Mundo digital, espacio flexible

«La distancia desaparecerá”: eso es lo que predijeron la economista británica Frances Cairncross y otros muchos teóricos sociales y de la comunicación con la expansión de internet en los noventa. Cuando cada lugar se conecte de forma instantánea a todos los demás lugares del planeta, decían, el espacio pasará a ser irrelevante. En ese instante, ya no necesitaremos oficinas. ¿Para qué ir a trabajar si el trabajo puede venir a casa?

Parecía inminente la profecía del profesor estadounidense Melvin Webber: “Por primera vez en la historia, quizá será posible estar en la cima de una montaña y mantener un contacto íntimo, directo y realista con otras empresas u otros colaboradores”. La comunicación inmediata con todas las demás personas del planeta —incluso desde la cima del Everest— haría que las oficinas tradicionales quedaran pronto obsoletas. Pero la historia ha seguido un rumbo muy diferente. La tecnología actual permite comunicaciones globales e instantáneas, pero casi todos seguimos yendo a la oficina a diario. El teletrabajo desde casa no ha arraigado tanto como muchos pensaban. Y, por otra parte, muchas empresas están haciendo grandes inversiones en construir o renovar edificios de oficinas en centros urbanos.

Lo que se les escapó a los comentaristas digitales es que, aunque podamos trabajar desde cualquier sitio, eso no significa que queramos hacerlo. Buscamos lugares que nos permitan compartir conocimientos, producir ideas y poner en común el talento y las perspectivas. El agrupamiento humano, el roce y la interacción de nuestros cerebros son aspectos vitales del trabajo, sobre todo en los sectores creativos. Ese es el motivo de que la calidad del lugar físico de trabajo sea más importante que nunca y provoque transformaciones radicales.

Ya hemos visto la transición del laberinto de cubículos de mitad del XX a espacios más sociables, abiertos, dinámicos y flexibles. En los últimos años se ha extendido el trabajo colaborativo, que muestra el valor que tiene compartir un espacio con personas de mentalidad similar. Igual que ocurría con los salones tradicionales de las universidades, estos espacios están abiertos a diferentes disciplinas y promueven la interacción y la creatividad.

Las empresas más innovadoras, como la estadounidense WeWork, proporcionan oficinas que dan a los profesionales la oportunidad de formar parte de una red y compartir recursos intelectuales y físicos, además de obtener un sólido rendimiento económico; porque, al sustituir un inquilino único por muchos pequeños, pueden sacar el máximo beneficio a cada metro cuadrado.

Los proveedores de espacios de trabajo colaborativo experimentan con la cuantificación de las relaciones humanas. Comprender cómo se relacionan los que trabajan en un entorno flexible es crucial para construir y organizar las oficinas de la próxima generación. Están apareciendo nuevas herramientas digitales que permiten medir las conexiones humanas y el comportamiento espacial, así como su relación con la productividad y la creatividad. Los análisis de datos en tiempo real y el mobiliario y los edificios integrados digitalmente no son más que el principio: quizá acabe siendo posible crear lugares de trabajo que reaccionen y evolucionen con el tiempo.

Los edificios siempre han sido rígidos e inflexibles. Tener datos más fiables sobre ocupación nos permitiría diseñar un entorno que se adapte a las personas, y no a la inversa. Imaginemos unas salas que, cuando se queden vacías, se pongan automáticamente en reposo y ahorren energía: es lo que hacen las nuevas oficinas de la Fundación Agnelli en Turín. Los edificios podrán ser unos sistemas dinámicos que vivan en concierto con los seres humanos.

La transformación del entorno de trabajo puede tener consecuencias importantes para los arquitectos, los promotores, las empresas y la sociedad en general. En lugar de hacer que las oficinas queden obsoletas —como predecían los pioneros digitales—, la tecnología transformará y revitalizará el espacio de trabajo. Tal vez pronto podamos trabajar de forma más sociable y productiva, y no desde la cima de una montaña. La muerte de la distancia que anunciaba Cairncross puede convertirse en el nacimiento de una nueva proximidad.

Carlo Ratti, arquitecto e ingeniero, dirige el Laboratorio de Ciudades Inteligentes del MIT y el estudio Carlo Ratti Associati. Preside el Consejo sobre Ciudades Futuras del Foro Económico Mundial. Matthew Claudel es investigador en el Laboratorio de Ciudades Inteligentes del MIT. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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