Muros de vergüenza mutua

Por Manuel Pimentel, escritor y ex ministro de Trabajo (EL PERIÓDICO, 08/10/05):

Jamás hasta ahora habíamos percibido con tal intensidad el drama de la desesperación. Ni siquiera las trágicas imágenes de los náufragos de las pateras poseen la fuerza revulsiva de las secuencias de los asaltos a las vallas que aíslan Ceuta y Melilla. Una y otra vez, centenares de inmigrantes se arrojan, con serio riesgo de su propia vida, a escalar unas dobles cercas de alambres de espino con tres metros de altura. Y lo hacen con una estrategia que, por simple, se ha revelado tremendamente eficaz. De forma coordinada y simultánea, asaltan el muro centenares de inmigrantes utilizando rústicas escaleras de palos y ramas. Frente a ellos casi nada puede hacer la policía española, que se emplea con exclusivo material antidisturbios. Una vez dentro, los que consiguen entrar se encuentran con una dulce paradoja. Las mismas autoridades españolas que han tratado por todos los medios de evitar su entrada se vuelcan de repente por que no les falte de nada, ni comida, ni ropa, ni atención médica. Los inmigrantes sonríen entonces felices. Creen que una vez en suelo español nadie podrá nunca ya echarlos.

No es fácil la situación. No podemos permitir que los inmigrantes sigan saltando la valla impunemente, y que ello, además, les suponga el premio de un trabajo en España. Si continúa la situación como hasta ahora, estaremos lanzando un contagioso mensaje al África entera: diríjanse hasta Ceuta y Melilla y salten la valla, detrás encontrarán el reino de la felicidad. Todos sabemos que una valla en una frontera es siempre el sinónimo de un fracaso o de una injusticia pero, tal y como está la situación, no podemos ni quitarlas ni dejar que sigan siendo asaltadas. Las consecuencias de esa dejación serían aún más graves que las que se pudieran derivar de impedir por los medios legales a nuestro alcance la entrada de más inmigrantes. Por eso, y aun a sabiendas de lo pobre de la medida, tenemos que apoyar a nuestras autoridades en su proyecto de recrecer la valla y redoblar la vigilancia. Lo mejor a corto plazo es que se corten de raíz estos espectaculares asaltos. Es evidente que sólo con alambradas no solucionaremos nada, pero al menos evitaremos que se extienda como la pólvora la idea de que saltarlas es la puerta segura hacia Europa.

PERO NO podemos quedarnos en eso. La presión inmigratoria seguirá creciendo en el futuro, dado que el África subsahariana sigue encadenada a la pobreza más absoluta, y la reciente sequía aún ha agravado más su penosa situación. Por otra parte, también continuará incrementándose la demanda de inmigrantes en nuestro país, si la economía se comporta tal y como nos indican las cifras oficiales. Se hace precisa una reforma de nuestra obsoleta e inaplicable ley de extranjería con el objeto de poder regular el flujo de la inmigración. Hasta ahora no tenemos instrumentos ágiles y seguros para permitir la entrada legal a nuestro país de los inmigrantes que deseamos. En el fondo seguimos anclados –y ya son muchos años– en la hipócrita actitud de apenas permitir la entrada legal de nuevos inmigrantes, pero, eso sí, premiar con periódicas regularizaciones a los que hayan logrado entrar irregularmente. Esa aberrante y prolongada política ha cebado a las mafias y ha reforzado el cacareado efecto llamada. Si se arbitran mecanismos legales de entrada y se refuerza nuestro aparato consular en los países de origen, el esfuerzo de los aspirantes a entrar en nuestras fronteras se centraría en conseguir unos papeles, que ahora saben imposible. Y como nos les queda opción legal alguna, se ven impelidos a entrar por la única vía que hasta ahora ha funcionado, la irregular.

Con la imprescindible mejora en la regulación de los flujos –que no consiste, repetimos, en fronteras abiertas, sino en la posibilidad de entrada legal de los inmigrantes que necesitemos– se rebajaría sensiblemente la presión sobre nuestras fronteras. Pero no podemos ser ingenuos: tampoco se eliminaría totalmente. Por eso, la política de fronteras tendrá que seguir existiendo a medio plazo. Ojalá fuésemos capaces de construir un mundo sin fronteras, pero hoy por hoy todavía no es posible. Son demasiadas las diferencias entre los ricos y los pobres como para que no se produjera un desplazamiento masivo que a nadie convendría.

¿Y MARRUECOS? ¿Qué papel ha jugado en todo esto? Pues, a vista de lo acontecido, su gestión ha sido un desastre. En primer lugar, porque ha podido hacer mucho más por evitar en primera instancias los asaltos. Con simples patrullas podrían haber detectado la acumulación de cientos de inmigrantes armando escaleras. Tantas personas y artilugios resultaban a todas luces fáciles de detectar. Marruecos lleva haciendo la vista gorda durante demasiado tiempo. Es normal que recelemos de su buena fe. Por otra parte, cuando por fin se decide a intervenir, lo hace de la peor forma, a tiro limpio, con todo un reguero de víctimas inocentes que aún arroja más dolor y dramatismo a una situación desesperada. Es cierto que tampoco Marruecos sabe qué hacer con los miles de subsaharianos que entran por sus remotas y abiertas fronteras del sur. Pero una cosa es que comprendamos su situación e intentemos ayudarles, y otra bien distinta que aceptemos resignadamente que nos arroje a nosotros su patata caliente.

Sólo una disminución de la diferencia entre la renta del norte y el sur podrá atenuar esa creciente presión migratoria. Sin duda ese debería ser el prioritario objetivo de la alta política internacional, aunque, visto lo visto, todavía no haya proyectos de la envergadura suficiente. Tampoco debemos olvidar que no sólo los países ricos tenemos responsabilidad. También los corruptos gobiernos de los pobres tienen mucha culpa en el mantenimiento de una situación de manifiesta injusticia global.