Musulmanes, laicistas y terror

Semih Vaner, director de investigaciones en el Centro de Estudios e Investigaciones Internacionales (París) y miembro del consejo asesor del Instituto Europeo del Mediterráneo (LA VANGUARDIA, 27/11/03).

Al margen de múltiples factores que remiten a la caótica situación regional y a la política internacional y, más en particular, el absceso palestino-israelí permanente, el embrollo iraquí y la incertidumbre afgana, ¿producirán los espantosos y sangrientos atentados de Estambul los resultados esperados por sus autores, quienes a todas luces pretendían golpear –a través de la comunidad judía y los intereses británicos– a la misma Turquía, su régimen político e incluso el propio Gobierno compuesto por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), de Tayyip Erdogan, de inspiración musulmana o “demomusulmana”, por recuperar una expresión utilizada por Guy Sorman?

En efecto, es posible ver en los atentados la marca de Al Qaeda, un movimiento que posee muchos adeptos y que se ha beneficiado de cierta ayuda local. Sin embargo, debemos tener la precaución, para no sobrevalorarla, de no atribuir de modo exclusivo a dicha organización –que es sin duda poderosa y que no desaprueba este tipo de actos criminales, antes al contrario– todos los atentados, asesinatos o “actos de resistencia” cometidos o llevados a cabo hoy en Afganistán, Turquía, Marruecos y, sobre todo, en Iraq, unos actos que proceden de grupos diversos y que actúan por motivos varios. Tras los primeros resultados de la investigación realizada en la sinagoga Neve Shalom, se ha comprobado que los autores implicados se formaron en Irán. De verificarse, esta información serviría para alimentar las acusaciones dirigidas incluso en Turquía desde hace muchos años contra los servicios secretos iraníes, a raíz de los asesinatos de diversas personalidades conocidas por susposturas en favor de la laicidad, como Bahriye Üçok, profesor universitario;, Ahmet Taner Kislali, antiguo ministro de Cultura, o Ugur Mumcu, respetado periodista. La razón de Estado ha hecho que las complicidades exteriores no se hayan formulado claramente hasta el día de hoy. Es sabido, por otra parte, que el PKK (en la actualidad, Kadek), que coqueteó en ocasiones con el islam político antes de proponer ahora sus servicios a Washington para combatir a Ansar Al Islam, se benefició del apoyo logístico de Siria e Irán, por no mencionar la Grecia de los tiempos de Andreas Papandreu y Theodoros Pangalos.

Un hecho parece seguro: la existencia de connivencias internas sobre las que resulta prematuro decir si son de orden individual u organizativo. Si son de orden individual, recordemos también sin realizar paralelismos apresurados que a veces hay ciudadanos estadounidenses o británicos entre los comandos que actúan contra los intereses de Estados Unidos o Gran Bretaña. Con todo, es probable que las organizaciones que apelan de forma abusiva al Islam y que defienden la violencia tengan más posibilidades de reclutar nuevos miembros en Turquía que en Gran Bretaña, por limitarnos a los mismos ejemplos.

Detengámonos aquí en las consecuencias políticas de esos atentados en la propia Turquía, una cuestión que dista mucho de ser baladí tanto desde el punto de vista de ese actor regional cuya estabilidad resulta esencial para la de los Balcanes, Oriente Medio y el Cáucaso meridional, como desde el punto de vista de las resonancias que su experiencia democrática –que incluye una forma de islam político– podría tener en el conjunto del mundo musulmán. No cabe duda de que los dolorosos acontecimientos de la semana pasada envenenarán el debate entre musulmanes y laicistas, que existe ya desde hace muchos años pero polarizado un poco igual que en Francia en torno a ciertos símbolos (como el velo). Lo que está en juego se vuelve ahora más serio y dramático.

La subida del AKP es menos un fenómeno político que social, identitario incluso; pone de manifiesto la reaparición de un islam escondido, reprimido y silenciado. En este sentido, parece difícil evocar la “reislamización” de la sociedad turca, puesto que el islam siempre ha estado presente. Este auge recuerda también la dualidad de la sociedad turca, “las dos Turquías” que se pudieron percibir hasta la década de 1950 en términos de ciudad y campo. El kemalismo –es decir, ante todo el laicismo que inició la guerra de independencia nacional, no sin apoyarse en los notables locales e incluso en los jeques religiosos– se impuso a partir de la década de 1920 en las ciudades y convirtió Ankara, que era al principio una aldea, en el símbolo de la nueva república.

Además, la oposición entre “las dos Turquías” sólo es una imagen –y más en nuestros días– en la medida en que esa contradicción tiende a atenuarse en el plano espacial con la urbanización, la movilidad social, el desarrollo de los medios de comunicación; sin olvidar, de todos modos, que el Este anatolio escapa casi en su totalidad al dinamismo del que benefician las demás regiones del país. Asimismo, no es posible plantear la cuestión religiosa en términos de una oposición binaria entre los “laicos” por un lado, los “integristas” por otro; existen comportamientos híbridos, por no hablar de las especificidades de los “musulmanes” turcos, una parte importante de los cuales –y a menudo las mujeres– ha realizado una especie de “aggiornamento” con la modernidad. El AKP se inscribe dentro de esta evolución política e ideológica, en un contexto de mutación social y cultural: se ha emancipado de la tutela de las grandes formaciones heteróclitas aprovechando la liberalización política.

La evolución del sistema político competitivo y parlamentario depende ahora de la actitud de los “conservadores musulmanes” obligados a identificar con claridad a los autores de los crímenes y reaccionar con firmeza contra ellos. Sin embargo, depende también del comportamiento de los laicistas, algunos de los cuales han empezado a hacer amalgamas entre terroristas e “islamistas en el poder”. El laicismo –y no la laicidad– podría ejercer, en efecto, una función antidemocrática. La laicidad –o mejor aún, la secularización– es una situación de hecho, una situación histórica y sociológica, un consenso entre el Estado y la sociedad civil, un proceso, una síntesis, eventualmente un principio. En cambio, podemos otorgar a la palabra laicismo una dimensión de militantismo y voluntarismo, de laicidad de combate, a menudo de un dogma, al lado también del principio, ya que cabe pensar que no habría laicidad sin una forma de laicismo. Esta distinción llama la atención sobre un comportamiento, una actitud, una orientación, incluso un rasgo ideológico. En el caso de Turquía, el laicismo sigue caracterizando todavía hoy el comportamiento de una gran parte de la elite civil y militar frente a una expresión política de la sensibilidad piadosa, pero también sencillamente frente a la religión, a la que tiende a considerar como una fuente de atraso. Aún hoy el término “laiklik”, convertido casi en consigna, en palabra fetiche, se utiliza para denunciar las maniobras de los “islamistas”, más que para la defensa de su verdadero contenido.

En contra de ciertos comentarios de la prensa occidental que colocan el acento en las “organizaciones islamistas turcas” para intentar desacreditar el régimen político de Ankara y por ende la propia Turquía, los grupúsculos islámicos, ya se trate del IBDA-C o del Hezbolá local, son marginales; corren el riesgo de sufrir una marginalización aún mayor mientras el AKP ejerza el poder gubernamental. El anciano de barba blanca y gorro verde, seguramente elector del AKP, al que hemos visto en las imágenes de la televisión francesa llorando ante el ataúd de su hijo, que es probable que fuera un vendedor callejero situado frente al consulado británico, no comprenderá esos atentados; es muy posible que, como un número muy elevado de compatriotas, albergue odio contra los autores y comanditarios del atentado. Ya sean las connivencias individuales u organizativas, sus militantes no tienen ninguna posibilidad de hacerse con el poder, ni siquiera de amenazarlo. Su capacidad para causar daño seguirá siendo muy limitada.