Nacionalismos miméticos

Desde que a partir de mediados del siglo XIX se puso de moda el nacionalismo de los pueblos que no habían alcanzado la situación política de Estado, el carácter mimético del nacionalismo ha quedado de manifiesto: los pueblos o naciones sin estado quieren alcanzar el nivel político estatal de los pueblos que sí lo han conseguido. Si Cánovas impulsa la configuración de España como estado nacional sobre la base de una única y exclusiva lealtad, Sabino Arana le replica proclamando la lealtad exclusiva de los vascos a la nación vasca.

En el caso español, el mimetismo ha corrido a cargo de los nacionalismos periféricos. La Constitución de 1978 trató de encontrarles acomodo en el sistema constitucional, pero la historia posterior está poniendo de manifiesto que éstos no renuncian a conseguir lo mismo que la nación española, un estado propio. El problema de esta dinámica radica en que lo que proclaman los nacionalismos periféricos de España, su plurinacionalidad, es una realidad mucho más propia de sus sociedades que de España en su conjunto.

Pero las reclamaciones de los nacionalismos periféricos han terminado cansando a la sociedad española, máxime en estos momentos de profunda crisis económico financiera que exige, por encima de todo, solidaridad y trabajo en pos del bien común: no se entiende el recurso permanente al agravio comparativo, la búsqueda del beneficio particular sin tener en cuenta al conjunto. Hay un gran hastío.

Aquí aparece también el problema del mimetismo de los nacionalismos, pero a la inversa: puede surgir la tentación de defender un nacionalismo español para hacer frente a los nacionalismos periféricos que no cejan en su empeño, aunque sean incapaces de dar cuenta del pluralismo intrínseco de sus sociedades. Empieza a haber señales que, directa o indirectamente, apuntan a un nacionalismo español de respuesta. Las propuestas de recentralización de competencias, la puesta en cuestión, abierta o solapada, del Estado de las autonomías, bajo la capa de la necesidad de recortar el aparato administrativo, el recurso a la necesidad de reforzar el Estado, confundiendo en general al Estado con la Administración central, la necesidad de un marco único para la actuación económica: todo ello puede ser razonable y discutible. Lo que es peligroso es querer superar el cansancio y el hastío, comprensibles, con los nacionalismos periféricos acudiendo a un nacionalismo de respuesta. Para evitarlo es necesario clarificar el significado de dos términos políticos que empiezan a ser usados prolíficamente: nación y liberal.

Ambos términos aparecen en la historia de la mano: es el liberalismo político el que inventa la nación política. E inventa la nación política antes de que el romanticismo invente la nación etnocultural y de que Fichte reclame un estado para cada nación etnocultural. La nación política es la constituida por ciudadanos. Los ciudadanos son sujetos políticos constituidos por sus derechos individuales, por su derecho a la libertad de conciencia sobre todo, y a partir de ese derecho a la libertad de conciencia, su derecho al resto de libertades políticas. La nación del liberalismo es primero y sobre todo una nación política, y sólo de forma secundaria y circunstancial una nación lingüística o cultural. Es más: las primeras naciones proclamadas por la revolución liberal no se ajustaban a los límites geográficos de las naciones etnoculturales. Por eso eran sobre todo políticas: asociaciones voluntarias de individuos soberanos.

El liberalismo es, pues, revolucionario, porque en el esfuerzo por superar el antiguo régimen y la monarquía absoluta instituye la figura del ciudadano que, asociándose voluntariamente a otros ciudadanos soberanos, confor- man la nación política. Ésta ya no está constituida por los estamentos, ni por la religión obligatoria, ni encarnada en la figura del monarca absoluto. Desde esta perspectiva la nación política es sinónimo de Estado de derecho, porque es el imperio del derecho el eje en el que se constituye el ciudadano sujeto de derechos y libertades, y con él la nación política.

Cuando en el contexto de la crisis económico financiera que nos afecta tan seriamente se afirma que se trata también de una crisis política que afecta al Estado como conjunto, que afecta a la nación, es preciso preguntar siempre a qué nación se refieren, a qué estado se refieren quienes así hablan. No es cuestión de negar que las comunidades autónomas han producido un exceso de institucionalización, de burocracia y de complejidad. Pero también han contribuido a una mayor libertad de los ciudadanos. También el Gobierno central ha sufrido un crecimiento desmesurado mientras se desarrollaban las autonomías. También estados totalmente centralizados tienen problemas de exceso de burocracia, de exceso de institucionalización, de elefantiasis organizativa.

El liberalismo clásico es, sobre todo, una doctrina política antes que una doctrina económica. El llamado neoliberalismo poco tiene que ver con el liberalismo revolucionario que creó la nación política. Y como escribe Tony Judt fue Beveridge, un liberal británico, quien redactó las propuestas reformistas que los laboristas llevaron a cabo, y el Estado del bienestar, el modelo europeo, fue creado sobre todo, en opinión del mismo historiador, por la cristianodemoracia, y no por el socialismo. Y lo dice alguien que se afirma socialdemócrata.

Hay quien cree que hemos llegado a donde estamos sólo en los últimos años, pero no es verdad. La situación actual es, en el aspecto político, fruto de lo que tanto se ha alabado de la Constitución española: no haber definido desde el inicio el modelo final. Esa apertura, con todo el valor positivo que posee, ha sido nuestra desgracia, pues no ha habido dirigentes políticos con altura de miras suficiente para saber que había que ir cerrándolo. Los nacionalismos periféricos tienen una buena pare de responsabilidad. Pero casi todos los gobiernos centrales han sido condescendientes con los nacionalismos periféricos cuando les han interesado sus votos para fortalecer su posición en el Parlamento español. Y todos han cometido graves errores en este aspecto.

Hoy podemos encontrar muchas referencias a las clases medias, a las que les están saliendo muchos salvadores. Es cierto que sin clases medias es difícil el desarrollo de una cultura democrática. Pero alguien debiera estudiar la historia para ver qué ha sucedido cuando se ha manipulado la referencia a las clases medias, en especial en épocas en las que éstas estaban debilitadas.

Joseba Arregi fue consejero del Gobierno vasco y es ensayista y presidente de Aldaketa.

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