Mundial’82, España se viste de largo

En 1982 España asomó la cabeza en el mundo. Fue el año puente que cerró la Transición. Se celebró el juicio por el 23-F y, meses después, el PSOE obtuvo su abrumadora mayoría absoluta y los españoles gozaron del frescor de la pana. Los Rolling Stones reventaron el Calderón una calurosa noche de julio y el Papa Juan Pablo II nos visitó y bendijo nuestra democracia. El país aceleraba al ritmo de la modernidad. El Mundial abrió la puerta al exterior. Naranjito, Clementina y Citronio se colaron en los hogares a la hora de la siesta y el planeta esperaba la eclosión de Maradona, que ese mismo verano fichó por el Barça por una cantidad astronómica, 1.200 millones de pesetas.

A pesar del naufragio de nuestra selección -todavía la furia-, el Mundial’82 fue un éxito de organización y dejó partidos para la posteridad. Sobre todo la final y la estampa de Sandro Pertini celebrando con el Rey un gol italiano en el Bernabéu. RTVE inauguró el Pirulí para la ocasión y todos los estadios elegidos como sedes se remodelaron. Sólo se inauguró el Nuevo José Zorrilla de Valladolid, donde tuvo lugar la escena más esperpéntica del campeonato. Francia arrollaba a Kuwait. Los jugadores árabes se quejaron del cuarto gol. Ellos se habían parado porque escucharon un silbato. Indignado, el jeque Fahid Al Ahmad Al Sabah, hermano del emir y presidente de la Federación de su país, bajó al césped. El árbitro anuló el gol. No se volvería a hablar de Kuwait hasta la invasión de Irak, al final de la década.

Felipe, Pablo y Pablete

RAÚL DEL POZO

1982, el año áureo: España se mostró ante el mundo libre, desenlutada con ritmo rock and Ríos. Se juzgó a los golpistas del 23-F, se celebró el Campeonato del Mundo de Fútbol, ganó las elecciones Felipe González y vino el Papa Pablo II. España quedó fuera del Mundial, pero no del reconocimiento de su hazaña democrática. En el fútbol hubo caos organizativo con Pablo Porta de presidente de la Federación. Toda España, aun la que no había nacido aún, recuerda el “Pablo, Pablito, Pablete” de José María García. “Sólo quería -recuerda hoy José María- figurar y vivir como un rajá”. Porta vivía en el Palace hotel por cuyos balcones se asomaba la Historia de España: en el 81, estado mayor de la democracia;en el 82, la victoria de la pana. “El chófer de Pablo -sigue García- tenía que llevarle todos los días churros de San Ginés”. El seleccionador Emilio Santamaría era un buen tío pero sin experiencia ni habilidad para dirigir el tinglado. “No se pudo jugar peor -añade García-. Los jugadores estuvieron sometidos a una concentración aburrida. La simple paja para el seleccionador era pecado mortal. Arconada era el portero y estuvo mal. Como la selección la anunciaba El Corte Inglés se quedó con el apodo de Arco Manta”. Los políticos, ansiosos de gloria, utilizaron los medios y los palcos para vender sus caras. Antes de rodar el balón, éramos campeones, a la hora de la verdad, fracasamos; en el césped, no en la organización. Pasamos la primera fase gracias a los árbitros. El momento más glorioso fue el show del legendario Pertini en el palco del Bernabéu la tarde en la que Italia derrotó a Alemania por 3-0 y se proclamó Campeona. Juan Carlos I, entonces icono universal de la democracia, alucinó con la alegría del presidente italiano por el gol del Bambino de Oro. Mientras seguíamos hipnotizados por el fútbol, la UCD se hundía. Calvo Sotelo disolvió las cámaras y convocó elecciones el 28 de octubre. El Papa iba a visitar España los primeros días de campaña; entonces Alfonso Guerra le dijo a los obispos que la fecha era inadecuada. La visita se dejó para después de las urnas. El día 28 de octubre a las nueve menos cuarto Alfonso Guerra llamó por teléfono a González. “Presidente, hemos obtenido 200 diputados”. Anunciaron la victoria en la ventana del hotel que fue hospital de guerra, donde dijo Lorca: “Me gasté en el bar del Palace mis moneditas de agua”.

Pan, fútbol y libertad

LUIS MARÍA ANSON

Pedro Escartín fue testigo excepcional durante el siglo pasado del fútbol nacional. Escribió: «El mejor jugador español de todos los tiempos es, con mucha diferencia, Ricardo Zamora. Tras él, Piru Gaínza». Zamora conserva el gran récord de nuestro deporte rey: 17 años internacional indiscutido. Gaínza fue considerado como el mejor jugador en el Mundial de Brasil de 1950, en el que España llegó, tras derrotar a Inglaterra, a la eliminatoria final entre los cuatro grandes y empató con Uruguay, que se alzaría campeón. A Stanley Matthews, el hechicero del regate, uno de los diez grandes de la historia del fútbol mundial, le preguntaron en Brasil a qué jugador destacaría. “Al extremo izquierda español. Un prodigio”, contestó. Me parece de justicia sumar junto a Zamora y Gaínza a los dos grandes del siglo XXI, Iniesta y Casillas. El portero se merece una oda como la que Alberti dedicó a Platko, “oso rubio de Hungría”, o Miguel Hernández al modesto Lolo, del Orihuela. Casillas, por cierto, almacena las más brillantes cifras de la historia de nuestro fútbol. Oda también a Iniesta, que en Japón “estará chutando lunas sobre las nubes del mar”. Tras el gran resultado del Mundial de 1950, no le fueron bien las cosas a España, pero después de siete decepciones, nos correspondió ser sede del Mundial de 1982. Fue un éxito de organización y un nuevo fracaso para nuestro fútbol. Pero la España de la libertad y la prosperidad, la España de Juan Carlos I, la España de la Monarquía de todos, ofreció una excelente imagen internacional que se robustecería, diez años después, con los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona. Entre lo más recordado del Mundial 82, vale la pena subrayar la complicidad entre el presidente de Italia, Sandro Pertini, y el Rey Juan Carlos, que celebró con él la victoria italiana. Conocí, por cierto, a Sandro Pertini, en la cena de inauguración en la Piazza Navona, de las nuevas instalaciones de la agencia Efe. Fue una delicia escuchar al presidente durante la sobremesa. Al terminar, le acompañé en el ascensor, se produjo un fallo y nos quedamos encerrados durante media hora. Sereno y tranquilo, Pertini me habló de Gramsci, con el que había compartido prisión. Cuando los técnicos resolvieron el problema, le invité a pasar de nuevo al ascensor. “Pues no -me dijo- prefiero bajar andando”.

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