Nacionalismos carbonizados

En estos días regios en los que andamos a vueltas con los niños malos y los buenos, yo ando en otra dicotomía: Mis almuerzos con gente importante, de José María Pemán, y Mis almuerzos con gente inquietante, de Vázquez Montalbán, me han hecho pensar que lo sucedido en Cataluña durante los últimos meses es consecuencia de que la gente importante (la burguesía) se ha vuelto inquietante, mientras que la gente inquietante (la CUP) se ha vuelto importante.

El Día del Libro de 1970, Francisco Candel estaba escribiendo una dedicatoria en el Paseo de Gracia cuando vio llegar al ministro de Información y Turismo, Sánchez Bella. La ira carcomía a Candel porque la censura había prohibido su último libro, así que le espetó al ministro:

—¿Usted se ha propuesto meternos al pacto del hambre a los escritores españoles o qué?

Sánchez Bella tuvo que recurrir al director general de Cultura Popular, Thomas de Carranza, quien nada sabía de aquel manuscrito. Entonces el escritor les explicó que los censores habían tachado la palabra “coño” usada como interjección…

—A estas alturas, en España no se puede prohibir la palabra “coño” —respondió el director general.

Y en el prólogo de Algo más sobre los otros catalanes, la obra que finalmente pudo ver la luz de los ojos de los lectores, Francisco Candel sentencia: “Yo creo que con aquella taxativa frase del Carranza acababa de entrar la apertura en España”.

Decía Campomanes que la invención de la aguja de coser le parecía de más utilidad que la Lógica de Aristóteles. Meses antes de la muerte del dictador, otro censor le había pedido a Victoria Vera que, la noche del estreno de ¿Por qué corres, Ulises?, se pusiera un imperdible en la túnica porque podía salirse un seno. Ella ignoró al censor y el seno acabó saliéndose. Treinta y cinco años de dictadura empezaron a derribarse por el desprecio a un imperdible, no por ninguna filosofía.

Por fin la libertad se había posado en España; solo un militar extemporáneo quiso cortarle las alas mientras gritaba: “¡Se sienten, coño!”.

¿Qué ha pasado en Cataluña para que otros golpistas, pisoteando los cuarenta años de mayor libertad, hayan protagonizado la Revolución de las Sonrisas Fascistas, aboliendo el propio Estatuto catalán como si fueran los nacionales en 1938? ¿Qué ha pasado para que griten “Las calles siempre serán nuestras”, como Fragas resucitados? ¿Qué ha pasado, en fin, si en el tardofranquismo ni Candel ni sus amigos conocían a ningún separatista…?

Uno de esos amigos, Javier Fábregas, comentaba: “El catalanismo no ha sido nunca separatista. El separatismo me parece una actitud retrógrada, una actitud negativa, pues yo creo que la vocación del hombre ha de ser la de reunirse con otros hombres, sean de donde sean, y no la de separarse”. Otro amigo, Joan Farrés, añadía: “Lo primero que hay que solucionar es tener un poco más de libertad lógica y normal para poder escribir y explicarte en tu idioma, dar auténticas facilidades a la cultura catalana. Solo cuando esto se haya solucionado de verdad se le podrá criticar a la gente los excesos que cometan con su catalanismo”.

Lo que ha pasado, evidentemente, es el adoctrinamiento en las escuelas y en los medios de comunicación, públicos y privados; y una lluvia de millones que ha manejado la Generalitat a golpe de subvenciones a los acólitos; y que Rajoy, como todos los presidentes desde González, ha sido un fabricante de independentistas no por acción, sino por omisión; y que los convergentes han querido tapar corruptelas con esteladas; y que, durante la última década, el corazón de la economía española se ha vuelto demasiado rígido por la crisis…

A finales del XIX, mientras España sangraba por la pérdida de los últimos restos del imperio, el sentimiento catalanista se hizo más intenso al desaparecer aquellos mercados; Companys aprovechó la herida que la Revolución del 34 había abierto en la Segunda República para proclamar el Estat Català; y Artur Mas, en plena crisis económica, le pidió a Rajoy en la Moncloa privilegios fiscales para Cataluña. Los ricos, otra vez, querían ser más ricos a costa de los menos favorecidos; en eso consiste el nacionalismo. (A quienes, con simpleza y demagogia, sostienen que votar siempre es igual a democracia, supongo que les parecerá bien que los españoles votemos sobre la eliminación de los privilegios fiscales de navarros y vascos —el Gobierno de Rajoy aumentará estos últimos para que el PNV apruebe los presupuestos—).

En Algo más sobre los otros catalanes, Francisco Candel cuenta que, en su barrio, la mayoría de gente formaba parte de esos otros catalanes (hoy llamados charnegos). El cura, para no discriminar a ningún feligrés, celebraba casi todas las misas en español y unas cuantas en catalán. Y el libro de seguir la misa estaba escrito en ambos idiomas. ¿Tanto hubiera costado imitar ese método en la enseñanza catalana…? No se ha querido hacer por lo que un periodista holandés, Marcel Haenen, definió como “el ego catalán” (después de treinta minutos hablando en dicho idioma —sin traducción—, Trapero dijo que iba a responder a las preguntas de los periodistas catalanes; entonces, Marcel le pidió que hablara en un idioma que todos pudiesen entender; al negarse, abandonó aquella rueda de prensa sobre el atentado en Las Ramblas).

En la Cataluña de los 60, las paredes de las calles y los hitos de las carreteras estaban llenos de frases a favor de Jordi Pujol, encarcelado por su oposición al franquismo. Candel también vio la inscripción: “Volem bisbes catalans i monjas suecas”. Años después, Pujol diría que quería implantar en Cataluña un socialismo a la sueca; Josep Pla le contestó, sarcástico, que desconocía que hubiera suecos en Cataluña.

Vázquez Montalbán también estuvo en la cárcel (por gritar en una manifestación “Huelga general” y “Muera el general”). Cuando murió Franco brindó con cava, aunque decía que contra Franco se vivía mejor. Una de las personas inquietantes con las que almorzó fue Miquel Roca: con la ventaja que da el paso del tiempo, producen rubor las alabanzas que Roca le dedica a Pujol. Y sorprende saber, leyendo el almuerzo con Heribert Barrera, que los socialistas de Felipe González —hoy fervientes valedores del 155— querían reconocer el derecho a la autodeterminación en los 70.

Barrera y Montalbán almorzaron arròs negre en el restaurante Llúria de Barcelona. Al final de la conversación, el creador de Pepe Carvalho parece mirar a este 2017 que también muere:

—Un día el pueblo catalán volverá a Esquerra como vuelve el agua a su cauce.

—No lo dude —apostilló Heribert.

Que vuelva a haber un presidente de ERC posiblemente dependa del PSC; y, salvo en circunstancias excepcionales como las vividas en octubre, cuando los socialistas han tenido que elegir entre nacionalismo y Constitución han elegido la primera opción.

Hace unas semanas, en el Espai d’Art Contemporani de Castellón, me encontré con el catalanista Vicent Marzà, conseller de Educación porque así lo han querido los socialistas valencianos. Con toda la templanza que mi enojo permitió, le reproché que hubiera introducido la inmersión lingüística en las escuelas, imponiendo el valenciano a mi hijo. Él se escudó en los consejos escolares (como si estos no hubiesen decidido según el plan educativo de Marzà, que han tumbado distintas sentencias judiciales por discriminar el español) y en el Ministerio de Educación (con Méndez de Vigo negando que haya problemas en los colegios catalanes y afirmando que vería con agrado que Puigdemont se presentara a las elecciones, ¿cómo no iba a sentirse respaldado el conseller?). Al ver que no me convencía, me dejó con la palabra en la boca y se fue; él, que pide diálogo para solucionar la crisis catalana.

Si el pálpito popular late en las pintadas callejeras, el pálpito político late en las placas: el Ayuntamiento de Castellón, donde gobiernan en coalición los socialistas y Compromís, las quiere quitar todas —están en valenciano y español— y sustituirlas por placas solo en valenciano.

Donde hay nacionalismo hay intolerancia, imposición, fanatismo. Almorzando en casa del general Primo de Rivera, Pemán respiró un ambiente de “locura patriótica y ausencia de libros”. Y en el Hotel La Perla de Pamplona, silabeó al general Cabanellas:

—Mi general… creo que se ha matado y se está matando todavía por los nacionales demasiada gente.

“Cabanellas pensó casi un minuto, y me contestó gravemente: Sí…”.

Nunca entendí los egos identitarios; ¿acaso no somos mortales, como lo es nuestro planeta? Nos envolvemos en dioses y banderas para intentar superar el miedo a la muerte, aunque ha sido invocando las religiones y los nacionalismos cuando más se ha matado. Deberíamos disfrutar de las pequeñas cosas y no darles tanta importancia a las supuestamente grandes. Vázquez Montalbán vivió el momento de mayor felicidad cuando era niño: asomado al balcón de casa, vio llegar a su madre con una barra de pan blanco y un cucurucho lleno de aceitunas negras.

Cataluña, el País Vasco, España entera… solamente son trozos de tierra destinados a ser carbonizados. Falta saber si firmará la sentencia de muerte un gigantesco asteroide, el único gordito de Corea del Norte, el aumento del brillo del sol o su explosión, que se producirá dentro de 5.000 millones de años, recorriendo el sistema solar como una bola de fuego. Es posible que nuestros descendientes tengan que esperar ese momento para ver el final de la tabarra catalana.

José Blasco del Álamo es periodista y escritor.

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