Nacionalismos o cuando la parte se queda con el todo

Los presos recién indultados al salir de la cárcel de Lledoners, el pasado 23 de junio.Kike Rincon / Europa Press
Los presos recién indultados al salir de la cárcel de Lledoners, el pasado 23 de junio.Kike Rincon / Europa Press

Los nacionalismos necesitan dominar el lenguaje. Va en ello su capacidad de triunfo y de expansión. Por eso, para sostener una democracia de calidad alejada de los mismos, resulta tan necesario que se ponga el mayor empeño en utilizar adecuadamente el lenguaje. No crea el lector que estamos ante un tema académico, gramatical o de estilo literario. En el caso de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, lo más habitual por parte de los partidos políticos o de los medios de comunicación del nacionalismo español o del independentismo catalán son expresiones como los “catalanes/españoles dicen o quieren que…”. Y digo yo: ¿no es más exacto y cierto decir que “una parte de los catalanes/españoles quiere o dice que…”. ¿No es esta segunda opción más sana socialmente por estar más ajustada a la verdad empírica?

Se dirá que se trata simplemente de un asunto de economía de lenguaje sin mayor relevancia. Pero no creo que esa sea la verdadera realidad. Es evidente que con una sesgada utilización del habla se busca construir una deseada sinécdoque por la cual se reduce la pluralidad de una sociedad a una identidad colectiva de carácter monocorde promocionada e impuesta por el nacionalismo (catalán o español). Es decir, es una práctica políticamente interesada por la cual una “parte” de los catalanes o los españoles se convierte “mágicamente” en el “todo”.

Desde luego que no resulta una praxis inocente. Lo que en verdad supone la cuestión es la intención de sostener una estrategia para levantar una perspectiva distorsionada de la realidad. Una estrategia realizada mediante una interesada e indebida utilización del lenguaje con un interés claramente manipulador y partidista. En el fondo, lo que se desea conseguir es una confrontación entre pueblos que son presentados uno frente al otro bajo la égida de la homogeneidad y de la unanimidad en cada uno de ellos: todos los catalanes representados por su nacionalismo, frente a todos los españoles representados por el suyo. Los “malos”, —que, por cierto, son siempre los “otros”—, para ser eficazmente “malos” desde el punto de vista moral-político, y de este modo enardecer la defensa de la causa propia, deben serlo todos juntos y no únicamente una parte, no fuese el caso que con esta última pudiere haber un entendimiento.

No afirmo que todos realicen esta nociva práctica con una intención política. Pero quienes lo efectúan de forma mecánica e inconsciente no dejan de ser cómplices de quienes sin duda modelan una utilización espuria de la palabra con carácter proselitista y de bandería. Le duele a la razón sociológica y política escuchar de forma reiterada en políticos y medios de comunicación el genérico “el problema de Cataluña” o “el conflicto catalán” en lugar de referirse con mayor puridad y precisión al “problema del independentismo catalán respecto a la idea de España”. Si me permiten, les diré que siendo y sintiéndome indudablemente catalán, no tengo en cambio ningún sentimiento de tener un problema (¿irresoluble?) con respeto a España del calado y la trascendencia que manifiestan mis compatriotas secesionistas. Lo cual no impide que piense, por supuesto, que pueden ser varias las cuestiones a mejorar entre mis dos amores patrios mediante el diálogo y una actitud pragmática y reformista.

Le duele a la razón lógica que, cuando los catalanes nacionalistas hablan de los “catalanes”, todo indica que solo se refieren a ellos mismos, porque hay otros catalanes no nacionalistas que tal parece que a su criterio no existen como tales catalanes. Es más, los catalanes no soberanistas son tratados por los partidos secesionistas como “españoles”, y por eso siempre piensan que el gobierno español de turno es quien ya los representa de facto y que nada tienen que opinar sobre el futuro de Cataluña como “catalanes”. A menudo el ahorro de lenguaje no tiene nada de inocuo porque es bien sabido que la simplificación conceptual y lingüística es ideal para la propaganda activista, aunque resulta una nefasta compañía para la política rigurosa y responsable.

Aunque esta es una brega en la que pienso seguir porfiando, a día de hoy les confieso que la considero casi imposible de ganar. Cuando manifiesto esta inquietud a tirios y troyanos, nadie me quita la razón teórica, pero tampoco nadie hace nada para convertirla en razón práctica. Lo habitual es decirme que están muy de acuerdo, que parece lógico y razonable lo que digo, para continuar después haciendo exactamente lo mismo. No obstante, aunque mi opinión parezca una causa perdida por ahora, espero que se me perdone que insista en que tiene una trascendencia política, sociológica y psicológica de mayor calibre de la que se le concede habitualmente. Una gran trascendencia causada por su influencia para crear universos sociales y políticos enfrentados que están interesadamente convencidos de hablar y actuar siendo y representando al todo de la ciudadanía. Y en estas condiciones no se trata solo de una confrontación entre nacionalismos, sino de un combate frentista entre pueblos. Es decir, entre toda Cataluña y toda España.

Roberto Fernández es catedrático de Historia Moderna de la Universitat de Lleida.

1 comentario


  1. El autor tiene razón en su planteamiento pero me sorprende el equilibrio, inexistente en la realidad. Las posiciones de los constitucionalistas son las legales y respetables, y las anti o nacionalistas son mayoritariamente ilegales. Me sorprende la nueva idea del "nacionalismo español". Dónde?, Cuándo?, Cómo se expresa? Yo lo ignoro... Finalmente, otra idea: Cataluña (como las demás comunidades) también son mi tierra, mi patria, y nadie tiene derecho a apropiarse de un territorio mío, reconocido por la Constitución.

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