Mundo patchwork

Al mundo ya existente, ha superpuesto internet un envoltorio inmaterial que lo reduplica. Y que acaba por desplazarlo. A quienes hemos vivido de libros, de libros de papel, nos fascina -nos horroriza también- ver cumplida la fábula que hace más de tres décadas pusiera en líneas Jorge Luis Borges. Es la historia de un proyecto grandioso: el que despliega un megalómano equipo de cartógrafos que conciben la insólita aventura de fabricar un mapa a escala 1/1, un mapa en el que cada paraje representado se corresponda exactamente con el original que reproduce. Internet es, con toda exactitud, eso. Calco perfecto. Y conceptualmente tan ruinoso como la inusable montaña de harapos a la que queda relegado aquel monumento absoluto de la cartografía. Internet es hoy el inmenso basurero al que quedaron reducidos nuestros 25 siglos de escritura. Y en ese inmenso vertedero vagamente reciclable, ningún lugar queda para ni rigor ni remordimiento.

Muchas cosas han sido devoradas por esa ruina de la inteligencia. La primera, el estatuto material de la escritura. En la cáscara quebradiza de las redes, todo da en ser combinatoria numérica bien codificada, lógicas planificables de la inmaterialidad algorítmica, ceros y unos en infinitas combinaciones. ¿Podemos seguir llamando a todo eso que la red hace fluir con eficacia vertiginosa mercancías, materiales mercancías? Hacemos, con demasiado ligero gesto, uso de la muy metafórica expresión «mercancías inmateriales» para salir del acechante callejón sin salida. Pero algo en nuestros hábitos se resiste a admitir que hayamos conseguido con ello algo más que un vacío verbalismo. ¿Qué es, más allá de las jergas convenidas, una «mercancía inmaterial»? Y si apostamos por el peligroso juego de las metáforas, ¿no había ya Marx propuesto que consideráramos al dinero como una «categoría metafísica»?

Y, con el estatuto material de la mercancía-escritura -y del conocimiento que la escritura vehicula- es el estatuto también del plagio el que somos tentados de dar por extinguido. ¿Qué es un plagio? En derecho romano, un delito tasado: el que deriva de la apropiación o uso ilegal de un esclavo perteneciente a otro dueño; también, por extensión, la utilización como esclavo de aquel que es un hombre libre. Sencillo y claro, como todo en los códigos romanos. Y, a partir de ese léxico jurídico, es sencillo también rastrear el circuito de la metáfora que los prolonga hasta nosotros: la obra -escritura, pintura, música… lo que sea- es esclava de quien la ha manufacturado; plagiarla es someterla -mediante violación de derecho- a la esclavitud de otro que no es legalmente su amo. Y eso vale para el esclavo de habilidades más primorosas como para el más torpe de los que compongan la cuadra del señor. Exactamente lo mismo rige con los textos: un pasaje podrá ser trivial o pésimo, pero sigue perteneciendo a su artesano, exactamente igual que el más refinado de los versos de Mallarmé pertenece a Mallarmé.

Todo tan claro como a los juristas romanos cuadraba. Y así ha seguido siendo durante un par de milenios. Pero… Pero, ¿qué sucede cuando no hay ya esa mercancía llamada esclavo cuyos trueques proteger? Plagio ha venido designando la delictiva apropiación de una materialidad textual o artística por parte de quien sobre ella no detenta el específico derecho de autoría. Pero…, ¿qué queda de los derechos del autor cuando una obra ha sido por completo desmaterializada y ha quedado en sólo un andrajo más en el inmenso basurero de realidad reduplicada al cual llamamos red? ¿Hay derecho que acoja al uso de inmaterialidades desmercantilizadas? ¿Hay derecho sobre la perfecta basura?

Todos mis colegas han pasado por la experiencia en estos años. El profesor reconviene a su atutorado: el joven licenciado y ya casi doctor ha inyectado pasajes enteros de Wikipedia en su memoria de licenciatura o de máster. El joven licenciado se queda estupefacto. No por efecto de la vergüenza que debiera ser atribuible al plagiario. Sí, por la extrañeza de que le sea reprochada tal futesa. Y replica al anacrónico profe con arrogancia: «Pues claro que lo he cogido de ahí. Si estaba allí bien dicho, ¿para qué iba a empeñarme yo en decirlo de otra manera?». ¿Entrecomillar y citar? ¿Y a cuento de qué hacer eso tan farragoso con cosas que son del dominio público, con desarrollos cuya trivialidad está al alcance de todos? El anacrónico profesor se cierra en banda y se niega a aceptar el pulpo como animal de compañía. El postmoderno alumno concluye que ese pobre docente está gagá: ¡cosas de los años! En el mejor de los casos se aviene a resignarse ante esa pintoresca reliquia del pasado: ¡entrecomillar y citar, vaya una idea paleolítica!

Vivimos en un mundo patchwork, un mundo de parchecitos cucamente recosidos. Esa es la insostenible tenuidad de nuestro tiempo.

Hace no demasiados años, la despechada novia posmoderna de un buen amigo mío halló un modo de perversidad rayano en lo genial para vengarse del viejo amor por el cual se juzgaba despechada. Tomó de su ordenador -cuya clave de acceso poseía, grave imprudencia- los voluminosos archivos que contenían los borradores de la ya casi terminada tesis doctoral en la que el objeto de su venganza venía trabajando desde hacía como quince años. Y los volcó en una curiosa web cuya función -como su título bien a las claras proclamaba, «rincón del vago»- era proporcionar gratis mercancía elaborada para que los estudiantes sin demasiados reparos pudieran apropiarse cualquier secuencia textual como invención de su propio ingenio.

Para cuando mi amigo se enteró del crimen, ya nada podía hacerse. Supongo que a aquellas alturas -y más a las actuales- fragmentos más o menos extensos de sus borradores habrán acabado siendo presentados -y con seguridad aprobados- como trabajos de fin de curso, de fin de carrera, de fin de master… O, con un poco de suerte, como tesis doctorales tan honorables cuanto la tesis de presidente del Gobierno y el manual del presidente del Senado. Mi amigo renunció a su tesis y trató de olvidarla. Al menos, se había librado de aquella bruja. Concluyó que, lo uno por lo otro, había salido ganando. Pero es que a mi amigo jamás le tentó la idea de medrar en la política.

Gabriel Albiac es filósofo y escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *