Multiculturalismo: ¿una respuesta?

M. Aguirre, coordinador de investigación en la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (Fride), Madrid (LA VANGUARDIA, 19/07/05)

¿Puede constituir el multiculturalismo constitucional una respuesta al terrorismo? El hecho que los autores de los atentados de Londres fuesen ciudadanos británicos con identidad religiosa islamista plantea serias cuestiones acerca de la convivencia multicultural en sociedades democráticas. Para afrontar el problema del terrorismos erá necesario adoptar estrategias múltiples que desafíen los paradigmas convencionales.

Jóvenes de la segunda o tercera generación de familias de inmigrantes en Gran Bretaña, Francia o Alemania, se sienten ajenos a sus países de origen, a la vez que perciben que su vida transcurre en espacios marginales, en situación de desventaja económica y en muchos casos desprotegidos por el Estado.

Algunos analistas, como Olivier Roy, indican que estos jóvenes, sin empleo y oportunidades, son reclutados por ideólogos que promueven una visión radical y violenta del islam. Reciben adiestramiento a través de internet, en las escuelas islámicas de Pakistán y se entrenan en países como Afganistán o Iraq. La ideología de Al Qaeda les alienta, asegura Quentin Peel, del Financial Times,a formar parte de un movimiento global “sin un sentido de comunidad o responsabilidad que ofrece una devoción fanática en vez de una integración social”.

La línea de razonamiento es que Estados Unidos y sus aliados sostienen a gobiernos corruptos en el mundo árabe, apoyan a Israel y han invadido Iraq. La guerra debe ser total contra estas sociedades infieles. A la vez, se plantea derrocar a los gobiernos árabes, sustituyéndolos por regímenes que promuevan un regreso a los valores del Islam tradicional. La falta de integración en las sociedades en las que viven facilita la creación y mantenimiento de redes, arquitecturas simbólicas y reales de la guerra contra los occidentales.

Los terroristas con esta ideología milenarista parecen extranjeros, sin embargo, son ciudadanos, en este caso británicos. En diversas sociedades hay terroristas. Estos son hijos de la descolonización y del movimiento de personas que vino desde las ex colonias hacia Europa y otros centros industrializados. En el continenviven aproximadamente 20 millones de ciudadanos que se identifican como musulmanes. Si se suman los provenientes de otras regiones, la sociedad europea debe asumir que su composición cultural y la denominada identidad de cada nación está en un cambio social imparable.

La respuesta a este desafío es deficiente. Las minorías se encuentran desfavorecidas y discriminadas social, política y económicamente. La tendencia de los líderes políticos es responder de forma benigna hacia las actitudes públicas racistas. Por otro lado, algunos intelectuales, como Giovanni Sartori, consideran que hay inmigrantes culturalmente no asimilables. La sociedad multicultural europea es todavía un objetivo distante. Y la sociedad está atrapada entre el terrorismo de unos pocos como forma de guerra total y el conservadurismo de los políticos para tomar decisiones innovadoras.

Una respuesta más compleja requeriría, primero, reconocer que Europa no podrá vivir encerrada en un sistema de seguridad infalible. Tampoco se podrá expulsar a 20 millones de musulmanes. Son necesarias medidas preventivas, coordinación de los servicios de inteligencia y policiales para frenar los movimientos ilegales de fondos y armas, y normas legales que penalicen la incitación a la violencia sin recortar las libertades.

Es preciso, también, revisar los conceptos académicos y políticos de las relaciones internacionales y la política interior.

La división entre estos dos campos es cada vez más ficticia en cuestiones como la inmigración, el terrorismo interno/externo y las decisiones que los gobiernos occidentales tomen hacia el mundo árabe, como la guerra contra Iraq o no apoyar decisivamente la creación de un Estado palestino. La ficción retrasa buscar soluciones integradas.

Por otro lado, la religión ha renacido, como una fuerza poderosa mundial que sustituye los debates sobre cuestiones económicas o políticas, desde Estados Unidos hasta Pakistán, Rusia o Israel.Al llevar la discusión y la acción al terreno de los valores morales o elevarlo al horizonte mítico del pasado o el futuro, los líderes religiosos dejan el discurso político fuera de juego. Estamos ante un fenómeno político violento promocionado por sus ideólogos, y combatido desde Washington, como simbología religiosa.

Es importante, además, que continúe el debate sobre integración y no integración entre comunidades diferentes y es preciso fomentar el diálogo con los intelectuales y políticos del mundo árabe que están trabajando acerca de la relación entre islamismo y democracia.

No hay una única solución, pero será esencial construir sociedades en las que, como escribe Jürgen Habermas, el multiculturalismo no sea “una calle de dirección única que conduzca a la propia afirmación cultural de grupos con una identidad distinta cada uno de ellos. La coexistencia en igualdad de derechos de diferentes formas de vida no debe llevar a la segmentación. Por el contrario, requiere la integración de los ciudadanos -y el reconocimiento recíproco de sus pertenencias culturales- en el marco de una cultura política constitucional compartida”.