, y que veas lo que veas, haz como que no te enteras. La Sicilia del pizzo. No te impresiones por nada, no hagas nada que pueda ser interpretado como un rechazo; compórtate como en la vida normal: si roban, es porque todo el mundo lo hace; si matan a un vecino, pregúntate qué habrá hecho.

Otra singularidad dentro de esta alucinante historia del poeta degollado es que sus amigos le recuerdan, lógico, y que pensaban hacerle un homenaje el próximo día 13, en un bar, pero como todos están muy afectados lo han retrasado hasta que se recuperen del trauma. No sé en qué sociedad vivimos, ni si tiene algún sentido escribir sobre estas cosas, pero a mí me parece que la muerte de un poeta, tanto más que la de tantos anónimos crímenes que ya no aparecen en los diarios, es un síntoma. Nos pueden ir matando a todos, que al final ocurrirá como en México, que el poder, el presidente, el alcalde, las autoridades oficiales, encontrarán una fórmula perfecta según la cual nosotros somos culpables, por estar donde nos mataron.

Ya oigo los claros clarines de quien se pregunta, ¿qué persona normal puede ir en bicicleta a altas horas de la madrugada? Bastaría con eso para pararnos un momento, sencillamente eso, y preguntarnos si las guerras en las que estamos metidos, las protestas, los indignados, las miserias de los parados, importan un carajo cuando es posible que se muera un poeta por recuperar una bicicleta que le han robado a su amigo y que caiga abandonado como un perro. Si eso es posible, lo demás es obvio. De lo poco que sé de Salvador Iborra me impresionó el título de su último libro. Els cossos oblidats. Premonitorio, porque tanto el castellano como el catalán admiten la audacia de traducir “los cuerpos” como si fueran “los cadáveres”.

Gregorio Morán

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