Músicas antiguas en Carrión

Desde hace años se celebran por estas fechas y en varios puntos del Camino de Santiago una serie de conciertos de música antigua que cabría considerar de utilidad terapéutica. No sólo constituyen una aportación cultural sino que son buenos para la salud en general y muy especialmente para el equilibrio mental. Con el sorprendente añadido de que son gratis. Gratis total. Es decir que usted puede escuchar nada menos que al Amsterdam Baroque Choir, dirigido por Ton Koopman, e incluso seguir sus virtuosísticas interpretaciones al órgano de unos tientos de Cabanilles o Pablo Bruna, durante algo más de una hora y sin pagar ni un duro. El acontecimiento se produce en puntos diferentes de las provincias de Burgos, Palencia y León, y aunque la palabra provincia tenga una connotación ajada por el uso torticero no encuentro otra para indicar que Carrión de los Condes es villa principal al norte de la provincia de Palencia. Y en verdad que los conciertos se celebran,como se solía decir de las misas católicas, primero porque tienen lugar en iglesias, por lo demás llenas de público propio y foráneo, y sobre todo porque el respeto, el silencio, la atención, son tan sólidos que se diría trascendentes. (Nunca he escuchado una tos ni un carraspeo en estos atestados y magistrales conciertos provincianos, donde se informa con tino de la conveniencia de aplaudir sólo al final del programa).

La música antigua, para entendernos anterior a Juan Sebastián Bach, tiene para nuestra sensibilidad alguna propiedad relajante. Hay excepciones notables, como en todo, pero ese rasgo tranquilizante, calmo, parece consustancial a la música religiosa, que en nuestra tradición empapa gran parte de la cultura.

Hace algunos años el éxito de las grabaciones del canto gregoriano en Silos, que se convirtió en auténtica moda pasional para gentes alejadas de cualquier vinculación hacia la música culta, no tenía otra explicación que esa capacidad de paliativo frente a los ritmos impuestos por la vida cotidiana. Basta apuntar que sólo los ruidos que soportamos en la ciudad, dentro de la más completa normalidad, provocarían de seguro espasmos en cualquier resucitado de otra época. Las músicas de los valencianos Cabanilles y Comes, del catalán Cererols, en una rotunda Missa de Batalla,que es como se denominaban en aquellos guerreros siglos XVI y XVII, o incluso del siempre cortesano Domenico Scarlatti, en un brillante Te Deum a ocho voces, como el interpretado en Carrión, suenan para nosotros como preciosos ejercicios de estilo, equilibrados, tintos de una mansedumbre que les ha ido dando el tiempo y que de seguro carecieron en su época.

Tendemos a perder el sentido de los lugares del gozo musical; aquellos sitios donde escuchamos tal o cual música inolvidable, o incluso aquella que razonablemente deberíamos olvidar. El ritual de las salas de conciertos, pensadas con toda lógica para que sirvan de magnífico soporte para la interpretación musical, hace difícil que vinculemos la música con el lugar donde la oímos; excepción del Palau de la Música, en Barcelona, cuya profusa escenografía mezcla las percepciones. El concierto del Amsterdam Baroque Choir en Carrión se ofreció en uno de esos lugares que uno no es fácil que olvide, el Monasterio de San Zoilo.

La primera vez que visité el Monasterio de San Zoilo caminaba yo hecho unos zorros viviendo la singular experiencia de un ateo en el Camino de Santiago, de la que saldría un libro que tuve el privilegio de que presentaran en Barcelona Manolo Vázquez Montalbán, Oriol Bohigas y Josep María Espinás, un lujo ya irrepetible por diversas razones.

No es autopropaganda porque el libro está descatalogado y fue un fracaso editorial tan notorio que baste decir que ni La Vanguardia de aquel año de 1996 dio cumplida noticia del hecho. Entonces San Zoilo estaba en reconstrucción y tenía aún las huellas flagrantes del abandono. Había sido lugar principal en siglos pasados de los que conserva un claustro plateresco de excepcional belleza. Siglos después buena parte de los retoños de las clases altas del norte de España, muy principalmente asturianos, estudiaron allí mientras fue Colegio de los Jesuitas. En su más antigua época de esplendor, cuando dependía de Cluny y los benedictos, era tan grande su poder económico que alcanzaba hasta la vecina Frómista.

Si hay alguien con sensibilidad que no haya estado alguna vez en Frómista le encarezco a que lo corrija. Es una laguna imperdonable, porque ha renunciado a la contemplación de una de las iglesias más hermosas de España. Sentarse delante de ella – ahora han puesto unos bancos de diseño muy aparentes donde antes había un murete birrioso-a contemplar el románico de San Martín de Frómista es una experiencia estética que bien merece un viaje, expresamente. Si además lo quieren completar a la mejor manera antigua, recuerden que a poco más cien metros cuentan con un magnífico lugar de restauración, en el mejor sentido del término; un restaurante veterano donde podrán comer cosas hoy tan insólitas como pichones de campo en salsa. ¡Estamos en Tierra de Campos! Una bacanal de trigales y de pan de verdad. ¡Qué importantes fueron los palomares en la dieta y en la cultura gastronómica antigua! Quien haya conocido de niño los palomares sabrá de qué estoy hablando y sentirá la misma aversión profunda hacia esas ratas urbanas que aún tienen el nombre de palomas.

Cuenta aquel gran historiador y curioso personaje que fue don Ramón Carande, que en su infancia ir de Carrión de los Condes a Frómista, diecinueve kilómetros, llevaba dos horas y media como mínimo. En sus Recuerdos de infancia,golosos para los detalles del mundo palentino, describe cómo era la diligencia, pintada de amarillo y con rayas rojas, único vehículo público usado en la zona hace ahora un siglo. Y también en qué consistían las diversiones de los niños de entonces. Y el mercado de los jueves. Yel peso y rigor de las costumbres religiosas: todos los sábados su abuela entregaba un céntimo a cada pobre que se presentara en la casa, y él recuerda que se acercaba una treintena. Lo que tienen las evocaciones es que no consienten ningún tipo de nostalgia. Cualquier tiempo pasado, ymás si es muy pasado, siempre fue peor, al menos para la mayoría.

Usted puede sentarse en la iglesia barroca del monasterio de San Zoilo y gozar de la magnífica interpretación del Amsterdam Baroque Choir con el notable Koopmann a la cabeza, y vivir una experiencia de sublime satisfacción, una sensación de plenitud intelectual y estética. También, y aprovechando, puede ponerse frente a San Martín de Frómista y contemplar ese esplendor único del románico en su mejor estado de sazón, pletórico de recursos y de procedencias. Son las satisfacciones que consiente una época sin tener que sufrir los rigores de ese pasado. Porque ahí está el secreto y la trampa. Nosotros extraemos de lo que conservamos sólo aquello que nos produce el placer, la satisfacción, el disfrute, y tenemos la suerte de haber podido aparcar, olvidándolo, el dolor, el sufrimiento y las penas sobre las que ha sido levantada esa u otra obra de arte. Una época en la que nadie componía porque se sintiera artista, ni construía porque deseara dejar una página inmarcesible en la historia de la arquitectura, ni siquiera cocinaba como los propios ángeles al asar el pichón para figurar como chef afamado. Las cosas se hacían bien porque había que hacerlas bien si uno sabía hacerlas bien.

Quizá fue por eso mismo que sentí como si me hubieran disparado a la sensibilidad, cuando sentado en la plaza mayor de Carrión de los Condes, frente al Ayuntamiento y bajo un sol de justifica, eché una ojeada a la pared y alcancé a leer: Calle de José Girón de Velasco.Los símbolos de la Falange, metalizados, cuatro cangrejos,hacían las veces de clavos que sujetaban la placa. En el fondo quizá se trataba de algo parecido a la evocación de los palomares, pero en brutal. ¿Quién se acuerda de aquel viejo fascista encanallado que nació por allí cerca? La memoria no tiene nunca el poder de resucitar nada; quizá sólo la vergüenza o la humillación. Los tonos grises del recuerdo.

Gregorio Morán