Murillo en Nueva York

Un grande del Siglo de Oro Español ha hecho su entrada triunfal en uno de los museos de la «ciudad de los rascacielos» (o, si se prefiere, la GranManzana, siguiendo la actual denominación popular), la Colección Frick, merced a la potencia artística de un enérgico e ilustrativo «Autorretrato», perteneciente a su primera madurez (1650/1655). Se trata de la efigie de Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla 1618-1682), quien con Velázquez, Ribera y Zurbarán configura un prodigioso cuarteto de los pinceles, extraordinariamente fértil, brillante, espectacular e influyente de la Historia de la Pintura Universal. Conviene mencionar a tan selecto grupo, a fin de proclamar que ya es hora de que se reconozcan mundialmente los méritos de los que han vivido estéticamente opacados en parte por la larguísima sombra de la personalidad y la producción de Diego Velázquez. Este, con ser indudablemente formidable, ni estuvo aislado ni cubrió con sus impresionantes tareas toda la centuria áurea, en la que reinaron los llamados Austrias menores: Felipe III, Felipe IV y Carlos II.

Al lado de los cuatro pintores señalados, que vienen a ser el centro de una constelación que no cuenta solamente con ellos, hay que mencionar a muchos otros autores que, a modo de estrellas de mayor o menor magnitud, entre todos, con pinceles, lápices o plumas –porque también algunos fueron reputados dibujantes y escribieron sesudos tratados–, contribuyeron a fundamentar el más excelso periodo de la pintura española barroca: Vicente Carducho, Herrera «el Viejo», Pacheco, Alonso Cano, Pereda, Antolínez, Cerezo, los Rizzi, Herrera «el Mozo», Carreño de Miranda, Claudio Coello, Valdés Leal y una miríada de talentos más que no hace al caso detallar.

Murillo, aún integrado en ese mundo que, salvo excepciones, daba lo mejor de sí en la Corte de Madrid, al servicio de los soberanos, la Iglesia y los nobles, destacó sobre la segunda mitad del siglo XVII, en su Sevilla natal. Lo consiguió con un esfuerzo continuado gracias a una habilidad especial que, combinada con significativas dotes de observación, aplicadas tanto al conocimiento de las creaciones de quienes le habían precedido y de las de ciertos coetáneos como al descubrimiento de las características naturales de su entorno popular, logró una ejecutoria, unas veces severa sin excluir la gracia y otras colmada de fastuosos efectos técnicos (su proverbial «estilo vaporoso»). Tales aciertos le otorgaron una consideración general de sus comitentes y conciudadanos en general; y, en consecuencia, la admiración y la positiva valoración de sus deslumbradores lienzos, pintados al óleo, en la fase de su plenitud creativa, le acabaron por elevar al empíreo de los genios, en el cual permanece desde entonces, no obstante los injustos desprecios que su obra ha cosechado por causa de modas pasajeras (aunque lamentablemente duraderas), que le atribuyeron una carencia de nervio y altas dosis de blanda dulzura, olvidando que, precisamente, esas denostadas características eran las que imponía la Iglesia católica, cuyos dictados propendían a establecer una doctrina de lo familiar y cotidiano para las artes que condicionaba tanto la manera de expresarse a la hora de fijar un asunto como las inclinaciones religiosas de una clientela piadosa para la que los cuadros de Murillo suponían objetos de devoción. Por esta causa, las pinturas del maestro fueron tildadas de superficiales y pacatas, ignorando la profunda tradición que las había generado. A ello también contribuyó la catarata de copias, imitaciones y trasuntos que comenzó a fluir desde su muerte hasta bien avanzado el siglo XIX para atender a las necesidades de gentes que únicamente admiraban los aspectos externos de las imágenes sin parar mientes en la verdadera calidad y en la intensidad del mensaje que subyacía en los cuadros originales salidos de sus manos.

Por el contrario, el «Autorretrato», de busto prolongado, casi medio cuerpo, que ahora puede ser contemplado públicamente en Nueva York no cabe emplazarlo en las categorías religiosas de la producción de Murillo, debido a su carácter de efigie personal y directa, ausente de vinculación devota alguna. Describe un rostro de rasgos bien delineados y expresión firme, realzado por la larga melena negra, la golilla y el austero atuendo en el que destacan las mangas acuchilladas. Sólido, de facciones correctas, con bigote y perilla, desplegando un encanto mediterráneo, observa al espectador, desde su óvalo pétreo que, a modo de marco figurado en trampantojo, presenta muescas y áreas quebradas en las molduras para dar idea de verosimilitud.

La célebre Colección Frick es rica en escuela española –posee obras del Greco, Velázquez y Goya , de proverbial calidad– en medio de una sucesión de tesoros artísticos del máximo nivel, muchos considerados obras maestras. El fundador del museo, el millonario Henry Clay Frick, compró tres obras del Greco, en sus viajes por España, y en 1904 se hizo con el «Autorretrato» de Murillo, que permaneció en manos de la familia hasta finales del pasado año. El hijo de Frick, que heredó el cuadro, falleció en 2007 y la obra pasó a su viuda, Emily T. Frick, quien recientemente decidió que se incorporase a los fondos de la institución museística.

La Galería Nacional de Londres exhibe otro digno ejemplar, aunque algo distinto, puesto que se muestra más joven. De hecho, como se piensa que el sevillano solamente se autorretrató dos veces, el lienzo presente en Nueva York, que tal vez evidencie la fascinación que la Antigüedad clásica ejercía sobre el andaluz, en razón de su aquilatado encuadramiento, es hasta ahora el único autorretrato suyo que puede ser visto en los museos de Norteamérica. En el lugar que ha sido expuesto puede codearse con otros rostros de grandes maestros, entre los cuales se encuentra un cuadro con uno tardío de Rembrandt, más o menos de los mismos años, lo que supone una excelente compañía para el pintor de las Inmaculadas.

Juan José Luna, conservador del Museo del Prado.

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