Murillo, sevillanizador de los divino

A diferencia de Velázquez, Murillo no vivió en Madrid ni conoció Italia. Eso no impide que los dos sean ejemplos máximos de la Sevilla universal, profunda, más allá de los tópicos superficiales: «Sevilla para herir», definió García Lorca. Por una feliz iniciativa, los dos genios, Murillo y Velázquez, conviven en la exposición del Hospital de los Venerables, patrocinada por ABC, que abre el «año Murillo», en el cuarto centenario de su nacimiento.

Para un pintor, no puede ser una anécdota nacer en una ciudad a la que Fernando de Herrera llamó «luz hermosa de Europa». Por eso, Antonio Gala pone en boca de Murillo estas frases: «Explíqueme cómo va a pintar lo mismo un holandés o un francés que un pintor de Sevilla. ¿Es igual la luz que los alumbra? ¿Es acaso igual el habla de la gente, la risa, el calor, las flores? ¿Son iguales acaso los milagros en Holanda que aquí? Digan vuesas mercedes de verdad: ¿es que Sevilla no es ya todo un milagro?».

Antes de acudir a los Venerables, camino por Sevilla, siguiendo las huellas de Murillo. Recibió el bautismo en la iglesia de la Magdalena, el antiguo convento de los dominicos, con su hermosa espadaña. Los conventos sevillanos, tan importantes en el XVII, fueron sus grandes clientes. Para la sacristía de la catedral pintó la visión mística de san Antonio, que extiende sus brazos al Niño Jesús, en el centro de una inmensa luz. Para Santa María la Blanca, el sueño y la visita al Papa del patricio romano (hoy, en el Prado), que incluyen ya detalles de la vida cotidiana sevillana: el perrillo adormilado, el cestillo de la costura. Para la iglesia de los Capuchinos, la serie que ahora admiramos en el Museo: la Inmaculada grande, «la colosal»; una «Virgen de la servilleta» que rebosa suave dulzura; dos mocitas sevillanas, Justa y Rufina, que sostienen, con sus manos, la filigrana de la Giralda. (Por eso, según la copla de Rafael de León, «Al Museo de Sevilla / iba a diario Juan Miguel / a copiar las maravillas / de Murillo y Rafael»).

Llego luego al Hospital de la Caridad, donde su amigo Miguel de Mañara, que había sido «hidrópico pecador» (así se decía, entonces), quiso ser enterrado en la entrada, para que todos pisaran la tumba de «el hombre más malo que ha habido en el mundo». En el patio, Mañara plantó un rosal: el mismo –dicen– que sigue floreciendo todas las primaveras. El plan iconográfico de la iglesia comienza sobrecogiéndonos con las dos «postrimerías» de Valdés Leal, el mejor símbolo del desengaño barroco. Un esqueleto señala la inscripción «In ictu oculi»: en un abrir y cerrar de ojos, la Muerte, con su guadaña, deshace todos los atributos del poder.

Avanzando hacia el altar, Murillo nos muestra la otra cara de la moneda, dos milagros (los panes y los peces, Moisés hace brotar el agua de la roca) y dos ejemplos de obras de caridad: san Juan de Dios ayuda a un pobre y santa Isabel de Hungría, pintada con sutilezas dignas de Rembrandt, socorre a los leprosos. La caridad –que da nombre al edificio– todo lo salva: ese es el mensaje consolador que nos da Murillo.

Mi paseo –y la biografía de Murillo– concluyen en la plaza de Santa Cruz, junto la preciosa Cruz de la Cerrajería, leyendo una placa: «Para perpetuar la memoria de que, en el ámbito de esta Plaza, hasta hace poco templo sagrado, están depositadas las cenizas del célebre pintor sevillano…».

Murillo es, por supuesto, el gran pintor de la Inmaculada Concepción, ese misterio por el que el pueblo sevillano ha sentido pasión, desde el XVII hasta hoy mismo: lo atestiguan la Hermandad del Silencio, la más antigua, y la imagen de «la Pura y Limpia», junto al Postigo. Sus cuadros son la mejor expresión de una sensibilidad religiosa típica de la Contrarreforma. Como afirma Diego Angulo, «ningún pintor español y, posiblemente, europeo ha transmitido e interpretado mejor lo que sentía el mundo católico, en la segunda mitad del XVII»; sobre todo, lo que sentían los sevillanos.

No hubo pintor español más conocido y estimado, en toda Europa, en los siglos XVIII y XIX, que Murillo. Cayó luego, sobre él, el tópico de reducirlo a un autor de «estampitas», fijándose solo en lo anecdótico, sin atender a sus estrictos valores pictóricos. (Igual que algunos ignorantes desdeñaban a Bécquer por excesivamente sentimental). Tuvo que ser un sevillano serio, don Diego Angulo, mi maestro, el que deshiciera este error, con su gran Catálogo crítico, publicado en 1980, que abría caminos para relacionarlo con Rembrandt, con Van Dyck, con Goya, con los románticos…

Se equivocaron muchos, al acusarlo de «demasiado dulce». Como señaló Lafuente Ferrari, no se podía valorar justamente a Murillo desde una «sensibilidad exasperada». Felizmente, eso ha pasado: no es obligatorio que todo el arte siga los caminos de «la náusea» o el teatro del absurdo. En Sevilla, es bien fácil sentir algo tan propio de Murillo como la cercanía del cielo y la tierra, valorar la gracia y la alegría de vivir.

Nos encantan hoy los cuadros de género, en los que Murillo retrata –con el mismo respeto que mostraba Velázquez por los enanos de la Corte– a esos pilletes que comen uvas y melón, o acechan un cesto de fruta, para darle el bocado prohibido; a esas mujeres sevillanas, que se asoman a la ventana para contemplar la realidad («ventaneras», las llamaba Carmen Martín Gaite). Todos, altos y bajos, muestran su dignidad de seres humanos porque, como sentenció Don Quijote, «no es un hombre más que otro hombre si no hace más que otro»…

He acudido a ver los cuadros de Murillo llevando, en la mano, un libro de don Manuel Machado. Una y otra vez vuelve sobre el tema, a lo largo de los años. En «Museo» (1910), señala la Inmaculada que él prefiere: «De las dos Concepciones, la morena…, / la de gracia celeste y sevillana, / la más divina cuanto más humana, / la que habla del querer y de la pena». En «Apolo» (1910), imagina «una dulce familia sevillana»: «En este hogar sencillo, / él es el Patriarca, ella es María, / y es, el niño, Jesús… Por la ventana / entra una luz de gloria de Murillo». En «Cadencia de cadencias» (1943), describe el estilo del pintor: «Volando viene del cielo / el Arte a la realidad / y, apoyado en la verdad, / logra su esencia divina, / no ya por lo que se empina / sino por su humanidad».

En «Sonata de primavera andaluza» (1943), en fin, don Manuel elogia las Vírgenes de Murillo, «adorables chiquillas macarenas», para acabar con este terceto: «Tú hiciste celestial lo femenino, / dulce pintor, descanso de mis ojos, / ¡sevillanizador de lo divino!».

Es verdad: Murillo trae el cielo a la tierra; en concreto, a su querida tierra sevillana. En su cuarto centenario, no cabe mejor definición del pintor: «Sevillanizador de lo divino».

Andrés Amorós, catedrático de Literatura Española.

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