Nación, Patria, Estado

Tomo el título y lo esencial de cuanto sigue del profesor Luis Suárez Fernández, exponente de nuestra más sólida historiografía. La palabra nación significa, en principio, nacimiento. Decimos así: «sevillano de nación» de quien ha nacido en la ciudad del Betis. Como es conocido, al Concilio de Constanza –principios del siglo XV–, fueron convocadas las cinco naciones de la Cristiandad: Alemania, Italia, Francia, España e Inglaterra. Suárez explica el orden de su enumeración. Cada una de estas naciones estaba formada por varios reinos, los cuales mostraban, no obstante, una vigorosa tendencia a su fusión en uno solo. Fernando e Isabel fundaron la Monarquía Católica, nombre oficial que, tras la final incorporación del Reino de Navarra, aunó territorialmente lo que hoy conocemos como España, lo que milenio y medio antes se había ya identificado como Hispania.

Paradójicamente, el término Estado, que también llegará a entenderse como relativo a la personificación jurídica de la nación, tiene origen mucho más modesto, pues sirvió para designar los dominios privativos de un rey, príncipe o señor, y de los cuales estos obtenían las rentas precisas para el sostenimiento de sus funciones. En Italia, lo «stato» aludía a la forma en que aquellos administraban o regían la comunidad política a su cargo.

La palabra patria, por último, posee la misma raíz que las palabras paternidad y patrimonio y alude a la herencia que cada generación recibe de la precedente. Herencia constituida, como todo patrimonio, por un conjunto de bienes –materiales e inmateriales–, así como de unas obligaciones, cargas y gravámenes de análoga naturaleza. Parece que en el derecho romano arcaico era obligación del causahabiente que aceptaba la herencia, conservarla y, lo que es más notable, mejorarla. En todo caso, no merecería aplauso el indolente abandono, menos aún, la pródiga dilapidación, de una herencia por parte quien la acepta. Porque, en efecto, una herencia puede no ser aceptada. Lo que resulta inconcebible es que quien la rechaza se obstine en destruirla, lo cual constituye además un delito.

Más precisamente, el gran historiador de la cultura Jacob Burckhardt planteaba la cuestión en los siguientes términos: cada generación entrega a la siguiente un patrimonio en el sentido descrito. Esta puede aceptarlo con el propósito de conservarlo inalterado: tradicionalismo paralizante. Puede rechazarlo con la intención de formar otro ex novo: no otra cosa es la revolución. Y puede, en fin, aceptarlo con la responsable pretensión de mejorarlo, esto es, con la voluntad de enriquecerlo para transmitirlo así a la siguiente generación: tal es la actitud auténticamente progresista según la concepción morentiana del progreso. Como es sabido, para García Morente progresar consiste en realizar valores, en conservar y potenciar los ya logrados, y en descubrir otros nuevos, pues, como decía Julián Marías, «los valores se descubren, como se descubren los continentes y las islas». No se entiende cómo, en el debate político, se ha dejado la bandera del progreso como exclusiva y propia de la izquierda.

Pasado y futuro definen el vector existencial de la Patria, porque la historia conforma sus instituciones, y el patriotismo, entendido este como aspiración al progreso de la misma, la proyecta hacia adelante como misión colectiva. El sentimiento patriótico, a diferencia del sentimiento nacionalista, se afirma en sí mismo, no frente a nadie. No es beligerante. Se puede y debe ser un perfecto patriota español y convivir, e incluso colaborar sin reservas, con los patriotas de otras naciones. Y esto vale igual en relación con la patria grande que con la patria chica. E incluso con cualquier proyecto de integración supranacional, como el que debería inspirar una sana y realista Unión Europea. ¿No se habló de la Europa de las patrias?

Decía Menéndez Pelayo refiriéndose a España que su singular unidad geográfica no excluye en absoluto su rica pluralidad. Cordilleras, ríos, climas, han forjado la diversidad de nuestra psicología, de nuestros peculiares caracteres regionales, como hombres de la mar, de la montaña o de las abiertas y extensas mesetas. Nuestra unidad geográfica no es, como la de algunas naciones, una unidad continua, una monótona uniformidad, sino una unidad orgánica, armónica. Por eso, subraya Todolí, el olvidado sabio montañés consideraba el separatismo como un auténtico suicidio, porque el separatismo rompe los cauces por los que se comunica entre las regiones el caudal de vida económica, cultural, religiosa que la comunidad ha acumulado en su unidad geográfica e histórica. Bien lo estamos viendo.

Desde la Transición –y aún antes, desde las postrimerías de la época de Franco–, viene imponiéndose el uso de toda clase de términos elusivos de la palabra España, y ello tanto en el discurso político como en la mayoría de los medios llamados de opinión, tantas veces de manipulación. El nombre de España es, sin embargo, el que mejor expresa la identidad histórica y proyectiva de nuestra Patria. «Estado» es mera forma política cambiante; y de «país» deriva «paisaje», elemental referencia a un entorno más o menos pintoresco. Huelga repetir la suerte de acciones y omisiones que en contra nuestra historia y nuestra lengua común –«la sangre de mi espíritu es mi lengua», decía Unamuno en rotundo soneto–, nos han traído donde estamos. El llamado problema catalán es buena muestra de ello, como el vasco, el gallego, el canario…

Hace años que la Real Academia de la Historia se pronunció ejemplarmente, en cumplimiento de lo previsto en su R. C. fundacional (1738), sobre el contenido manipulador de los textos de Historia al uso en nuestros centros de Enseñanza Media, recordando que era su misión «[…] aclarar la importante verdad de los sucesos, desterrando las fábulas introducidas por la ignorancia o por la malicia». Desconozco si se ha producido manifestación institucional semejante por parte de la Academia de la Lengua en cuanto a la persecución autonómica del español, y no digo castellano –el hermoso romance de Berceo–, porque, al parecer, es únicamente en España donde no se habla el idioma que es propio de quinientos millones de seres humanos.

Como escribió Quevedo: «[…] siendo nuestra España para todos patria igual y hospedaje […] ¡Oh desdichada España! revuelto he mil veces en la memoria tus antigüedades y anales, y no he hallado por qué causa seas digna de tan porfiada persecución!». O como nos exhortó Darío, el de las Ínclitas razas ubérrimas, el de la Salutación del optimista, con ansias de hispanidad: «Únanse, brillen, secúndense, tantos vigores dispersos; formen todos un solo haz de energía ecuménica”. Y, como también se preguntaba el vate nicaragüense, podemos nosotros repetir: «¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?/¿Callaremos ahora para llorar después?».

Leopoldo Gonzalo y González es catedrático de Hacienda Pública y Sistema Fiscal y miembro del Foro de la Sociedad Civil.

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