¿Nace Jesús en las pantallas?

El posmoderno piensa que la realidad está compuesta de fragmentos e instantes, y de pequeños relatos, metaforizados por los mil relatos de internet, una especie de relato invisible. «No hay nada en que creer» es su dogma principal. La cultura, falta de toda autoridad moral y un centro ideal, está hecha de frases dichas por alguna celebridad, a base de píldoras de sabiduría circunstancial que remplazan los viejos refranes pero sin su fundamento de miles de años. El futuro, lleno de incertidumbre, se ve como una amenaza y provoca miedo. Aquí se considera el lado espiritual de películas comerciales occidentales de las últimas temporadas.

El mundo moderno, organizado según la lógica del mercado, es el vaciamiento de la creencia compartida. Cada existencia es un grito desnudo en el desierto de la especulación. Como bien se ve en Medianeras -película de Gustavo Taretto-, estamos solos. El reconocimiento del otro sólo es aceptable en la medida en que no resta ninguna posibilidad a la realización del yo y, más aún, en la medida en que éste puede utilizar a aquél para sus planes. De ahí la proliferación de oportunistas que escalan poniendo a los demás por escabel de sus pies aunque, en ocasiones, tengan ellos que tenderse como alfombras para que pase quien puede repartir prevendas. «Lo que causa placer a quienes cometen ultrajes es que piensan que el portarse mal les hace superiores», dice Aristóteles.

El ser humano está invadido por la tristeza y el miedo, con frecuencia trasformados en desesperación, que no sabe de dónde le vienen. Todo es fruto del azar, todo es deseo irracional, instinto frente al dominio de sí mismo, desarraigo, vacío y desilusión frente al idealismo. En su interior, mucha gente está convencida de estar viviendo un fiasco espiritual, sin privacidad, anterior y mucho más profundo que la simple crisis financiera, como Mercado de futuros deja ver. La ibertad no es más que una palabra porque vivimos y estamos determinados por el influjo de los astros. El mundo se parece a un abismo o un caos que no está en ningún lugar ni tiene márgenes. La atracción del abismo encarna el mal absoluto.

«Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno», dice un personaje de Borges. Sólo sufrirá desilusión quien se ilusione porque no hay ninguna razón para hacerlo. Los griegos llamaron hybris a la actitud de la voluntad humana que pretende equipararse y revelarse contra los dioses. Existen grupos, castas y clases que quieren tomar completa posesión de su existencia y de la de los demás y se creen al margen y a salvo de todo. Cuanto mayor es su influencia y su impacto, menor es su visiblidad. ¿Quién decide sobre el mercado y las agencias de evaluación? En Melancolía un personaje dice: «La vida es nada».

Para escapar del vacío brutal y abismal de sí mismo, los protagonistas de Leaving Las Vegas se entregan al alcohol y a la autodestrucción. El viaje en busca del amor resulta ser un viaje a los infiernos. No huyen de la muerte, la consuman como cifra del amor imposible. Occidente mira hacia la ventana vacía a través de la cual debería aparecer el Santo Padre -Habemus Papam-, esperando que algo surja de la nada.

La Humanidad tiene necesidad de afianzarse, de hacer pie en tierra firme; no puede aguantar el desfondamiento social ni individual. Películas y series de ciencia ficción y de terror buscan fuera del yo y del presente una referencia que falta en la vida normal. En Godzilla, el mal, encarnado en el monstruo, viene de un país lejano más poderoso que ningún otro. En The village, una comunidad llega al bosque escapando de la ciudad y de la civilización, que son la personificación del mal, para vivir en medio de la naturaleza, símbolo de la pureza. Avatar escenifica la dialéctica y la lucha entre el bien, la naturaleza pura, y el mal, la civilización occidental. Como sustituto de la religión, promueve el culto a la naturaleza, metáfora del paraíso terrenal, y un cierto politeísmo, en línea con una serie de movimientos que tratan de recuperar el paganismo de antaño. Muchos locutores de diferentes medios quieren obligar a sus seguidores a prescindir del mundo oculto detrás de los espejos cuando les ordenan: «Sea usted feliz».

Como muestra Verbo, no sirve de nada querer abrazar el optimismo olvidando el vacío y la angustia vitales porque vivimos en un mundo sin salida. La ciencia reducida a la tecnología y la verdad reducida a medidas y hechos precisos no resuelven los profundos dilemas con los que se enfrenta el ser humano porque los problemas propiamente humanos son técnicamente insolubles. El bien y el mal, el odio y el amor, el rencor y el perdón, el ángel y la bestia, como se ve en La cinta blanca, La vida de los otros, Un dios salvaje, Pa negre y otras muchas películas. Son constitutivos e integrantes esenciales de la naturaleza humana herida y arrojada fuera del paraíso terrenal al que no puede volver porque a su entrada hay vigilantes insobornables.

Un canto al amor desinteresado e incondicional, y un rayo de luz y de generosidad sobre las tinieblas que lo envuelven todo, despuntan en Another year y El niño de la bicicleta en las que sobrevuela una cierta nostalgia de lo absoluto sin ninguna referencia expresa a la religión. A pesar de un guión trufado con citas y referencias bíblicas, la ausencia de Dios está siempre presente en El árbol de la vida, que busca respuestas al origen y al significado de la vida pasando de lo íntimo y doméstico a los límites infinitos del espacio y del tiempo.

El ser humano se ha dado a lo largo de la Historia muchos modelos e iconos. Entre los más recientes podríamos contar Marx, Mao, el Che, Jobs, un cantante, un futbolista y algunos gurús de éxito que han suplantado a los filósofos. Pero antes y después, y por encima de todos ellos, para creyentes e incrédulos, está Jesús, que no es el autor de la catástrofe actual, ni de obras faraónicas buscando votos para perpetuarse en el poder; ni de productos tóxicos; ni siembra dudas sobre el futuro ni busca impunidad a sus acciones.

Para el creyente, el nacimiento de Jesús es un acontecimiento histórico extraordinario que no puede ser explicado por la lógica. Dios en Cristo se hace fragilidad, transitoriedad, mortalidad, abraza todas las debilidades humanas menos el pecado: el verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros. «¡Qué misterio máis fondo!», exclama C. E. Ferreiro. La respuesta del hombre ante el pesebre no puede ser más que el sobrecogimiento, el anonadamiento, el asombro y la contemplación en silencio del silencio de Dios. Sólo guarda silencio quien tiene algo que decir; los demás callan.

Million Dollar Baby, Gran Torino y otras suponen la existencia del Dios cristiano; en la última, el protagonista, como un redentor, se entrega a la muerte para salvar a los más débiles. Por amor, fortalecido por la fe, y contra la voluntad de su hija y de otros muchos, la madre y heroína de The conspiration decide dejarse ahorcar antes que denunciar al hijo.

«Caminante no hay camino, se hace camino al andar», dijo Machado. No hay un modelo de vida cristiana aunque hay muchos ejemplos de entrega a los demás. El acontecimiento surge allí donde cada uno se lanza en pos de aquello que se oculta detrás de la angustia y la provoca. El caminante incorpora a su vida lo que le sale al encuentro y lo desoculta y hace su despejamiento de Jesús al caminar.

La crisis de fe, que sitúa al hombre en el ámbito de la trascendencia, no se vence con reformas, pero hay que exponer sus contenidos con palabras inteligibles a los hombres y mujeres de hoy. Hay cristianos que tienen iglesia, que puede guiarles, orientarles y marcarles pautas. A veces, la maraña tan espesa de creencias, dogmas e instrucciones con que las iglesias envuelven el mensaje no lo deja ver con nitidez. El cristiano sin iglesia debe caminar solo. La caridad es el guía inequívoco de todo cristiano. Donde hay caridad y amor, allí está Dios.

Por Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor. Autor del blog Diario nihilista.

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