Nadando entre tiburones

¿Qué puede ser más tóxico: un banco o una cajetilla de cigarrillos? ¿Son más letales los recortes o el tabaco? Son preguntas nada académicas, que jamás se harán nuestros intelectuales de oficio, pero que convendría empezaran a hacérselas; porque la diferencia entre el ser y el no ser, la esencia y la presencia, me temo que no figuran entre las preocupaciones de las entidades financieras que muy pronto pagarán sus salarios, sus charlas y el futuro de sus hijos, a costa de nuestra benevolencia.

No hay mejor periodista económico que el que está en nómina, libre de impuestos, ya me entienden, por eso la aparición del iluminador libro del holandés Joris Luyendijk empieza prácticamente con unas referencias oportunas sobre la relación entre el mundo financiero y los medios de comunicación. Nada hay más despreciado por la gente de la finanza que los periodistas, eso lo digo yo; Luyendijk sólo lo sugiere. Sin embargo, ha logrado doscientas entrevistas a profesionales de la banca del mundo anglosajón, –entiéndase la City de Londres–, le ha salido un texto impresionante; frío y elocuente. Se titula en España Entre tiburones (Malpaso Editorial) –el original inglés dice Nadando entre tiburones–, y su subtítulo ayuda a entenderlo todo: Una temporada en el infierno de las finanzas.

Nadando entre tiburonesUn relato que nace a partir de la gran crisis que provocó en el mundo entero la caída de uno de los grandes bancos norteamericanos, Lehman Brothers. Fue el 15 de septiembre del 2008, aquel mismo día, o quizá fuera al siguiente, que vimos a unos ejecutivos de aspecto impecable, abrazando unas cajas de cartón donde llevaban sus pertenencias, sus fracasos y la convicción de que tenían que volver a empezar. Por entonces, aquí, los siempre oportunos banqueros españoles y sus autoridades prepararon los blindajes que no sólo les libraron de la cárcel y del ludibrio público, sino que aumentaron, y de qué modo, su patrimonio.

Y si no que se lo pregunten a la centena de nombres que me vienen a la lengua. Pero no puedo decir nombres –norma del nuevo periodismo hispano–, ni siquiera debería en casos como el del gobernador del Banco de España, Mafo Fernández Ordóñez, un lince de las finanzas que se aseguró unos retiros augustos. ¿Quién osaría citar a Narcís Serra y su abnegación al llegar a un banco en ruina y ponerse un sueldo de esos que quitan el hipo? No tenía ni idea de negocios que no fueran los suyos, pero figuraba como otro lince de la política entendida como una de las bellas artes para tipos sin principios. ¡Le gustaba tanto la música; recuerdo sus visitas al Festival de Bayreuth! Era aquella época en que el PSOE, en todas sus gamas, se llenó de melómanos exhibicionistas, pero entiendo que tanto Wagner como Mahler, a ciertas edades y con fortunas consolidadas, acaban cansando.

Son gente curiosa el personal de la banca de altura. En primer lugar porque pueden hacer, no ya decir, cosas que a los demás nos están vedadas. Andrew Haldane, número dos del Banco Central de Inglaterra y responsable de todo el sector financiero, en uno de esos momentos estupendos que puede tener hasta un banquero, dijo a la revista Der Spiegel, y hace muy poco, que “los balances de los grandes bancos son los agujeros negros más grandes entre todos los agujeros negros”. Lo cuenta el holandés Luyendijk y se queda perplejo por tamaña exhibición de sinceridad desfachatada, a la que nadie se dio por aludido.

Son tantos los ejemplos, las pruebas de que las diferentes variantes del mundo bancario están basadas en fórmulas que bordeando la legalidad, cuando no sobrepasándola, provocan la ruina de tanta gente, que hasta el cronista Luyendijk no puede menos que preguntar a un entrevistado del sector más duro de la banca –los denominados hombres de piedra– una cuestión que le carcome: “¿Cómo puede esta gente vivir sin remordimientos?”.

Y le responde después de darle muchas vueltas respecto al pasado, a lo dura que es la obligación, llamémosla así, de garantizar que tu familia no va a sufrir lo que sus víctimas, para llegar al final con la siguiente definición, que deja impávido a cualquiera que desconozca ese mundo del que dependemos y del que apenas sabemos nada: “A muchos de mis clientes no parece importarles demasiado lo que piensa el público en general. Eso es todo. Para ellos el imperio de la ley es muy importante. Mis clientes no son mala gente, simplemente son personas que han dejado de pensar en términos del bien o el mal. Son profesionales”.

La introducción del término profesional, como lavador de la ética y la dignidad de ciertas profesiones, es nuevo. Antes apelaban a otros referentes, como los códigos griegos ligados al compromiso social y la respetabilidad. Un profesional hoy día puede ser tanto un piadoso y respetable abogado que jamás en su vida hubiera asumido la defensa de un capo de la droga de no haber echado una ojeada a la propuesta de emolumentos, eso que también suele denominarse “provisión de fondos”. Pero un profesional también se considera un sicario que no tiene por qué saber nada más que la misión profesional por la que se le paga. O un periodista hecho a todo. ¡Lo he oído tantas veces! “Yo soy un profesional y cumplo con las obligaciones de mi contrato”. ¡Vaya usted a decirle algo sobre la ética y la dignidad o esos códigos grecolatinos que la tradición ha convertido en pañuelos de seda que transparentan la trampa! Tienen el mismo valor que los títulos enmarcados de cualquier profesional que llenan las paredes de su sala de espera.

Antes, la profesionalidad no era una tapadera para la desvergüenza sino un timbre de gloria tras una trayectoria coherente. Ningún delincuente puede quedarse sin defensa, ¿pero a partir de qué provisión de fondos se convierte el asunto en estricta profesionalidad? La profesionalidad de un banquero consistía en no engañar a sus clientes. Los chamarileros de preferentes. Los Blesa o Rato tienen la consideración de “profesionales”. Un equívoco. Son estafadores.

Un profesional hoy, por lo común, se refiere a un tramposo impecable, con gran experiencia en los modos de embaucar a un cliente. Como las leyes las hacen profesionales, tienen buen cuidado con el envoltorio jurídico, o médico, o periodístico. “No he hecho nada que sea ilegal”, dicen ahora los delincuentes de altos vuelos. Porque la ley la hicieron ellos y además la interpretan los mismos o sus discípulos. Vamos hacia una explosión social donde las leyes servirán de muy poco, porque han sabido quitarles lo poco de igualdad ante la justicia que había cuando se decretaron.

Ocurre como con la información. No hay igualdad, porque la pauta la marca quien manda, es decir, quien paga. Los holandeses tienen fama de gente sincera y demasiado directa, como cuando Luyendijk en su libro Entre tiburones, nada radical por otra parte, muy holandés, denominando a las cosas por lo que son y no por lo que aparentan, se hace una especie de pregunta de respuesta obvia: “¿Por qué las donaciones a los partidos para las campañas electorales no se llaman ‘corrupción’?”. ¿O es que a alguien le cabe en la cabeza entregar dinero a fondo perdido y no recuperarlo nunca? Se paga, porque se cobra; el tiempo y el talento estratégico lo deciden.

Me ha impresionado que esa organización dentro de toda sospecha, denominada CEOE, que dirigió durante años un estafador, Díaz Ferrán –que ya tenía que serlo en alto grado para estar aún en la cárcel– , y que solía afirmar que había que “trabajar más (los otros) y ganar menos (salvo él)”, haga declaraciones de carácter histórico. Que los empresarios españoles estuvieran dirigidos por un delincuente explica muchas cosas. Por eso me ha afectado la afirmación del nuevo líder empresarial, Juan Rosell, cuando dice impávido que “el empleo fijo es un concepto del siglo XIX”. Ni el franquismo había llegado tan lejos.

Gregorio Morán

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