Mundo gay

Además de ser capital mundial de la telefonía móvil, Barcelona, con Sitges al lado, gana posiciones como ciudad de referencia del mundo gay. Festivales, paradas, fiestas acuáticas o del orgullo con un eco internacional en alza. Hay que sumar el hecho de que se erige en destino creciente del turismo gay, así como el eco del marchamo gay friendly, también en expansión. No es solo una oportunidad de negocio con nulas o escasas contrapartidas, conseguida mediante una oferta especializada y competitiva destinada a un sector con notable poder adquisitivo, sino un componente básico de la imagen de la capital catalana como ciudad multicultural, abierta y acogedora. Ignoro si el hecho se pondrá negro sobre blanco en el acuerdo sobre el modelo de ciudad entre CiU y los socialistas, aunque esta capitalidad se consolida con el equipo actual de gobierno.

Para comprender algo mejor el fenómeno de la eclosión gay en Occidente habrá que retroceder un poco y comparar la situación actual con la del oscurantismo y la persecución vigente hasta hace unos decenios, así como divulgar algunas de las claves ideológicas y sociales que explican el cambio. El origen, no podría ser de otra manera, es cultural. George Steiner detectó y mostró cómo la textura de la cultura europea en la primera mitad del siglo XX estaba fuertemente marcada, e incluso dominada, por miembros de dos tipologías humanas, los judíos y los homosexuales. La lista que Steiner elaboró para demostrar esta tesis es completamente abrumadora. Basta fijarse en las más destacables joyas dobles de la corona: Proust y Wittgenstein, que reunían la doble condición de judíos y homosexuales y -no debe ser casualidad- son los dos faros culturales más potentes del siglo pasado (aunque muy pocos entre quienes los citan, y casi ninguno de los iluminados por ellos, los hayan leído).

Marcel Proust fue el fundador ideológico de la comunidad gay, y como tal debería ser reconocido y homenajeado. En efecto, en uno de los últimos capítulos de Contre Sainte-Beuve, su imprescindible y famosa declaración vital y literaria de principios, titulado La race maudite, Proust establece por primera vez los paralelismos básicos entre la judeidad y la homosexualidad: «Raza maldita, perseguida como Israel, y como este habiendo terminado, en el oprobio de una abyección inmerecida, por adquirir caracteres comunes, el aire de una raza que comparte ciertos rasgos característicos (…), objeto tanto de un desconocimiento ciego (…) como de una curiosidad que se cree imparcial pero es tendenciosa, y admite a priori, como los jueces para los que un judío era naturalmente un traidor, que un homosexual es fácilmente un asesino…»

Gente marcada, especial, incomprendida, a menudo perseguida, que se reúne medio a escondidas para celebrar sus rituales, que se reencuentra y se siente acompañada con los que son como ellos. Si la antigua raza maldita eran los judíos, la nueva raza maldita fueron los homosexuales. De ahí, por imitación del éxito histórico del pueblo judío, tan antiguo como influyente y universal, surgen las bases de la comunidad gay. Que la cultura gay se haya desarrollado sobre todo en Estados Unidos, no excluye que el fundamento sea europeo. El propio Proust se refiere, entre otras cuestiones relativas al tema y como una primera taxonomía descriptiva de los distintos tipos de homosexuales, a las enormes y entonces insalvables dificultades de los homosexuales para establecer relaciones amorosas de pareja. De ahí proviene la idea y la necesidad del matrimonio gay.

Junto a la revolución feminista, la liberación de la homosexualidad y la constitución de una cultura, una comunidad e incluso un pueblo gay a semejanza del judío como estableció Proust constituye uno de los cambios morales y de costumbres más grandes de la civilización occidental. Si volvemos a Steiner por un momento, deberemos recordar a los multiculturalistas radicales que quizá la cultura europea u occidental no es superior a ninguna otra, pero sí que ha sabido ser más tolerante, respetuosa con las diferencias y plural que cualquier otra en la historia. De modo que la situación de los homosexuales en los distintos países es un marcador indiscutible, junto con otros como la observancia de los derechos humanos, de su nivel de civilización o de barbarie. Digámoslo claro: perseguir la homosexualidad es retrógrado, propio de intolerantes y fundamentalistas, y solo dejará de perseguirse y de esconderse con la asunción de valores de origen europeo que son y deben ser universales y que no tienen recambio.

Mientras esperamos, pues, que el resto del mundo avance por el camino de la occidentalización, remarcaremos cómo la cultura gay ha cambiado el sentimiento de tara por el de orgullo y ha construido una identidad completa, que podemos llamar nacional, además de transnacional, alrededor de la opción sexual, de modo que tenemos entre nosotros, y bienvenidas sean, no una sino dos minorías influyentes y cada vez más poderosas: los judíos y los gais.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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