Municipales de 1979: todo el poder para el PSOE

En apenas un mes los españoles votaron dos veces: el 1 de marzo en elecciones generales. UCD renovó mayoría con cierta holgura: 168 diputados. El PSOE también sumó tres más a la par que cimentaba su poder como sabe y se hace: desde abajo. Los socialistas aseguran que manejaban sondeos mucho más favorables días antes de las elecciones pero Suárez jugó la baza del miedo y se llevó el gato al agua. Así terminó la fase del consenso. Desde entonces la oposición fue implacable contra un partido de notables que no aguantaría la fuerza de un arrollador partido de masas.

Cuentan las crónicas que Abril Martorell y Alfonso Guerra tenían un pacto no escrito: en los ayuntamientos gobernaría la fuerza más votada. El 3 de abril se celebraron las municipales: ganó el PSOE en las grandes ciudades y se apoyó en el PCE donde no alcanzó la mayoría absoluta, por ejemplo, en Madrid. Los socialistas rigieron 1.130 ayuntamientos en solitario y 1.800 con ayuda. UCD consiguió 3.974 alcaldías, pero el PSOE gobernó sobre el 70% de la población.

Tierno Galván dando un mitin en la campaña de las elecciones municipales de marzo de 1979, en las que con el apoyo de los comunistas ganó para el PSOE la alcaldía de Madrid. EFE
Tierno Galván dando un mitin en la campaña de las elecciones municipales de marzo de 1979, en las que con el apoyo de los comunistas ganó para el PSOE la alcaldía de Madrid. EFE

El curso se le haría eterno al presidente Suárez, que en la víspera de los comicios evitó discutir su programa en las Cortes. Fueron unas elecciones decisivas porque permitieron desmontar el último reducto institucional franquista. Lo hizo el PSOE. En mayo celebró su XXVIII Congreso y anunció con euforia y realismo que pronto gobernaría el país.

Todos eran traidores

RAÚL DEL POZO

En el año 1979 nevó en el desierto del Sáhara, le dieron el Cervantes a Borges que tuvo que compartir Gerardo Diego y aún hubo dos prodigios más: se votó dos veces, el 1 de marzo en las generales y el 13 de abril en las municipales. No sé quién sería el envidioso que le arrebató esplendor a Borges aunque él no se vengó; le parecía tan ridícula la revancha como el perdón. Adolfo Suárez llegó a ser primer presidente constitucional a pesar del odio que despertaba en los ultras. En los afiches de las fachadas se gritaba con tinta negra: “Ejército al poder”. Los que había hecho barones -y los demócratacristianos que se comen a los leones- le hicieron la vida imposible al que consideraban un oportunista del Régimen anterior. Los socialistas se unieron a la cacería y estalló una lucha entre la pana y las corbatas. Cuenta Carlos Santos en 333 historias de la Transición cómo miles de corbatas llegaron al Palacio de Congresos en el 78. “De los 1.800, más de 1.500 llevaban corbata, el resto eran mujeres y 10 ó 12 muchachos con jerseys”. Felipe González orientó la campaña como un desafío entre él y el presidente, se puso corbata, abandonó la pana y más tarde el marxismo. Carrillo se quitó la peluca y se retrató al lado de la bandera que entonces llamaban del estanco. Hubo un consenso entre los traidores, según piensa Pablo Castellano: “Todos consiguieron ser traidores, Suárez por liquidar su Falange; Carrillo por renunciar al leninismo, a la República y a la revancha; Felipe por convertir la ruptura democrática en un aval nacional e internacional a favor de Suárez”. Todos apoyaron a Adolfo cuando lo necesitaban, todos le acuchillaron después. Se iba fraguando la tarde de los picoletos. En la campaña Suárez viajó a Badajoz y una mujer le gritó “¡Asesino!”, mientras los chulos de Fuerza Nueva cantaban: “Suárez, traidor, cantaste el Cara el Sol”. Cerca de Granada el presidente fue objeto de un intento de linchamiento. Ganó las elecciones por su empaque y coraje, por la tele, porque tenía el poder y por su bella idea de España y de la democracia. El PSOE se destacó como una alternativa imparable. El día 1 de marzo Adolfo Suárez superó el estrés del recuento con la compañía de Tip y Coll. El PCE volvió a ser el tercero con 23 diputados, Fraga se hundió y los socialistas se prepararon para ser los barandas en las grandes ciudades el día 13 de abril.

Los gobernadores civiles de Franco

LUIS MARÍA ANSON

José María Areilza, escritor extraordinario, académico de la Real Academia Española, político de rara sabiduría, gran ministro de Exteriores, sentía un infinito desdén por Adolfo Suárez. “Este muchacho -afirmaba entre grises bostezos- no se da cuenta de que ha ganado las elecciones gracias a los gobernadores civiles de Franco. Todavía el aparato de la dictadura funciona y no habrá elecciones libres hasta que desaparezcan los gobiernos civiles”. Suárez, que dejó a Areilza en la estacada el 4 de julio de 1976 cuando el Consejo del Reino le incluyó en la terna para la presidencia sin saber que era el tapado, venció en las elecciones generales de 1977. Obedeció al Rey Juan Carlos en la operación magistral de la reforma política y la nueva Constitución. Y volvió a triunfar en las elecciones de marzo de 1979. Se alzó con 168 diputados y alcanzó los 183 en la investidura. Sin Pujol y la minoría de CiU. La Alianza Popular de Fraga, emboscada en Coalición Democrática, le prestó sus 10 diputados y otros cinco el PSA-PA (Partido Socialista de Andalucía, Partido Andalucista). Creció en aquellas elecciones Felipe González hasta los 123 escaños y también el alicorto Partido Comunista de Carrillo y Pasionaria. Blas Piñar representó en solitario a la extrema derecha del extinto franquismo, cenizas del antiguo poder dictatorial. Suárez, que hasta entonces había sido un peón del Rey, empezó a creérselo tras su victoria en las primeras elecciones constitucionales. Puso los derechos civiles y genitales sobre la mesa monclovita y empezó a decidir por su cuenta, despertando las iras del Ejército y del propio Monarca, capitán general de las Fuerzas Armadas. Eta asesinaba a los militares. Suárez, para no enturbiar su política de distensión, los enterraba de madrugada y sin honores. Consiguió superar por los pelos una moción de censura pero, perdido el favor del Rey e informado a tiempo de la rebelión de algunos diputados de UCD, decidió dimitir antes de que lo descabalgaran con una nueva moción de censura. Luis Herrero lo ha explicado sagazmente. Alguien, en fin, escribió tras su intervención televisiva: qué voz la de tus venas desgarradas, qué ardor el de tus ojos ateridos, qué tristes tus pisadas, tus pisadas, al abandonar para siempre los mármoles monclovitas.

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