Nacionalismos y fronteras europeas

Por Santiago Petschen, catedrático de Relaciones Internacionales de la UCM (EL PAÍS, 09/05/08):

Los tiempos que vivimos están produciendo en las fronteras europeas cambios notables. En la historia del continente, las fronteras han pasado por periodos de estabilidad a los que han sucedido etapas de grandes modificaciones. Normalmente, los periodos de cambio se han producido tras grandes convulsiones como las de la Primera y la Segunda Guerra Mundial o el hundimiento del comunismo, que dejó atrás un largo periodo de estabilidad fronteriza. El cambio que estamos viviendo ahora tiene dos características. Primera: una multiplicación enorme de los kilómetros de fronteras tras el rompimiento de la URSS y el troceamiento paulatino y gradual de la antigua Yugoslavia. Segunda: una permanencia de las fronteras tradicionales en las que también opera una profunda modificación: la del vaciamiento de su contenido. Es lo que sucede en el interior de la Unión Europea. Las fronteras han quedado suprimidas para la mayor parte de las mercancías, de los capitales, de los servicios y de las personas. Se trata de un fortísimo contraste entre la parte occidental y la oriental de Europa.

El mayor desarrollo económico y político de la parte occidental trabaja a favor del debilitamiento fronterizo aunque con una contrapartida: el fortalecimiento de las fronteras exteriores de la Unión. Con la nueva ampliación del espacio Schengen, la frontera exterior de toda la Unión Europea aumenta en 4.278 kilómetros lo que hace agrandar el área interior de libres movimientos. ¿Cuántos kilómetros tiene todo el perímetro exterior? Ni el Eurostat ni las Agencias de la Unión ofrecen dicho dato. Hay diversidad de criterios para medir costas y no se opta en casos conflictivos. Tampoco se ofrecen datos sobre kilómetros de fronteras incluidas en Schengen. Nadie se moja.

En Schengen, las naciones, a las que, de una forma natural, las fronteras están ligadas, se sienten seguras y no temen que se produzcan invasiones foráneas. No hay puerta mejor cerrada -dice el refrán popular- que aquella que puede dejarse siempre abierta. En el oriente europeo, el mayor atraso económico y la inseguridad de las naciones -durante mucho tiempo sometidas a construcciones estatales de notable artificialidad- han hecho que éstas hayan buscado pertrecharse tras nuevas fronteras que llegan a sumar muchísimos kilómetros. Ya decía Michael Lind que “donde una multiétnica federación ha fracasado, lo más práctico es crear naciones-Estado relativamente homogéneas”.

Kosovo es, por el momento, la última creación de la extinta federación yugoslava. Porque en Bosnia-Herzegovina el criterio de Lind no se aplicó. Y, mucho más allá, en Chipre, la división de facto no se quiere oficializar deseándose reconducir la situación actual para mantener la unidad política, aunque dividida en dos zonas que alberguen a las dos comunidades de características étnicas notablemente distintas. He aquí otra situación de contraste, pues ello supone aceptar, aunque parcialmente, el brutal desplazamiento realizado por el Ejército turco en 1974. Como se ve, Europa ofrece un diverso espectro de operaciones sobre las fronteras con soluciones no sólo opuestas sino también contradictorias.

Con el paso del tiempo, si la economía mejora y la madurez política gana terreno, el vaciamiento de contenido será también una realidad para las nuevas naciones-Estado. Así vemos que se produce entre los países de Europa central-oriental que hasta 1989 estuvieron atenazados por el comunismo y se hallan ya dentro de la Unión Europea. En la actitud que toman las élites políticas reside el elemento nuclear de la cuestión. Las bases son mucho más acomodaticias que los grupos institucionalizados. Cuando en la Yugoslavia de Tito los sentimientos nacionalistas llegaban poco a las bases, por ser contrarios al espíritu del sistema, las barreras entre unos y otros grupos se traspasaban constantemente. Una prueba de ello es el alto porcentaje de matrimonios mixtos que, en determinadas ciudades alcanzaba el 30%. El espíritu común puede conseguir una situación parecida en la población europea que forma una única ciudadanía.

Detrás de todo este juego europeo de fronteras, es necesario averiguar dónde se hallan las diversas fuerzas que lo hacen operativo. Mirando al oriente de Europa podemos decir que una nueva frontera se justifica por la falta radical de respeto a una nación. Pero si ese respeto esencial existe, lo mejor es optar por la eliminación de las fronteras existentes. Hace ya muchos años lo decía Coudenhove-Kalergi: “No hay más que un medio radical de resolver de manera durable y equitativa el problema de las fronteras europeas: este medio no se llama rectificación de fronteras sino supresión de fronteras”. A pesar de ello, la tendencia a favor de la exaltación de lo particular es muy fuerte, pudiendo ejercer gran influjo en los pueblos dada su facilidad para dejarse llevar por el sentimiento nacional. No hay error más nocivo que éste porque, supuesta una situación de profundo y eficaz respeto a las naciones, el mayor tesoro es la unión. Jean Monnet, tan clarividente para apreciar las “inmensas posibilidades de la acción común”, afirmaba que Europa no tenía “más alternativa que la unión o una larga decadencia”.

La perspectiva de una España plurinacional sólidamente constituida puede ser un gran modelo para la construcción del futuro de Europa. España que fue pionera en la creación del Estado moderno, tiene que ser capaz de ser pionera en la construcción del Estado plurinacional. Desde esa perspectiva, se ofrece una tercera posibilidad fronteriza que es muy importante que se dé a conocer y que se difunda. La que consiste en un imperceptible paso al cambio de características originadas por la diversidad de hechos diferenciales y de competencias, sin necesidad de fijar barrera alguna. No se trata de ningún idealismo. Dentro de numerosos Estados la ausencia de fronteras une y seguirá uniendo no sólo lenguas y culturas distintas sino, incluso (a pesar de Huntington), civilizaciones muy diferentes. Ucrania y Rumania son, en Europa, dos buenos modelos.

Las nacionalidades españolas, sin fronteras entre ellas y con estatutos regionales dotados de grandes competencias y de flexibilidad para ser ampliados, hacen la síntesis de los dos valores: el respeto a lo particular y la construcción de lo común. No cabe duda de que en el terreno del respeto mutuo hay en España aspectos todavía muy superables como, por una parte, la falta de reconocimiento de los genuinos rasgos identitarios de las nacionalidades y, por otra, la imprudencia y el victimismo. Y dichos aspectos negativos deben ser sustituidos por el sabio y competente ejercicio del poder blando, que una filosofía y una técnica muy valiosa para lograr sanos objetivos políticos.

El nacionalismo tiene amplio campo de acción tratando de aumentar sus competencias. No tiene por qué obsesionarse intentando fijar nuevas fronteras. Todo nacionalismo poderoso necesita realizar su acción de forma transversal con el mínimo posible de frontera. Para el nacionalismo fuerte, la frontera no es más que un freno que puede llevar incluso al autoestrangulamiento.

Me viene a la mente la acción de una entidad de ahorro de Barcelona que, sin perder un ápice de su catalanidad, en lo que resulta un modelo paradigmático, ha sabido introducirse en el tejido social español, y no sólo en su dimensión dineraria sino también artística, cultural y científica, y ganarse la confianza de ciudadanos españoles de todo tipo que le confían algo tan íntimo y apreciado como sus ahorros. Para montar instituciones y entidades como la referida, son necesarios ámbitos comunes. Y no cabe duda de que nuestro ámbito territorial común, cimentado sobre fuerzas profundas de la historia, es una fuente considerable de riqueza humana y material para todos. Un modelo para Europa.