Nadie lo consiguió

Por José María Benegas, diputado del PSOE por Vizcaya (EL PAÍS, 29/01/07):

He permanecido en silencio desde que ETA declaró el alto el fuego por estar convencido de que un proceso de esta naturaleza exige mucha discreción y se debe predicar con el ejemplo. Después del atentado de Barajas creo que es el momento de hacer algunas reflexiones. Desde hace tiempo pienso que combatir el terrorismo no es sinónimo de terminar con él. Se puede combatir con la máxima firmeza y con todos los instrumentos del Estado y no terminar con el terrorismo. Depende de la naturaleza de la organización violenta que tengamos enfrente. Combatir es condición necesaria pero no suficiente, así ha sido, hasta la fecha, en el caso de ETA.

Respeto a la posición de los que sostienen que si ETA estaba casi muerta y derrotada políticamente ¿para qué dialogar?, ¿para qué ofrecerles un acuerdo desde las instituciones democráticas? Esta posición se fundamenta en una ambición digna, derrotar a los que tanto dolor y sufrimiento nos han causado desde que comenzaron sus actuaciones violentas en los años sesenta del siglo pasado. Sin embargo, lo cierto es que esta vía expresa un deseo y señala un objetivo más que una realidad palmaria contrastada, porque no se ha demostrado su eficacia definitiva. Después de 40 años de combatir nadie ha conseguido acabar con un terrorismo que ha tenido apoyos sociales no desdeñables y que de alguna manera los mantiene hoy. Es decir, durante cuatro décadas esta vía no ha producido el objetivo deseado. ¿Estábamos a punto de conseguirlo? No lo sé. Lo que no se puede aceptar sin más análisis es que durante la etapa del señor Aznar se había terminado casi con ETA. No digo que no haya habido éxitos, pero durante la misma se producen 67 víctimas mortales por acciones del terrorismo de ETA, siendo cierto también que durante los últimos diez meses de ese periodo no sufrimos atentados mortales.

La opción de buscar un final dialogado se demuestra, una vez más, que también tiene sus complicaciones. He estado de acuerdo con el presidente Zapatero en el empeño de intentar, con los datos que se disponían en el momento en que se toma la decisión, un final de estas características ya contemplado en el Pacto de Ajuria Enea del año 1988, suscrito también por el PP. Lo ocurrido durante estos nueve meses indica que esta vía también tiene serios inconvenientes que la hacen complicada. Una dificultad grave es tener al PP en contra. No pretendo señalar culpabilidades, sólo constato un dato de la realidad. No cuestiono la legitimidad de su posición, sí los excesos, descalificaciones y argumentario falso sobre las supuestas cesiones del presidente Zapatero con los que se ha intentado entorpecer el proceso y desgastar al Gobierno. A la hora de analizar los problemas que tiene un final dialogado no podemos ignorar que objetivamente actitudes de esta naturaleza marcan los límites del proceso, tienen la capacidad de condicionarlo y convertirlo en una especie de calvario político para quien lo intenta.

Los otros inconvenientes importantes provienen del mundo de Batasuna y de ETA. El primero es que se confirma que nada es estático en ese ámbito cuando se abre un periodo de tregua, sobre todo si el proceso es largo y no tiene plazo. Cuando ETA toma decisiones sobre treguas o altos el fuego, son decisiones controvertidas internamente. Al día siguiente de la tregua los que están en contra se ponen a trabajar. Por eso lo que en un momento determinado dice o plantea Batasuna o ETA puede ser verdad en esa circunstancia, pero puede no serlo después. Entre el primer comunicado y los posteriores hay cada vez más diferencias. Se endurece el lenguaje y las expresiones y se sube el listón de las reivindicaciones. Es decir, los planteamientos de la otra parte son cambiantes y dificultan enormemente el proceso. No hay nada peor en una negociación que tener enfrente a alguien que va cambiando continuamente de posiciones. Las reivindicaciones no son las mismas y van in crescendo a medida de que los que están en contra presionan o ganan posiciones.

El segundo gran inconveniente es la inmadurez democrática de los que impulsan el proceso desde Batasuna y ETA. No acaban de entender cuáles son las limitaciones de un Gobierno democrático y plantean reivindicaciones que son de imposible cumplimiento para el Ejecutivo, aunque éste quisiera, que no es el caso, porque por encima del mismo está la Constitución y la Ley. Lo reconoce el propio comunicado de ETA al señalar como crítica que el Gobierno “ha establecido como tope del proceso los límites de la Constitución española y la legalidad”. Los propios dirigentes “moderados” de Batasuna son los que anuncian que todo va mal, que el proceso está bloqueado, con lo cual no hacen sino alimentar los argumentos de los que desde un mayor radicalismo están en contra.

Esta falta de capacidad de un análisis político riguroso les lleva a no ser siquiera capaces de resaltar su gran logro, que es el haber conseguido que el Parlamento apruebe y autorice, en ausencia total de violencia, el diálogo entre el Gobierno y ETA. Es decir, una organización terrorista proscrita se convierte, si cumple la condición previa establecida, en interlocutora de un Gobierno democrático por decisión parlamentaria. Ése era el aspecto más positivo para quienes desde Batasuna o ETA habían impulsado o pretendían un final dialogado y lo dilapidan de una manera incompresible, entre otras actuaciones, por la kale borroka y por el atentando de Barajas.

Surge la pregunta de si se puede pedir madurez democrática a quienes fundamentaron su fuerza en la utilización de la violencia. Desde mi punto de vista sólo es posible si se produce un liderazgo fuerte que, entendiendo las dificultades y límites de los demás, marque el camino sabiendo que llegará el momento de la verdad en el que los principales escollos del recorrido surgirán de sus propias filas. Gerry Adams fue gradualista. Aceptó un Gobierno en el Ulster que no tiene ni el 10% de las competencias que hoy tiene el Gobierno Vasco.

Es evidente que el Gobierno no se puede mover más de lo que ha hecho. Ha actuado correctamente señalando con claridad que no se dan las circunstancias exigidas por la resolución del Congreso de los Diputados para intentar un final dialogado y que ETA ha roto el “proceso”. No obstante, la situación es muy diferente de la que se produjo como consecuencia de la ruptura de la tregua de Lizarra. A diferencia de entonces es de importancia significativa la actitud del PNV, que ha apoyado al Gobierno antes y después de la ruptura. La escalada terrorista después de Lizarra fue brutal. En estas circunstancias ETA ha declarado que mantiene el alto el fuego, aunque los comunicados después de lo ocurrido no son fiables. La discusión interna en Batasuna y ETA es muy fuerte. Los que ven que se está perdiendo una oportunidad que puede ser irrepetible tienen hoy, después del atentado de Barajas, más argumentos para defender sus posiciones. La inmensa mayoría del pueblo vasco quiere la paz, incluidos sectores del abertzalismo radical. Y el Estado democrático conserva intactos todos los instrumentos de que dispone para combatir el terrorismo. Nuestra democracia hoy tiene garantizado su futuro. El de los violentos, si persisten en su actitud, es la ilegalidad de Batasuna y la cárcel para los terroristas. Ese futuro no debería tener ningún aliciente para ellos.

Salvo que se produzca un milagro, ojalá me equivoque, la unidad democrática será incompleta (ausencia del PP) lo cual no es deseable y es negativo para todos, pero el acuerdo con los demás no es desdeñable. Quizá un punto de encuentro podría alcanzarse manteniendo vigentes los principios de Ajuria Enea, los 10 puntos del Pacto Antiterrorista y por las libertades, sin el preámbulo, por ser coyuntural y circunscrito a los dos partidos que pueden gobernar España, buscando un nuevo acuerdo de todo el arco parlamentario que pudiera inspirarse, por ejemplo, en el Pacto de Madrid de noviembre de 1987. En todo caso, deberíamos ser conscientes de que la discrepancia no se está produciendo sobre el fondo del problema, sino sobre cómo debe ser el final del terrorismo. El desacuerdo no es sobre el objetivo de conseguir que ETA desaparezca, lo cual supone un anhelo compartido por todos. Las vías controvertidas son dos: combatir hasta la derrota final o combatir buscando también un final dialogado de la violencia, respetando la Constitución y las reglas del juego democrático. Las dos posiciones son legítimas y hasta ahora ninguna ha producido el efecto deseado. Soy consciente de que la discrepancia sobre el final no es menor, pero deberíamos ser capaces de bajar el diapasón de la controversia y las descalificaciones y aprender de lo que hicieron Major y Blair para alcanzar un acuerdo de paz en el Ulster. La política, si no quiere ser banal, tiene una necesidad imperiosa de dotar a cada época de un sentido de la historia. Uno de los más nobles en este momento es conseguir la paz en el País Vasco. Ésta es la tarea pendiente de mi generación y debe seguir siendo, a pesar de las dificultades, una de las prioridades del Gobierno.