Nacionalismo y patriotismo

¿Es el nacionalismo bueno o malo?, se preguntaba Sebastián Haffner en uno de sus más celebrados ensayos. Para aventurarse luego, aquel maestro del «sin embargo» en una serie de ejemplos y disquisiciones que demostraban que puede ser ambas cosas. En efecto, el nacionalismo ha traído, por lo menos, tantos desmanes como venturas, tantos crímenes como liberaciones, tantas pesadillas como sueños, habiendo sido comadrona de naciones y perdición de las mismas. Alemania tiene ejemplos de ambos casos, llevándola a dos unificaciones y a dos desastres, el segundo tiznado de crímenes contra la Humanidad. De ahí la mala fama que el nacionalismo tiene hoy en aquel país, al menos entre sus elites pensantes, porque ya se dice que la mala hierba nunca muere.

En cualquier caso, puede haber, como con el colesterol, un nacionalismo bueno y otro malo. Y para no confundirlos más de lo que están, vamos a echar mano del rico idioma español a fin de no confundirlos: al nacionalismo bueno lo llamaremos patriotismo. Y al malo, nacionalismo a secas. Patriotismo es amar la tierra que le vio a uno nacer, a sus gentes, su lengua, sus costumbres, su comida, sus virtudes, incluso sus vicios, que son también los nuestros, al estar incrustados en nuestra naturaleza. Pero todo ello sin exagerar, dejando margen al resto del mundo, que es ancho y variado. Nacionalismo, en cambio, es convertir todo eso en un credo, en una religión laica, en un ideario que se apodera no sólo de la política de un país, sino también del alma de sus habitantes, convirtiéndose en un Moloch al que hay que sacrificar todo, incluidas vidas y haciendas. El nacionalismo, en fin, es una idea abstracta, al mismo tiempo que un impulso que viene de las entrañas, que se impone a todas las demás consideraciones y que, cuando se convierte en pensamiento único de un pueblo, deviene en fascismo. Suena duro, ¿verdad? Pero ahí están las borracheras históricas que ha traído para demostrarlo.

En cualquier caso, las diferencias son claras. Aunque parten del mismo tronco —la tierra y la comunidad en que se ha nacido—, patriotismo y nacionalismo son muy distintos, pudiendo incluso llegar a ser opuestos. Me estoy refiriendo a que, mientras que el primer componente del primero es el amor, el del segundo es el odio, el rencor, la aversión, el desprecio, tal vez porque, como decía Voltaire, «el desear lo mejor para nuestro país conlleva a menudo desear lo peor para los vecinos». Otra diferencia importante es que mientras que el patriotismo incluye la responsabilidad, tanto hacia nuestro país como hacia los demás, esa responsabilidad se diluye ante la arrolladora fuerza nacionalista, que hizo decir a Richard Aldington: «Se trata de una forma de incesto, de nuestra propia idolatría», y advertir a E. W. White: «El nacionalismo tiene dos rasgos fatales para sus devotos: la alegre sensación de ser superior a los demás y la de estar frente a ellos». Algo que, inevitablemente, lleva a la confrontación, justificada ante nuestros ojos, al considerarlos inferiores y tener por tanto ciertos derechos sobre los mismos. Y, en sentido contrario, a creer que nos roban, nos estafan o nos oprimen, sentimientos que bullen en el corazón de todo «buen» nacionalista.

Hay que tener también en cuenta que toda nación es una sociedad unida de antiguo no sólo por su tierra, su historia, sus costumbres, sus intereses, sino también por el recelo hacia los vecinos (y simpatía hacia los vecinos de los vecinos, podría añadirse), que ha llevado a tantos conflictos y a tantas alianzas, inútiles muchas veces. Todo ello con un componente de tipo psicológico: el individuo busca en el colectivo nacional la redención de su insignificancia, al identificarse con los héroes y hazañas de su nación. En otras palabras: el nacionalismo es una terapia para liberarse de los complejos de inferioridad del hombre-masa. Basta ver y oír a las multitudes enfebrecidas agitando banderas y entonando himnos, conducidas por líderes mesiánicos, para confirmarlo.

Creíamos que la Segunda Guerra Mundial, provocada por los nacionalismos tornados fascismos, y sus muchos millones de muertos habían acabado con ellos, al menos en el principal escenario de la masacre, Europa, que quedó, además, en ruinas. Pero estamos viendo que habíamos pecado de optimistas. Esa llamada telúrica, esa «forma moderna de tribalismo», como lo llamó Robert Shnuyerson, esa «enfermedad infantil de las naciones, su sarampión», según Albert Einstein, que es el nacionalismo, sigue vivo y, en algunos casos, incluso pujante, azuzado por la crisis, campo fértil para los mismos. Ni siquiera haber visto la Tierra como una gota azul en el espacio, sin fronteras ni naciones, nos ha hecho olvidarlo. Y es que los instintos atávicos son mucho más fuertes que la razón, sin que puedan borrarlos todos los avances de la ciencia.

Tendrá que ser la realidad, la humilde, dura, cristalina realidad la que nos cure de tal trastorno. Pues la realidad no se deja deslumbrar por los espejismos ni obedece a los complejos de superioridad o de inferioridad. Una aspiración colectiva, por fuerte que sea, tiene que asentarse en datos objetivos para poder realizarse, teniendo siempre como límites las condiciones reinantes y la capacidad de alcanzarlos. Si esto ocurre a las naciones convertidas ya en Estados, no les digo nada de lo que sucede a las naciones que todavía no han logrado ese nivel.

También la historia juega un papel importante en ese proceso, que necesita el viento de popa para llegar a su meta. Y la historia, en estos momentos, o puede que ya para siempre, avanza en sentido contrario a los tribalismos y nacionalismos. E intentar oponerse a la marcha de la historia es tan peligroso y frustrante como oponerse a la realidad, tal vez por ser realidad e historia parte de la misma cosa, como lo son el espacio y el tiempo. «Pero se mueve», dijo Galileo a los ridículos tonsurados que le habían obligado a desdecirse del mundo copernicano, sabiendo que la historia y la realidad terminarían dándole la razón. «Mi patria es el mundo; mi raza, la humanidad», decía el poeta, adelantándose como siempre al futuro. Y basta abrir los ojos para darse cuenta de que nos movemos hacia la globalización, de que nos alejamos de las fronteras y de las naciones, aunque siempre habrá quien las añore, pues por algo somos hombres, una de cuyas características es la capacidad de tropezar, no dos, sino cien veces, en la misma piedra.

José María Carrascal, periodista.

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