Nada en Irak debe hacerse sin la ONU

Por Ramón Tamames, catedrático de Estructura Económica en la Universidad Autónoma de Madrid y cátedra Jean Monnet de la UE (EL MUNDO, 11/03/03):

El Irak de hoy es la misma tierra entre el Tigris y el Eufrates que en la antigüedad recibió de los griegos el nombre de Mesopotamia.Cuna de civilización de los sumerio-acadios que entre sus muchos aportes nos legaron el Gilgamés, un poema impregnado de espíritu religioso descubierto en las excavaciones de la biblioteca de Assurbanipal y que el inglés George Smith supo traducir en 1872 descubriéndose en sus palabras la primera versión del Edén y de los episodios subsiguientes hasta el diluvio universal.

Varios milenios después, aquella tierra no es precisamente ningún paraíso, y en vez de la eterna juventud que se buscaba en el Gilgamés durante el reinado de Uruk, lo que prevalece es la dictadura implacable de Sadam Husein; que también es el obstáculo -no por su omisión de los derechos humanos, sino porque es el dueño de la finca- para hacerse con las inmensas riquezas de petróleo y gas de Irak, que despiertan la codicia de tirios y troyanos.Y cuya conquista por EEUU podría convertir el país en los próximos tiempos en un infierno de fuego y muerte. Un propósito al que contribuirían, señaladamente, los ocho presidentes europeos que firmaron, a finales de enero, una carta/artículo -dicen que ideada por el propio Aznar- para apoyar esa intervención militar demoledora.

En el texto mencionado, entre epistolar y periodístico, se apreciaban algunas resonancias del estilo de la adhesión incondicional al caudillo de otros tiempos; renovadas ahora en favor de la figura del Presidente Bush, nuevo Monroe del siglo XXI, que de hecho se ha manifestado ya, aunque sea con otros términos, en favor de El mundo para los norteamericanos, parafraseando así lo que en 1823 dijo uno de sus más despóticos predecesores. No es extraño que con tales apetencias geoestratégicas Bush II sólo dé oídos a sus particulares halcones actuando en contra de lo que le han pedido los ex presidentes Carter y Clinton, 41 Premios Nobel de su propio país, y una inmensa mayoría de la opinión pública mundial.

Quizá lo más chocante de esa carta/artículo fue el hecho de que sus signatarios se mostraran tan interesados por el cumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad. Nada más hipócrita en la realidad, pues al Estado de Israel -tan bien querido y abastecido por EEUU- se permite ignorarlas; e incluso se mofa de ellas, traduciendo UN, siglas inglesas de United Nations, por United Nothing. Y que no se nos diga, una vez más, por favor, que la situación es diferente «porque las resoluciones contra Israel van por el capítulo 6 de la Carta de la ONU y las referentes a Irak por el 7», siendo éste último el que impone la intervención militar en caso de no obedecerse. Todo lo cual no pasa de ser sino un artificio legalista del que se aprovecha Ariel Sharon.Sobre la marcha, una pregunta: ¿por qué no se empareja el tema de Palestina/Israel en una misma resolución de Naciones Unidas, y con los mismos medios, con el tema de Irak?

Dicen que George W. Bush es miembro de la Iglesia Episcopaliana descendiente directa de la Anglicana, la más próxima a Roma desde el cisma del siglo XVI. Situación que se acentúa aún más por recientes aproximaciones de los episcopalianos al discurso ecuménico del Vaticano. Todo lo cual podría hacernos pensar que el inquilino de la Casa Blanca tendría que estar escuchando la palabra del Papa cuando preconiza la paz como el bien más precioso. Pero, lejos de eso, Bush II sigue en su tesis invasora, que no tendrá, históricamente, mejor categorización que la de Hitler en 1939.Entonces, en contra de todas las admoniciones democráticas, el tirano sometió a Polonia a sangre y fuego originando con ello el mayor desastre de la Historia. Otra pregunta sobre la marcha: si Bush desoye las resoluciones de la ONU y va a la guerra por su cuenta, aunque sea acompañado de sus corifeos, ¿no sería imputable ante la Corte Penal Internacional?

Las previsiones por lo que a España se refiere no son difíciles de hacer y ya están reiterándose por doquier: si el chapapote, con mayor o menor razón, empezó a cambiar todas las expectativas del Gobierno actual, la guerra de Irak, alentada desde La Moncloa «para jugar en primera división» -pero con el 85% de los españoles en contra de ella-, podría ser la tumba política del PP y también de quien pretenda ser el heredero de Aznar para formar Gobierno en 2004. Y es que esa guerra tiene un fondo realmente miserable, lo cual me trae a la memoria un episodio de 1918, cuando tras retirarse la delegación británica en Versalles -que estaba preparando el Tratado que llevaría ese nombre-, el gran economista John Maynard Keynes criticó «la política de envilecer la vida de miles de seres humanos y de privarles de la felicidad » sentenciando que «…las naciones no están autorizadas por la religión ni por la moral para castigar, en los hijos de sus enemigos, los crímenes de sus padres o de sus jefes».

Servata distantia, hoy cabe preguntarse si George W. Bush puede pretender pagar en la cabeza de 24 millones de iraquíes los crímenes de su deleznable jefe Sadam Husein. Una acción bélica así sería la máxima expresión del unilateralismo hegemónico de EEUU; en contra de la mejor tradición de solidaridad internacional que defendieron los presidentes Woodrow Wilson y Franklin Delano Roosevelt, creadores de la Sociedad de las Naciones y de la ONU, respectivamente. Por lo demás, con esa guerra, y tal como se ha manifestado reiteradamente en el respetable y nada sospechoso Financial Times, Bush II puede llevarnos al gran desastre económico.Cuya previa medición es técnicamente imposible, como lo demuestra la diversidad de estimaciones del coste directo, que van desde 60.000 millones de dólares calculados por el Congreso de EEUU hasta 1,6 billones (de 12 ceros) del profesor William Nordhaus, pasando por la primera estimación que hizo el anterior asesor principal de Bush, el economista Lawrence Lindsay (entre 100.000 y 200.000 millones).

Pero es que, aparte de la cifra que resulte, de la que EEUU espera resarcirse con el expolio del petróleo iraquí, las otras consecuencias serían muchas y muy graves: muerte de miles de víctimas inocentes, ya duramente castigadas en sus poblaciones más débiles por embargos que duran 12 años; insoportable peso del imperio, que destruiría la imagen de EEUU en el mundo islámico y que podría llevar a drásticos cambios políticos en Arabia Saudí y otros países del Golfo; división entre los aliados de la Guerra de Afganistán por la oposición de los estados más significativos de la UE, además de la mayor o menor separación de Rusia y China; fuerte subida de los precios del crudo, que contribuiría a la paralización de las inversiones de modo que la desaceleración mundial arreciaría en una auténtica recesión; nueva Guerra Fría, poniendo en peligro toda la distensión mundial para enterrar definitivamente cualquier idea de dividendos de paz en la búsqueda de una solidaridad entre el Norte y el Sur.

En resumen: una acción como la que planea Bush no sería sólo un grave error. Constituiría, además, un crimen político que podría terminar en tragedia universal. En ese sentido, será bueno subrayar que se vería herido de muerte el Derecho Internacional, una creación históricamente asociada a la Escuela de Salamanca, con Francisco de Vitoria al frente, y a otras grandes figuras europeas, entre ellas Hugo Grocio, el gran jurista y diplomático holandés.

Algunas de las preguntas que circulan en estos días son del siguiente tenor: ¿qué va a recibir Aznar a cambio de sus servicios a la causa de la guerra? ¿Podría ser la devolución de Gibraltar después de tantos renuncios, incluso de su gran amigo Tony? Difícil porque, como dice la leyenda prospectiva, tendrían que desaparecer todos los monos del Peñón y resulta que ahora son más numerosos que nunca. ¿O tal vez Aznar espera la entrada de España en el G-8? Algo también más que complicado porque hay otros candidatos por delante, empezando por China, la India, Brasil o México. ¿O podría tratarse de una ayuda de cara a Marruecos para incluir Ceuta y Melilla en el área de protección de la OTAN? O quizá EEUU estaría en condiciones de contribuir de manera más activa al desmantelamiento de ETA. Lo cual no está tan claro, frente a la ayuda incondicional de Francia de este último año, que podría entrar en zona de peligro.Una pregunta con varias respuestas posibles pero todas complicadas.También hay algunos que ven a Aznar trabajándose la sucesión de Kofi Annan como nuevo rey en Nueva York con la ONU bajo su cetro.

La nueva resolución presentada por Aznar, Blair y Bush probablemente no podrá reunir los nueve votos que son necesarios. Con lo cual ni siquiera sería preciso el problemático ejercicio del veto por parte de Francia, Rusia o China. Pero a lo que estamos: de producirse esa situación y tener Estados Unidos la autoridad pertinente, ¿qué haría el Gobierno de Aznar? ¿Seguiría pronunciándose en apoyo incondicional a Bush, de forma análoga a lo que seguramente sería el comportamiento de Blair y Berlusconi? Una decisión así vendría a significar la virtual ruptura del sistema de las Naciones Unidas con todas sus nefastas consecuencias.

Todavía estamos a tiempo: el presidente del Gobierno podría rectificar sus actitudes y, siguiendo su promesa de que «todo se hará conforme a las Naciones Unidas», aceptar la senda que al final apunte el Consejo de Seguridad, que podría traducirse en la siguiente ecuación de la paz: Más inspectores con más poderes + cascos azules + previsiones de recuperación política y económica del pueblo iraquí = no guerra.

Esa ecuación sería un verdadero tratado de la comunidad internacional con Irak e incluso con el Islam globalmente. Para hacer el desarme, asegurándolo con tropas enviadas bajo mandato de la ONU, y con un proyecto de levantamiento del embargo que podría ir seguido de un plan para la explotación de los ingentes recursos de hidrocarburos -que en pocos años cabría situar en ocho millones de barriles al día, frente a los 800.000 actuales- en favor del desarrollo del pueblo iraquí. Y en esa dinámica no sería tan difícil hacer una previsión de elecciones generales y hablar seriamente de soluciones para el problema palestino-israelí. En otras palabras, en vez de estar por un juego de suma cero («si uno gana los demás pierden»), cabe mostrarse partidario de un juego win-win: todos ganaríamos con una paz debidamente instalada e instrumentada bajo la bandera azul de la ONU. Y la institución que debe unirnos a todos saldría revalidada como embrión del Gobierno mundial frente a las pretensiones hegemónicas de unos EEUU über alles.

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