Nacido para no ser leído

Por Josep López de Lerma, abogado. Fue elegido diputado en el Congreso por primera vez en 1982 en las listas de CiU y repitió en las siguientes legislaturas hasta 2000. Fue vicepresidente de la Cámara Baja, portavoz del Grupo Catalán y miembro de la Ejecutiva de Convergència (EL MUNDO, 10/11/05):

El histórico dirigente de Convergència i Unió publicó ayer un revelador artículo en el diario económico ‘Expansión’ en el que realiza una profunda crítica al proyecto de Estatuto catalán, al que llega a considerar «un disparate». Por su interés, reproducimos el texto íntegro.

El proyecto de Estatuto para Cataluña está redactado desde el barullo. Barullo en su necesidad innecesaria, en su gestación y en su redacción, que alcanza a lo identitario, a lo competencial, a lo individual, a lo numérico, a lo conceptual e incluso a la técnica legislativa usada. Pero parece que de esto nadie se ha enterado y que menos han sido todavía los que han valorado las repercusiones que puede tener en el futuro el texto remitido a Madrid.

Sólo así se entiende que el preámbulo, infame en lo conceptual y contradictorio en lo terminológico, no haya merecido la repulsa de un solo editorialista de Barcelona. O que en un país de sobriedad reconocida, como el nuestro, la retórica complaciente e impropia de un texto jurídico alumbre el proyecto estatutario. O que ningún padre proteste por ver limitada su responsabilidad «al marco de la comunidad educativa», regida por la Administración, como si Cataluña fuera la Cuba de Fidel Castro. O que ningún liberal, si todavía existen, proteste por el uso y abuso de verbos como «regular», «controlar», «intervenir», «ordenar» o «planificar», usados en 428 ocasiones en un texto de 247 disposiciones.

O que multiplique por 25 las apelaciones a la planificación que hace el vigente texto constitucional en homenaje póstumo, supongo, a Marx y a otros profetas de un sistema económico y social fracasado como es el comunismo. O que introduzca el indeterminado concepto de renta garantizada de ciudadanía, cuyo coste asegura nuevas cargas fiscales de alta cuantía recaudatoria, o que regule, incluso, el ambiente atmosférico en esa línea de ecologismo de campanario que sufrimos.

O que, atención colegios profesionales, dé a la Generalitat el derecho a manosear el modelo organizativo, presupuestario y disciplinario de los profesionales liberales. O, incluso, la regulación de la denominación de las asociaciones de tiempo libre, cosa a la cual nunca se atrevió el general Franco.

Supongo que por eso se niega, y con razón, que el Estatuto diseñe una Generalitat intervencionista; de hecho, se concibe como soviética respecto de la sociedad y de las personas la ciudadanía, a la cual debe servir, pero en la cual no se cree. Sorprendente es, y doloroso, que esa sociedad civil haya hecho mutis por el foro sobre el contenido de la reforma, que alegremente ha apoyado, pero que parece ignorar.

O el Estatuto ha nacido para no ser leído ni tampoco creído -pero, de aplicarse, se aplicará si resulta aprobado- o se ha dimitido del modelo liberal, emprendedor, creativo, moderno, responsable e innovador que Cataluña ha labrado en siglos, para caer en brazos de otro cuyo motor, regulador y árbitro es la Administración.Qué cosas, señores, se han escrito en sede parlamentaria. Pero, ¡si hasta la visión del paisaje se socializa! ¿Y ahora quién arregla este disparate?