Nada que ver con Al Qaeda

Edward N. Luttwak, experto del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), Washington (LA VANGUARDIA, 10/07/05).

No es ningún secreto que hay una gran cantidad de musulmanes furiosos en el Reino Unido así como en otros lugares de Europa. Muchos de ellos se sienten muy molestos por las libertades occidentales, que amenazan sus normas aldeanas y muy puritanas; algunos se meten en problemas por golpear o incluso matar a unas hijas culpables de crímenes como ir al cine con muchachos que no son sus hermanos. De modo muy especial, muchos están ofendidos por el humillante abismo que hay entre el poder y la gloria que promete el islam y la lamentable realidad de los débiles estados musulmanes. (Y no hay que olvidar que dos de ellos están ocupados hoy por soldados británicos y estadounidenses.) Esos dos resentimientos se encuentran a menudo combinados. Ahora bien, aunque son muchos los musulmanes que están furiosos, son muy pocos los que llegan al extremo de unirse a los grupos extremistas que defienden un discurso favorable a la utilización de la violencia y son sólo un puñado los que acaban pasando de verdad a la acción, como ocurrió en Madrid el año pasado y ha ocurrido ahora en Londres. Una razón de todo esto es que no resulta fácil ensamblar y hacer detonar bombas. Es verdad que las instrucciones pueden encontrarse por internet, pero también lo es que resulta mucho más fácil hablar de bombas que fabricarlas. Por otra parte, tampoco pueden contar los posibles terroristas con recibir ayuda de Al Qaeda; y ello por la sencilla razón de que Al Qaeda ya no existe como organización y, dado que sólo era eso, ya no existe en absoluto. Sus jefes supervivientes, desde Bin Laden para abajo, han intentado sustituir los campos de entrenamiento, la logística y la estructura de mando que perdieron en Afganistán. De momento no lo han conseguido. Cuanto les queda es el nombre de marca, una marca que conserva su atractivo ante los ojos de los musulmanes furiosos de todas partes del mundo debido en gran medida al inexcusable fracaso a la hora de capturar o matar a Ossama Bin Laden (lo cual es resultado de la incompetencia de la CIA, una incompetencia reconocida ya de modo oficial en tres informes separados del Gobierno de Estados Unidos). Así pues, ¿cómo es posible que unos simples aficionados consigan realizar atentados de categoría mundial? Alcanzando unos niveles mínimos de competencia, lo cual no supone ninguna dificultad dado el número infinito de objetivos vulnerables que existen en las sociedades occidentales avanzadas.

El primer nivel de competencia en los actos terroristas es lograr la detonación de artefactos explosivos. De acuerdo con este parámetro, el grupo musulmán que llevó a cabo el atentado era sólo semicompetente: se sabe que algunas bombas no estallaron, pero no se sabe cuántas bombas sin estallar hay todavía por descubrir.

El segundo nivel de competencia es la coordinación de múltiples explosiones. Una única explosión no es determinante; podría ser un accidente o un simple acto criminal… Sin embargo, cuatro bombas son sin lugar a dudas terrorismo. Según este parámetro, el grupo musulmán tuvo bastante éxito: menos de 60 minutos pasaron entre la primera explosión a las 8.51 y la última, a las 9.47 de la mañana.

El tercer nivel de competencia es la selección de los objetivos adecuados. En este terreno, el grupo musulmán no actuó con demasiada brillantez. Las bombas que explotaron no golpearon objetivos emblemáticos del Londres oficial en el eje que va desde Westminster hasta Whitehall, ni del Londres turístico en el eje entre el Oxford Circus y Picadilly, ni del Londres financiero en la City. Las bombas explotaron en objetivos que no tenía un significado coherente que pudiera magnificar su importancia; aunque quizá había más coherencia en el número de bombas, incluidas las que no explotaron.

En realidad, los atentados no se concentraron para maximizar los efectos políticos y psicológicos, y tampoco se maximizaron las víctimas: todo el que esté familiarizado con el transporte de Londres en una hora punta sabe que los terroristas podrían haber matado a muchas más personas de haber colocado las bombas en otros lugares.

Con todo, lo sucedido fue suficiente para crear el caos y trastocar una importante capital mundial; en gran medida, porque las autoridades reaccionaron cerrando toda la red de transporte público, algo que no se hizo nunca cuando Londres fue objeto de los intensos bombardeos de la fuerza aérea alemana. No hay solución inmediata a la desafección musulmana, ni tampoco es posible interceptar a la diminuta minoría de terroristas antes de que hagan estallar sus bombas. Sin embargo, podemos y debemos aprender a infrarreaccionar, a reducir los incentivos de nuevos atentados.