Músicas de Sevilla, en primavera

En primavera, pasear por Sevilla supone dejarse empapar por las músicas. Como una hermosa mujer, la «ciudad de la gracia» –así la piropeaban los Álvarez Quintero– muestra su belleza. Perfuman el aire el azahar florecido, las jacarandas, las buganvillas, los humildes jazmines y damas de noche... ¿Cómo no elegirla para escenario teatral? En las afueras, en una prisiónfortaleza, sitúa Beethoven «Fidelio» su única ópera. Un coro de prisioneros canta los ideales ilustrados : «¡Oh, qué felicidad poder respirar al aire libre! ¡Solo aquí, solo esto es vivir!».

En el Arenal, un local chiquito ostenta su rótulo, tan viejo como sus sillones, «Barbería», evoca los trinos de Rossini, en «El barbero de Sevilla», que el inteligentísimo Stendhal emparejaba con Mozart...

A Mozart, que logra, en su «Don Giovanni», lo saludo con reverencia la versión definitiva del gran mito sevillano, lo saludo con respeto junto al teatro de la Maestranza: «La ci darem la mano»... En la calle Acetres, en una casa que hoy es una cristalería, nació el melancólico Luis Cernuda: «Si alguno alguna vez te preguntara: / “La música, ¿qué es?” “Mozart”, dirías...».

Junto a Mozart, en el Hospital de la Caridad, admiro las rosas que, según la tradición, plantó don Miguel de Mañara, el presunto modelo de don Juan, y veo su tumba: a la puerta del templo, para que todos pisemos los restos de «el hombre más malo que ha habido en el mundo». ¡Vaya desmesura barroca! Dentro de la iglesia, Valdés Leal sentencia que las glorias de este mundo pasan en un pestañeo («In ictu oculi») pero Murillo nos consuela con la esperanza en la Inmaculada...

Bastan unos pasos para llegar a la estatua de Don Juan, en la Plaza de Refinadores. Y unos pocos más para descubrir, junto a los Venerables, la Hostería del Laurel, de los ripios de Zorrilla: «En ella estáis, caballero. / ¿Está en casa el hostelero? / Estáis hablando con él...».

En la antigua Fábrica de Tabacos, la actual Universidad, trabajaban las cigarreras de «Carmen». No es, no, una españolada más, sino la auténtica tragedia (así se titula el espectáculo de Peter Brook) de una mujer libre, de «un pájaro rebelde», que proclama, triunfal: «El amor, el amor, nunca ha conocido ley». Y la memoria, con sus pícaras revueltas, nos trae a la juvenil Carmen Sevilla, cantando a Quintero, León y Quiroga: «Yo soy la Carmen de España / y no la de Merimée / y no la de Merimée...».

Bajando hacia el río, recuerdo la excursión por el Guadalquivir que evoca, en su «Sinfonía sevillana», Joaquín Turina: «Un sevillano neto –así se definió– que no conoció a Sevilla hasta que se marchó de ella». Ya lo aclaró Antonio Machado: «Se canta lo que se pierde»... Es el mismo río que canta doña Concha Piquer, con letra de Rafael de León: «Ay, ay, ay, ay, no te mires en el río, / ay, ay, ay, ay, que me haces padecer, / porque tengo, niña, celos de él». Por el Arenal parecen resonar las sevillanas del siglo XVIII, que Federico García Lorca recogió y tocó al piano, para que las cantara la Argentinita: «¡Viva Sevilla!...»

Ya no quedan cafés cantantes pero todavía encuentro la huella de los antiguos corrales de vecinos, con sus sevillanas corraleras: «A dibujar tu cara / me puse un día. / Cuando llegué a tus labios / ya no podía. / Porque tus labios / necesitan pinceles / pa dibujarlos».

En el barrio de Santa Cruz todavía quedan espacios íntimos, como la Plaza de Santa Marta, a un paso de la Catedral; o la calle del Aire, tan angosta, según Pedro Salinas, que basta extender los brazos para tocar la pintura rosa de la casa de la derecha y la cal de la pared de enfrente... Canturreo la historia de una joven, de carita morena, que hace soñar a los hombres, según Rafael de León: «Ay, Mary Cruz, Mary Cruz, / maravilla de mujer, / del barrio de Santa Cruz / eres un rojo clavel...».

En la Semana Santa, la gran fiesta de la primavera sevillana, han sonado las marchas procesionales, con ecos de «La arlesiana» o de Puccini, junto a los de melodías populares y ritmos marciales. Subiendo la Cuesta del Bacalao, escuché «Amarguras», de Font de Anta, con su referencia a una saeta, cantada por los presos: «¡Madre mía la Esperanza! / Detrás de estas rejas duras / es la vida más amarga / que la calle l’Amargura: / ni las lágrimas la ablandan». En un balcón de la calle Águilas, cantó una saeta el Sacris y yo recordé a don Manuel Machado: «Canción del pueblo andaluz: / de cómo las golondrinas / le quitaban las espinas / al Rey del Cielo en la Cruz». Sonaron los «pitos» de la capilla musical del Silencio, al entrar en la calle Francos. El Sábado Santo, la Virgen de la Soledad, de los Servitas, se asomó al pórtico de un convento de clausura y, desde dentro, nos llegó el dulce cántico de las monjitas, como en una leyenda de Bécquer...

Al fin, el Domingo de Pascua, muy tempranito, estalló el clamor jubiloso de las campanas de la Giralda: ¡Cristo ha resucitado! Y, con Él, todos nosotros: «Muerte, ¿dónde está tu victoria?». ¡Alegría!

En la Plaza de los Toros, al sacar la almohadilla, el sevillano –define Antonio Burgos– ha vivido su gran rito primaveral. Relucía el coso como una joya de cal, albero y piedra centenaria. Se escuchaba el cerrojo del portón que da comienzo a la Fiesta, el cascabeleo de las mulillas; en una faena inspirada, el pasodoble «Nerva»: el mismo que hizo suspender su faena, una tarde, a mi amigo Manolo Vázquez, para que pudiéramos disfrutarlo...

En la gran fiesta barroca de la Cruz de Mayo, en la sombra de cualquier patio, escucho la copla de Salvador Valverde: «Cruz de mayo sevillana, / cruz de mayo que en mi patio levanté. / ¡Quién pudiera verte ahora / como la primera vez!...». Y en el Corpus, con las calles tapizadas de juncia y romero, oigo el repiquetear de los palillos de los seises, que, vestidos de rosa velazqueño, bailan delante del altar de la Catedral.

En el zaguán del Silencio, entre flores y colgaduras, evoco yo el final de la Segunda Sinfonía de Mahler, la llamada «Resurrección». Canta el coro los versos de Klopstock: «Resucitaréis, sí, resucitaréis, cenizas mías, tras breve reposo». La contralto nos da esperanza: «Ten confianza, corazón mío, nada perderás. ¡Tuyo es, sí, tuyo, todo lo que has deseado, lo que has amado, todo aquello por lo que luchaste!». Y el compositor añade, en la partitura, de su puño y letra: «¡Moriré para vivir!» Eso sueño yo, mientras sigo escuchando estas músicas de Sevilla, en primavera...

Andrés Amorós, escritor y crítico taurino.

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